dimanche 26 avril 2015

Una hacienda rodeada de montañas boscosas

Anoche vimos Los Trasplantados, de Percy Matas. Qué buen personaje compuso Nemesio Antúnez. Lo mejor, o lo «único mejor» de la película.

Mi tío me cuenta que participó en una proclamacion presidencial de Antúnez en Mendoza. «Nemesio / Antúnez / orgasmos hasta el lunes» era la consigna coreada una noche de sábado en esa ciudad de los Andes.

Los Trasplantados, viajeros que quieren volver a  ser sedentarios y no lo consiguen del todo. Dice Ostiz, según el diario de Uriarte, que el ánimo del sedentario tiende a la rumia mientras que el del viajero se exalta. Los campesinos son melancólicos y los viajantes de comercio forzosamente entusiastas.

En el pueblo de mi tío, los campesinos eran mayoritarios, luego estaban los comerciantes y funcionarios y luego los viajantes de comercio. Mi tío habla de su pueblo como Antúnez habla de la hacienda de su abuelo en el sur de Chile, «rodeada de montañas boscosas». Puro romanticismo telúrico, del que no escapan ni los ricos ni los pobres, por mucho que hayan escapado de Chile.

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dimanche 19 avril 2015

La tegenaria

Días atrás hablaba frente a un grupo y de pronto me di cuenta de que el grupo miraba hacia otra parte, se distraía ostensiblemente. ¿Qué puede ser más interesante que mi persona y su hablamiento?

Era una araña, una tegenaria doméstica. La muy fea sintió probablemente que la habían descubierto e imprudentemente echó a correr en dirección del grupo. «Mátenla, matadla», exclamaron unas almas sensibles y un hombrón probó a descargar contra ella todo el peso de sus extremidades inferiores. No acertó, claro. 

Desde el otro extremo de la sala se levantó entonces una muchacha preciosa, una madonna flamenca con la cara recién lavada, tomó a la bestia con sus dedos, la depositó suavemente en la cavidad de su mano y la alejó de la turbamulta.

Je vous salue, Marie.

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Óleo del Sassoferrato

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dimanche 15 février 2015

El adulto mayor

Hace sesenta años, o sea.

Puro beneficio: con sólo cuarenta y dos años de menos sería otra vez el efebo que tentaba a los dioses, completo ya y aún lechoso, erguido sobre un asomo de destino.

Y contento de haber resistido a la tentación de morir el día aniversario del nacimiento. Doblemente contento de haber imaginado presentarme en la maternidad del hospital de mi pueblo y montar una fiesta de celebración con las enfermeras. Y de haber desistido de la idea.

Contento también porque hoy he pagado por primera vez la tarifa «adulto mayor».

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lundi 3 novembre 2014

Bien saper, bien coiffer, bien parfumer

Esta mañana en Zaventem, el aeropuerto de Bruselas, una pasajera proveniente de Freetown, Sierra Leona, y camino de Londres, debió ser trasladada al hospital, donde los exámenes han mostrado finalmente que no está enferma de ébola.

El ébola parece nuevo pero lleva años incrustado en Africa. El sucedido de hoy me recuerda que en mayo de 1995 fui controlado ocularmente en el mismo Zaventem en similares circunstancias. Volvía de Angola en un vuelo de la entonces Sabena que hacía escala en Kinshasa. Por esos días se había desatado una epidemia de ébola en la ciudad congoleña de Kikwit, lo que hacía dudar si habría vuelo, si éste haría escala en Kinshasa, si nos dejarían en fin desembarcar en Bélgica.

Finalmente hubo vuelo y escala. Los pasajeros que venían desde Luanda temerían que en Kinshasa el avión se llenase de enfermos terminales. Lo que subió al avion, en cambio, fue un desfile de modelos. En Kinshasa está bien implantada la tradicion de los sapeurs (por Société africaine des personnes élégantes), personajes que cuando viajan a Europa redoblan su elegancia. Bien saper, bien coiffer, bien parfumer es su divisa. Así, por los pasillos del avión avanzaban los colores vibrantes de los trópicos portados por unas morenonas con traseros descomunales y unos filiformes ejemplares de la estirpe bantú.

Source: Externe

El avión llegó a Bruselas de madrugada y fue estacionado en un extremo lejano de la pista. Una hora después subió a bordo un médico pequeño y desangelado en bata blanca. Sin mucha fe en lo que hacía, recorrió los pasillos del avión dando miradas furtivas a los adormilados pasajeros. Ese día también fuimos una falsa alarma.

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dimanche 28 septembre 2014

El bosque

También vuelvo del bosque. Todo lleno de criaturas.

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mercredi 16 juillet 2014

La aspiradora

He oído decir que hay gente así como la señora que cuentas, que practican yoga de manera discreta. Pueden ir en el autobús a tu lado y no te enteras. O pueden estar limpiando la oficina. Como esa amiga tuya, ruandesa, sobreviviente del genocidio, que para llorar se escudaba en el ruido de la aspiradora. El yoga, después de todo, consiste en exhalar, aspirar y mover el cuerpo.

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dimanche 13 juillet 2014

Yo hago yoga hoy

La viene a buscar una pareja de muchachos. Han oído decir que ella practica yoga y les gustaría que les enseñase. Se dan cita para la mañana siguiente temprano. Practicarán un saludo al sol, como hace ella a diario.

Para su sorpresa, a la pareja se suman otros tantos, una veintena. A todos les explica lo que entiende ella por yoga, los invita a acompasar la respiraciòn con los movimientos del cuerpo. A practicar yoga en cualquier momento del día, cuando caminan, cuando esperan el autobús. La vida está ritmada por  momentos de tensión -la inspiración-, y de reposo, -la exhalación-, se oye decirles.

Vuelven al día siguiente a la misma hora. Son unos cuantos menos, pero aun así son un grupo numeroso. Ella siempre había practicado yoga de manera solitaria, pero no le desagrada hacerlo ahora frente a un grupo que atiende a sus explicaciones, que sigue sus movimientos y los imita.

A la mañana subsiguiente sólo llega una decena, la mitad del primer día. Ella no llega a extrañarse de la disminución, lo extraño había sido que el primer día viniesen tantos. El grupo, sin embargo, se va deshojando como una margarita, y antes de una semana ella vuelve a encontrarse practicando yoga sola, como antes, como siempre.

Por lo visto, algo los ha alejado, algo incomprensible como lo que los había traído. Aunque tal vez no. El yoga es una práctica corporal y el cuerpo despierta promesas que luego no siempre cumple. Tal vez imaginaban que un saludo al sol es como un orgasmo lento y largo. Tal vez lo que buscaban era el éxtasis del tantra yoga y ella les había invitado a adentrarse en la austera vía del vulgar yoga de toda la vida. 

Mientras lo piensa se tiende sobre el vientre y apoya ligeramente el monte de Venus en el esponjoso tapiz, despertando con ese discreto movimiento un canto dormido. Qué se habrán creído.

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Sorolla, detalle

[Sobre una idea de Giovanni Papini]

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samedi 17 mai 2014

La novia

Mi amigo tenía 16 años y ella 15. La noche en que comenzó el noviazgo, ella llevaba hot pants de terciopelo negro. Se vieron pocas veces. Vivían lejos y no era fácil cubrir la distancia. Sus padres eran estrictos. Mi amigo no tenía teléfono y para llamarla debía ir al almacén de la esquina y hablar desde la trastienda entre tambores de aceite.

Una de las tardes en que mi amigo la visitó, llevó consigo un cuaderno en el que escribía pensamientos y versos, tal como ella se lo había pedido. No tardaron en descuidar el cuaderno, su hermano menor se hizo con él y comenzó a recitar aquellos versos en voz alta. Al poco tiempo ella marchó con su toda su familia a pasar unas largas vacaciones al sur del país, a la región de los lagos y los volcanes, al borde de un lago y de un volcán, precisamente, tal como hacían cada verano.

Allí estaban cuando el volcán entró en erupción. La gran fumarola que escapaba del cráter cubrió de cenizas el valle y su imagen cubrió las portadas de los periódicos y las pantallas de los televisores. La lava se llevó por delante varios poblados, bosques enteros, rocas, cultivos y animales, y empujó todo ese magma al fondo del lago. No había comunicación con el balneario en el que ella estaba, y el corazón de mi amigo se quedó inquieto durante unos interminables días.

Cuando por fin cesó la emergencia y ella pudo regresar a la capital, mi amigo tardó aun unos días en comunicar con ella. No estaba en casa o no se ponía al teléfono. Cuando hablaron, ella le contó de la zozobra vivida y de cómo la había sobrellevado arrimada al cariño del hijo de una familia amiga. La noticia era esa, entonces. El volcán y la erupción habían puesto el estrépito, pero el ruido sordo era otro, era ése.

No volvió a verla. Siguieron unos años intensos, mi amigo era joven y las calles hervían de gente. Había estado enamorado pero la había olvidado en seguida. Tal vez sólo sintió el tirón de la pérdida alguna tarde en el cine o leyendo una novela, cuando el sentimiento ajeno le avivaría el que había sido suyo.

Quince años después, mi amigo estaba una tarde en su oficina, mirando desde la ventana los techos de las casas bajas de la ciudad vieja, cuando le avisaron de que tenía visita y dieron el nombre de una mujer que había sido su compañera en la universidad antes de que ella partiese al exilio. Estaba de regreso entonces. Qué alegría verla. No venía sola, la acompañaba una amiga. Mi amigo la saludó también, pero en seguida volvió la vista hacia su recobrada amiga y la cubrió de preguntas. ¿Cómo estaba, tenía hijos, cómo había sido vivir todos esos años lejos, qué le parecía el país al que ahora volvía? Su amiga le iba contando los pormenores de su periplo, insistiendo en que lo esencial lo había vivido junto a esta amiga que estaba a su lado, la que de tanto en tanto probaba a intervenir. No diré que a mi amigo esto lo importunase, pero él quería escuchar el relato de primera mano en la voz de su propia amiga y centraba toda su atención en ella.

Cuando llegó el momento de despedirse, la amiga de la amiga, la acompañante, le hizo entonces una pregunta abiertamente fuera de lugar, una pregunta destinada probablemente a atraer por fin su atención sobre ella. Le preguntó por el volcán, le preguntó si recordaba la erupción del volcán y sus devastadoras consecuencias. Entonces mi amigo sí la miró, sí que posó durante un largo momento la vista en ella. Entonces eres tú, le dijo. Me alegra verte, me alegra que hayas venido, y siento no haberte reconocido. Pero bueno, agregó, tal vez inútilmente, puesto que has vivido lo mismo que nuestra amiga común, ahora también ya sé todo de ti.

Lo que pasó luego no sólo fueron años sino décadas. Pocas veces mi amigo recordó esta historia. Hasta que un día, hablando de otra novia, prometió que la contaría aquí.

V

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mardi 25 février 2014

El tal Josepepe confiesa

...que no le gustan los gatos.

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dimanche 26 janvier 2014

El plátano

El amigo Sámuel recuerda un reportaje donde Millás contaba cómo Zapatero se comía un plátano con cuchillo y tenedor.

Yo también me acuerdo. Y es más, me acuerdo de mi tío, que se comió su primer plátano en el barco que lo llevaba a América. Lo miró, lo olió y, antes de llevárselo a la boca, tuvo el buen gusto de esperar a ver qué hacían los otros comensales. Como muchos de ellos tenían el estómago revuelto a causa de la mar salada, dejaron su plátano en el plato y mi tío se comió un racimo. Para ser la primera vez, no estuvo mal.

Y me acuerdo de mí mismo, subido a un camión que transportaba bananas en la región platanera de un país bananero, comiendo racimos de plátanos y mirando el paisaje cubierto de plátanos. Durante años no pude ver un plátano ni en pintura.

Y hablando de pintura, me pregunto cuándo asomaría el primer plátano en un bodegón.

AGrande

Óleo de Arcimboldo

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