vendredi 24 janvier 2014

El gato platónico y el tonto del pueblo

La vieja y los gatos, el cuento de Coetzee que publica Letras libres.

John visita a Elisabeth, su madre, que vive ahora en España, en el pueblo de San Juan Obispo, donde ha acogido, en su casa, a una docena de gatos y al tonto del pueblo, al que dejará la casa en herencia con la esperanza de que éste cuide de los gatos cuando ella ya no esté.

Elisabeth y John son personajes de Elisabeth Costello y La vida de los animales. Costello, que es animalista radical, no muestra sin embargo en los dos libros que protagoniza ninguna relación directa con animales. Así lo hace ver en La vida de los animales uno de los comentaristas del texto inicial de Coetzee, Barbara Smuts.

Coetzee le responde con este relato, que ha sido también presentado como la respuesta de Coetzee a la obra de la artista plástica belga Berlinde de Bruyckere, y que supone, por lo demás, una variación sobre un tema muchas veces tratado en sus libros.

Como era de esperar tratándose de una vieja que vive sola, los animales que llenan la vivienda son gatos. «Si los gatos no son individuos, madre -le reprocha a Costello su hijo John-, si no son capaces de ser individuos, si son sencillamente una encarnación tras otra del gato platónico, ¿por qué tener tantos? ¿Por qué no solo uno?».

Lo que recuerda el tuit del que se preguntaba a partir de cuántos gatos está la vecina completamente loca.

La vieja y los gatos antes de ser publicado fue leído por Coetzee en el Festival de literatura de Jaipur, India, en enero de 2011. Como se sabe, Coetzee no aprecia el ejercicio de la entrevista («Mis respuestas son demasiado breves y la brevedad (la sequedad del tono) es fácilmente percibida como un signo de irritación o de cólera») por lo que, cuando concurre a eventos abiertos al público, se limita a leer alguno de sus textos. A partir de esa grabación, el cuento fue reproducido en algunos sitios por la vía de las transcripciones espontáneas. (La versión que publica ahora en castellano Letras libres tiene el visto bueno del autor).

Sobre ese viaje a la India escribe Coetzee en las cartas que intercambia con Auster en Aquí y ahora. Admiro a la gente que sabe describir lo que ve, afirma. Yo no sé hacerlo, tiendo a la abstracción. Y a continuación suelta un par de abstracciones de primerísima calidad sobre la pobreza, la relación de los humanos con los animales y su propia condición de narrador incapaz de hacer una observación costumbrista y de agradecer así la belleza y la generosidad del mundo.

En Aquí y ahora, también, echando mano de su proverbial tendencia al laconismo y la abstracción, Coetzee describe a La vieja y los gatos como un relato que trata de la vida, de la muerte y del alma. Qué menos.

DB

Instalación de Berlinde de Bruyckere

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mercredi 15 janvier 2014

Me es fácil imaginar el mundo sin John Maxwell Coetzee

Me es fácil imaginar el mundo sin John Maxwell Coetzee, dice Coetzee. En cambio, me es imposible imaginarlo sin mí.

It occurred to me that it was all too easy to contemplate a world in which this fellow JMC, born February 9, 1940, was not present and had never been present, or else had lived a completely different life, perhaps not even a human life; but at the next instant it also occurred to me that it was impossible to contemplate a world in wich I was not present and had never been present.

I tried the trick again, thinking first the one thought (the world without JMC), then the other (the world without me), and again it worked. The first was easy to think, the second impossible.

The simple logical conclusion would seem to be that the equation "I = JMC" is false.

Habiendo leído a Rimbaud (y escuchado a Mari Trini) ya lo sabíamos: Je est un autre. Sólo que nadie lo había puesto tan claro.

B

Escultura de Ron Mueck

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lundi 13 janvier 2014

Una película recomendada por Coetzee

Le hacemos caso a Coetzee y vemos Le Temps qui reste, de François Ozon. ¿Qué hace un hombre de 30 años cuando se entera de que le quedan tres meses de vida? Es el caso de Romain, fotógrafo de moda parisino, y bien equipado con todos los tics que se suelen asociar con el perfil.

¿Qué hace? Intenta recuperar el contacto con el niño que fue. Va a visitar a su abuela -privilegio suyo, su abuela es la Jeanne Moreau. Durante el viaje, una pareja le hace una proposición inesperada, que termina por aceptar. Parece, por esa vía, distanciarse de su narcisismo algo primario pero tal vez no haga más que aferrarse a él, como un náufrago al mástil que sobresale.

El estilo de Ozon es efectista, ciertamente resultón. No es lo que prefiero en estas materias. Pero la película venía muy bien recomendada.

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dimanche 24 novembre 2013

El polvo

Días atrás vimos Dust, de Marion Hänsel, basada en la segunda novela de Coetzee, En medio de ninguna parte. El filme es de 1985, la novela de 1976 y lo que se cuenta de un tiempo remoto afincado en la Sudáfrica feudal de mediados del siglo pasado. Se trata, pues, de un producto supuestamente caducado. Y sin embargo...

Dust muestra un huis-clos a campo abierto -una finca ovejera en la provincia del Cabo- entre un padre viudo y su hija solterona, acompañados por dos o tres criados negros, que en principio no cuentan para nada. Pero, y ése es el punto de Coetzee, en un momento de la histoira comienzan a contar, y cómo.

En medio de ninguna parte anunciaba Deshonor, sobre todo su volet rural, ese padre y esa hija perdidos en la Sudáfrica profunda (aunque Dust fue filmada en España, supongo que en Almería), ese pesimismo seco que tanto vale para el apartheid como para el post-apartheid.

No es fácil llevar al cine una historia de Coetzee: la precisión y la intensidad de su escritura no son solubles en las imágenes, que pueden ser buenas o muy buenas y siempre se quedan por debajo del texto.

Dust tiene también otro problema, que tal vez quepa cargar finalmente en la columna del haber: en la novela, Magda, la protagonista, es fea y sin gracia alguna. Y la cineasta puso a representarla a una mujer preciosa, una Jane Birkin treintañera completamente à contre emploi. Es decir que uno ve la película tan contrariado como agradecido por ese defase.

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jeudi 13 juin 2013

El coqueteo

Voy leyendo demoradamente The Childhood of Jesus, el  último libro de mi venerado Coetzee. Hasta ahora, la acción que describe la novela transcurre en un país de habla española. Me pregunto de dónde le viene este coqueteo suyo con la lengua mía. En Diario de un mal año, un personaje trata a Coetzee de Señor, otro lo llama Juan y un tercero lo cree colombiano. Lo cierto es que Coetzee ha leído a García Márquez, a la luz del tirón de orejas que le da al aracataqueño. Mais encore ?

MM me cuenta que, en su reciente visita a Santiago de Chile (la segunda en menos de dos años), Coetzee se limitó a leer en público, ante unas setenta personas en una facultad universitaria, dos capítulos de The Childhood... y a firmar ejemplares del libro. Los asistentes estaban prevenidos de que no habrían preguntas ni diálogo posterior con el escritor. Harto que estará de que le pregunten por Mandela.

A qué va, entonces. Por no dejar, enfilamos una serie de respuestas posibles, desde las más previsibles (compromisos editoriales) a las más peregrinas (porque Santiago queda en un punto intermedio entre su Ciudad del Cabo natal y Adelaida, la ciudad donde vive, sobre el mismo paralelo). Pero la mejor respuesta es a la vez la más sencilla, la más sublime y la más ridícula: por amor.

J

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samedi 6 avril 2013

La novela de Anya

Esperando su último libro, The Childhood of Jesus, releo Diario de un mal año, de JM Coetzee. Se me agolpan los términos que quisiera dedicarle, tanto así que al final no digo nada.

O apenas esto, que se trata de un ensayo, que su autor llama Opiniones contundentes, y a la vez de una novela, con tres personajes, intriga y desenlace, que yo llamo La novela de Anya, y ambos textos están contenidos en un formato de diario, tal como señala su título.

Para ilustrar la relación entre Anya y el autor (el  señor C, o Juan, como lo llaman Anya y su novio), escojo dos extractos. El primero da cuenta de las impresiones del autor cuando conoce a la joven Anya, al inicio de la historia. En el segundo, la voz de la joven cierra el libro.

«Mientras la miraba me invadió un dolor, un dolor metafísico, que no traté de reprimir. Y de una manera intuitiva ella lo supo, supo que al viejo sentado en una silla de plástico en el rincón le ocurría algo personal, algo relacionado con la edad, el pesar y la tristeza de las cosas. Algo que a ella no le gustaba en particular, que no quería recordar, aunque era un tributo a ella, a su belleza y frescura, así como a la brevedad de su vestido. De haber procedido de otro hombre, de haber tenido un significado más sencillo y directo, podría haber estado más dispuesta a aceptarlo de buen grado; pero viniendo de un viejo su significado era demasiado difuso y melancólico para un bonito día en el que tienes prisa por terminar las tareas».

«Volaré a Sidney. Haré eso. Le sostendré la mano. No puedo irme con usted, le diré, va contra las reglas. No puedo irme con usted pero le sostendré la mano hasta que llegue a la puerta. En la puerta podrá soltarme y sonreírme para demostrar que es un chico valiente y subir a bordo de la barca o lo que sea que deba hacer. Le sostendré la mano hasta la misma puerta, estaré orgullosa de hacerlo. Y luego haré la limpieza».

Como se ve, se trata de La Muerte y la doncella. Sólo que, a diferencia de la obra de Schubert, en este Diario de un mal año no es de la muerte de la joven de lo que se trata, sino de la muerte del narrador.

JMC

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dimanche 24 mars 2013

El retrato

Daniel Mordzinsky, fotógrafo de escritores, guardaba su archivo fotográfico en un despacho que Le Monde cedía al corresponsal de El País en Francia. La semana pasada, el diario parisino quiso dar a ese lugar otro uso, dice haber avisado al corresponsal concernido de la medida y, como éste no dio señales de vida, haber ordenado a un empleado que desocupara el despacho, lo que éste último hizo y de paso arrojó el archivo fotográfico de Mordzinsky a la basura. Miles de retratos de escritores tomados durante varias decádas de trabajo desaparecieron de un plumazo.

El lamentable incidente ha incendiado las redes sociales, que son tan inflamables como extinguibles. De entonces ahora, otros incendios las mantendrán inquietas. Aparte de lamentar el sucedido, como hace hoy Vargas Llosa, me he acordado de un percance de otro cariz, el del colchón inflamable.

También, de los libros que Javier Marías ha dedicado a los retratos de sus colegas (Vidas escritas y Miramientos), de los que hablábamos en este blog recientemente. A uno de esos retratos, el de Beckett en 1964, de Jerry Bauer, le dedica unas líneas Coetzee en su Diario de un mal año. «¿Realmente decidió Beckett por su propia y libre voluntad sentarse en un rincón, en el cruce de tres ejes dimensionales, mirando hacia arriba, o el fotógrafo lo persuadió de que se sentara ahí?», se pregunta Coetzee. A partir de ese retrato y, probablemente, de su propia experiencia como material retratable, Coetzee extrae la siguiente conclusión paradójica: cuando más tiempo tiene el fotógrafo para hacer justicia a su modelo, tanto menos probable es que le haga justicia.

O, dicho de otra manera, el mejor retrato suele ser el del pasaporte.

B

 

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lundi 18 février 2013

El pingüino que mira ponerse el sol

Los pingüinos de Xavier Gorce nacieron en la newsletter del Monde, de donde saltaron a las páginas del diario. Ahora han dado otro salto, a la imagen animada esta vez. Se trata de unos pingüinos muy franceses, muy universales. En este episodio que cuelgo se les ve muy dados a la pintura. Mi favorito es aquél que mira ponerse el sol. Cómo no compararlo con el viejo babuino que contempla el crepúsculo en el desierto de Karoo, según el libro de Marais, que cita Coetzee en Summertime, y en cuyos ojos se lee la melancolía. «Nunca más», se dice.

El pingüino de Gorce, en cambio, es muy francés, como digo, y muy moderno. De manera que en cuanto el sol se pone, él reclama: ¡Otra vez!

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lundi 27 février 2012

El librito regalado

SV

En brazos de la mujer madura se llama el librito. Me lo dieron de yapa por comprar otros dos y, de los tres, ha sido el que me he leído primero. Lo comenté el otro día con unos amigos y me dijeron que ellos se lo habían leído el primer año de la universidad. Es una lectura de jovencitos, o sea, y también de viejos verdes. Durante mucho tiempo vi el aviso que lo publicitaba en el suplemento de libros de Le Monde, un reclamo diminuto de una editorial pequeña que lo presentaba como una obra maestra. Un aviso diminuto donde cabían unas enormes tetas.

Stephan Vizinczey lo escribió en Canadá a fines de los años sesenta, pidió un préstamo para imprimirlo por su cuenta y se dedicó a venderlo puerta a puerta. Cuarenta años más tarde, se han vendido ya cinco millones de ejemplares y fue llevado al cine con cierto éxito en los años setenta. Cuenta la infancia y la juventud de un muchacho húngaro que sobrevive al nazismo, al stalinismo y al aburrimiento del exilio canadiense aferrado a su amor por las mujeres, maduras de preferencia, como el náufrago a su madero. Contar la propia vida a través de las mujeres amadas es un buen mecanismo. El mismo que usaría más recientemente Coetzee en Summertime, sólo que JMC lleva más lejos el procedimiento y se inventa unas entrevistas a las propias interesadas. Lo que le permite salir muy mal parado, posición que el sudafricano maneja a la perfección. 

Tras su exilio en Canadá y Estados Unidos, Vizinczey vive ahora en Londres. Anthony Burguess dijo de él que era uno de esos extranjeros, como Conrad y Nabokov, que pueden enseñar a los ingleses a escribir en inglés. Conrad, como se recuerda, llegó a decir que él era más inglés que los propios ingleses porque él había decidido serlo. Lo cierto es que nuestro húngaro describe estupendamente sus aventuras juveniles y el mundo despatarrado donde está obligado a desplegarlas. ¿Qué más se le puede pedir a un librito regalado?

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samedi 8 octobre 2011

Porque hoy es sábado

El lector de noticias comienza por probárselas, a ver cómo le quedan. Jobs murió a los 56 años. Tomas Transtroëmer, flamante Nobel de literatura, sufrió a los 60 un ictus que lo dejó hemipléjico y afásico. Para quienes nacieron en los años cincuenta, no digamos ya para quien nació en febrero del 55, estas novedades echan como una sombra negra sobre el periódico. La negra sombra que cantaba Luz.

Otra cosa es el consumo religioso de las necrológicas. Esa frasecilla de Jobs que pone a la feligresía mundial de rodillas: Encontrad lo que amáis. No la entendía del todo hasta que unas estadísticas, benditas ellas, vinieron a aclararme su sentido. Como decía Picasso, yo no busco: encuentro.

Pero no era de esto de lo que quería decir algo. Ni tampoco sobre FS, que advierte a quienes creíamos que la vida era broma que estábamos profundamente equivocados. Ni siquiera sobre Bélgica, que por fin se da una alegría. Lo mío hoy sábado va de animales. Aclaro que no soy animalista, no me alcanza el tiempo para todo. Pero en sus Diarios, Uriarte recuerda una idea de otro diario, el Diario de un mal año, de Coetzee: los animales son nuestros prisioneros de guerra, de esa guerra que perdieron cuando los humanos inventamos las armas de fuego. Y viendo a un rebaño pacer, le da la razón. 

En Chile, por estos días, mucha gente cree estar a punto de echar abajo el modelo de educación superior, que es carísima y malísima simultáneamente. Y lo que se yergue frente a ella para impedir que culmine el derribo es la policía montada. La emprenden entonces contra el jinete y también contra el caballo. Lautaro, joven libertador de América, tuvo que convertirse en mozo de caballerizas de Valdivia para entender que los conquistadores no eran centauros. Intentó explicárselo a los suyos pero no está claro que lo consiguiera, o no del todo. Unos cuantos siglos más tarde la cuestión no está resuelta. ¿Es legítimo arrearle una también al caballo?

C

Circulan por la Red las imágenes de la paliza que le dieron unos capuchas a un policía en el cementerio de Santiago. ¡En el cementerio! ¡Muerte sí, funerales no!, escribía Nicanor en el glorioso año del 69. Y Rodrigo: En los subterráneos de la psique colectiva, todo el mundo a la muerte grita Viva. La serie de fotos culmina con una del caballo policial ensangrentado, y es la que causa más estupor. Tanto como que, en el pie de foto, al caballo se le llama caballar. Roberto Merino llamaba la atención sobre esto: en las páginas de sucesos a los caballos se les llama caballares. Llevar registro de la realidad consiste también en eso, en la actualización del bestiario del Reyno. Caballares, perros, guanacos, zorrillos, pingüinos, jotes, buitres.  

Pero hoy es sábado y mañana domingo: no hay nada como el tiempo para pasar, cantaba Vinicius.

Fotografía de Kena Lorenzini.