jeudi 13 juin 2013

El coqueteo

Voy leyendo demoradamente The Childhood of Jesus, el  último libro de mi venerado Coetzee. Hasta ahora, la acción que describe la novela transcurre en un país de habla española. Me pregunto de dónde le viene este coqueteo suyo con la lengua mía. En Diario de un mal año, un personaje trata a Coetzee de Señor, otro lo llama Juan y un tercero lo cree colombiano. Lo cierto es que Coetzee ha leído a García Márquez, a la luz del tirón de orejas que le da al aracataqueño. Mais encore ?

MM me cuenta que, en su reciente visita a Santiago de Chile (la segunda en menos de dos años), Coetzee se limitó a leer en público, ante unas setenta personas en una facultad universitaria, dos capítulos de The Childhood... y a firmar ejemplares del libro. Los asistentes estaban prevenidos de que no habrían preguntas ni diálogo posterior con el escritor. Harto que estará de que le pregunten por Mandela.

A qué va, entonces. Por no dejar, enfilamos una serie de respuestas posibles, desde las más previsibles (compromisos editoriales) a las más peregrinas (porque Santiago queda en un punto intermedio entre su Ciudad del Cabo natal y Adelaida, la ciudad donde vive, sobre el mismo paralelo). Pero la mejor respuesta es a la vez la más sencilla, la más sublime y la más ridícula: por amor.

J

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samedi 6 avril 2013

La novela de Anya

Esperando su último libro, The Childhood of Jesus, releo Diario de un mal año, de JM Coetzee. Se me agolpan los términos que quisiera dedicarle, tanto así que al final no digo nada.

O apenas esto, que se trata de un ensayo, que su autor llama Opiniones contundentes, y a la vez de una novela, con tres personajes, intriga y desenlace, que yo llamo La novela de Anya, y ambos textos están contenidos en un formato de diario, tal como señala su título.

Para ilustrar la relación entre Anya y el autor (el  señor C, o Juan, como lo llaman Anya y su novio), escojo dos extractos. El primero da cuenta de las impresiones del autor cuando conoce a la joven Anya, al inicio de la historia. En el segundo, la voz de la joven cierra el libro.

«Mientras la miraba me invadió un dolor, un dolor metafísico, que no traté de reprimir. Y de una manera intuitiva ella lo supo, supo que al viejo sentado en una silla de plástico en el rincón le ocurría algo personal, algo relacionado con la edad, el pesar y la tristeza de las cosas. Algo que a ella no le gustaba en particular, que no quería recordar, aunque era un tributo a ella, a su belleza y frescura, así como a la brevedad de su vestido. De haber procedido de otro hombre, de haber tenido un significado más sencillo y directo, podría haber estado más dispuesta a aceptarlo de buen grado; pero viniendo de un viejo su significado era demasiado difuso y melancólico para un bonito día en el que tienes prisa por terminar las tareas».

«Volaré a Sidney. Haré eso. Le sostendré la mano. No puedo irme con usted, le diré, va contra las reglas. No puedo irme con usted pero le sostendré la mano hasta que llegue a la puerta. En la puerta podrá soltarme y sonreírme para demostrar que es un chico valiente y subir a bordo de la barca o lo que sea que deba hacer. Le sostendré la mano hasta la misma puerta, estaré orgullosa de hacerlo. Y luego haré la limpieza».

Como se ve, se trata de La Muerte y la doncella. Sólo que, a diferencia de la obra de Schubert, en este Diario de un mal año no es de la muerte de la joven de lo que se trata, sino de la muerte del narrador.

JMC

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dimanche 24 mars 2013

El retrato

Daniel Mordzinsky, fotógrafo de escritores, guardaba su archivo fotográfico en un despacho que Le Monde cedía al corresponsal de El País en Francia. La semana pasada, el diario parisino quiso dar a ese lugar otro uso, dice haber avisado al corresponsal concernido de la medida y, como éste no dio señales de vida, haber ordenado a un empleado que desocupara el despacho, lo que éste último hizo y de paso arrojó el archivo fotográfico de Mordzinsky a la basura. Miles de retratos de escritores tomados durante varias decádas de trabajo desaparecieron de un plumazo.

El lamentable incidente ha incendiado las redes sociales, que son tan inflamables como extinguibles. De entonces ahora, otros incendios las mantendrán inquietas. Aparte de lamentar el sucedido, como hace hoy Vargas Llosa, me he acordado de un percance de otro cariz, el del colchón inflamable.

También, de los libros que Javier Marías ha dedicado a los retratos de sus colegas (Vidas escritas y Miramientos), de los que hablábamos en este blog recientemente. A uno de esos retratos, el de Beckett en 1964, de Jerry Bauer, le dedica unas líneas Coetzee en su Diario de un mal año. «¿Realmente decidió Beckett por su propia y libre voluntad sentarse en un rincón, en el cruce de tres ejes dimensionales, mirando hacia arriba, o el fotógrafo lo persuadió de que se sentara ahí?», se pregunta Coetzee. A partir de ese retrato y, probablemente, de su propia experiencia como material retratable, Coetzee extrae la siguiente conclusión paradójica: cuando más tiempo tiene el fotógrafo para hacer justicia a su modelo, tanto menos probable es que le haga justicia.

O, dicho de otra manera, el mejor retrato suele ser el del pasaporte.

B

 

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lundi 18 février 2013

El pingüino que mira ponerse el sol

Los pingüinos de Xavier Gorce nacieron en la newsletter del Monde, de donde saltaron a las páginas del diario. Ahora han dado otro salto, a la imagen animada esta vez. Se trata de unos pingüinos muy franceses, muy universales. En este episodio que cuelgo se les ve muy dados a la pintura. Mi favorito es aquél que mira ponerse el sol. Cómo no compararlo con el viejo babuino que contempla el crepúsculo en el desierto de Karoo, según el libro de Marais, que cita Coetzee en Summertime, y en cuyos ojos se lee la melancolía. «Nunca más», se dice.

El pingüino de Gorce, en cambio, es muy francés, como digo, y muy moderno. De manera que en cuanto el sol se pone, él reclama: ¡Otra vez!

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lundi 27 février 2012

El librito regalado

SV

En brazos de la mujer madura se llama el librito. Me lo dieron de yapa por comprar otros dos y, de los tres, ha sido el que me he leído primero. Lo comenté el otro día con unos amigos y me dijeron que ellos se lo habían leído el primer año de la universidad. Es una lectura de jovencitos, o sea, y también de viejos verdes. Durante mucho tiempo vi el aviso que lo publicitaba en el suplemento de libros de Le Monde, un reclamo diminuto de una editorial pequeña que lo presentaba como una obra maestra. Un aviso diminuto donde cabían unas enormes tetas.

Stephan Vizinczey lo escribió en Canadá a fines de los años sesenta, pidió un préstamo para imprimirlo por su cuenta y se dedicó a venderlo puerta a puerta. Cuarenta años más tarde, se han vendido ya cinco millones de ejemplares y fue llevado al cine con cierto éxito en los años setenta. Cuenta la infancia y la juventud de un muchacho húngaro que sobrevive al nazismo, al stalinismo y al aburrimiento del exilio canadiense aferrado a su amor por las mujeres, maduras de preferencia, como el náufrago a su madero. Contar la propia vida a través de las mujeres amadas es un buen mecanismo. El mismo que usaría más recientemente Coetzee en Summertime, sólo que JMC lleva más lejos el procedimiento y se inventa unas entrevistas a las propias interesadas. Lo que le permite salir muy mal parado, posición que el sudafricano maneja a la perfección. 

Tras su exilio en Canadá y Estados Unidos, Vizinczey vive ahora en Londres. Anthony Burguess dijo de él que era uno de esos extranjeros, como Conrad y Nabokov, que pueden enseñar a los ingleses a escribir en inglés. Conrad, como se recuerda, llegó a decir que él era más inglés que los propios ingleses porque él había decidido serlo. Lo cierto es que nuestro húngaro describe estupendamente sus aventuras juveniles y el mundo despatarrado donde está obligado a desplegarlas. ¿Qué más se le puede pedir a un librito regalado?

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samedi 8 octobre 2011

Porque hoy es sábado

El lector de noticias comienza por probárselas, a ver cómo le quedan. Jobs murió a los 56 años. Tomas Transtroëmer, flamante Nobel de literatura, sufrió a los 60 un ictus que lo dejó hemipléjico y afásico. Para quienes nacieron en los años cincuenta, no digamos ya para quien nació en febrero del 55, estas novedades echan como una sombra negra sobre el periódico. La negra sombra que cantaba Luz.

Otra cosa es el consumo religioso de las necrológicas. Esa frasecilla de Jobs que pone a la feligresía mundial de rodillas: Encontrad lo que amáis. No la entendía del todo hasta que unas estadísticas, benditas ellas, vinieron a aclararme su sentido. Como decía Picasso, yo no busco: encuentro.

Pero no era de esto de lo que quería decir algo. Ni tampoco sobre FS, que advierte a quienes creíamos que la vida era broma que estábamos profundamente equivocados. Ni siquiera sobre Bélgica, que por fin se da una alegría. Lo mío hoy sábado va de animales. Aclaro que no soy animalista, no me alcanza el tiempo para todo. Pero en sus Diarios, Uriarte recuerda una idea de otro diario, el Diario de un mal año, de Coetzee: los animales son nuestros prisioneros de guerra, de esa guerra que perdieron cuando los humanos inventamos las armas de fuego. Y viendo a un rebaño pacer, le da la razón. 

En Chile, por estos días, mucha gente cree estar a punto de echar abajo el modelo de educación superior, que es carísima y malísima simultáneamente. Y lo que se yergue frente a ella para impedir que culmine el derribo es la policía montada. La emprenden entonces contra el jinete y también contra el caballo. Lautaro, joven libertador de América, tuvo que convertirse en mozo de caballerizas de Valdivia para entender que los conquistadores no eran centauros. Intentó explicárselo a los suyos pero no está claro que lo consiguiera, o no del todo. Unos cuantos siglos más tarde la cuestión no está resuelta. ¿Es legítimo arrearle una también al caballo?

C

Circulan por la Red las imágenes de la paliza que le dieron unos capuchas a un policía en el cementerio de Santiago. ¡En el cementerio! ¡Muerte sí, funerales no!, escribía Nicanor en el glorioso año del 69. Y Rodrigo: En los subterráneos de la psique colectiva, todo el mundo a la muerte grita Viva. La serie de fotos culmina con una del caballo policial ensangrentado, y es la que causa más estupor. Tanto como que, en el pie de foto, al caballo se le llama caballar. Roberto Merino llamaba la atención sobre esto: en las páginas de sucesos a los caballos se les llama caballares. Llevar registro de la realidad consiste también en eso, en la actualización del bestiario del Reyno. Caballares, perros, guanacos, zorrillos, pingüinos, jotes, buitres.  

Pero hoy es sábado y mañana domingo: no hay nada como el tiempo para pasar, cantaba Vinicius.

Fotografía de Kena Lorenzini.

mardi 18 janvier 2011

El género

Desde hace tiempo queríamos ver Deshonra, desde que estuvimos delante de la puerta de un cine y no entramos. Ahora, cuando ya no la buscábamos, apareció. Deshonra (Disgrace) es el primer libro de Coetzee que leí. Y lo leí dos veces. Es de un pesimismo seco y frío y, sin embargo, no desprovisto de humedad y de calidez, contando con toda la que pone el protagonista en su relación con Soraya, la meretriz, con Mélanie, la alumna y, sobre todo, con Lucy, su hija.

La película está bien actuada. Los personajes no tienen la cara que uno les veía leyendo la novela, pero ese detalle no es molesto, incluso renueva el interés por las secuencias. Y está bien ver África del Sur, el espacio de la historia.

Pero la imagen consigue devolver sólo en parte el pesimismo radical de Coetzee, el mismo que lo hizo sentirse obligado a marcharse a Australia después de haber publicado Deshonra. Si la imagen no puede más, no es porque la película sea mala. Es, apenas, una cuestión de género, como diría mi tío, que trabajó en una tienda.

D

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dimanche 31 octobre 2010

Ay

J

Más desagradable que la confesión que ha soltado Sánchez Dragó es la manera como ha corrido asustado a desdecirse. Desagradables también son algunos de los comentarios que ha provocado.

El prólogo que escribió Dragó a una buena novela, Samurai, de Hisako Matsubara, prólogo efectista como su autor, contiene, sin embargo, un dato interesante.

En japonés, amor se diría love. Es decir que no habría en la lengua japonesa un equivalente para tal concepto que, a su vez, no existiría como tal antes de Hiroshima. El amor formaría parte del acopio de experiencias importadas de Occidente, cuyo contenido es intraducible, razón por la que se les adopta con el nombre incorporado.

Pero no. Amor se dice en japonés ay, lo que es mucho más elocuente.

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Sobre este asunto, esto >

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mardi 12 octobre 2010

El lector de Coetzee

No seré yo quien cargue hoy contra la prensa. Mi carga se limita a los titulares. Se entera uno a veces de asuntos interesantes, importantes incluso, leyendo algún diario. Por más malos que sean los títulos. No hablo ya de informaciones malas y peor tituladas, como ésta, de las que hay ejemplos a porrillo.

Hablo de ésta, una entrevista al actor francés Jean Rochefort, quien vino a Bruselas la semana pasada a leer unos cuantos fragmentos de Deshonor, la novela de JM Coetzee. Esto de las lecturas de piezas literarias a cargo de actores está muy de moda en Francia, no sé si también en otros sitios. Lecturas en vivo y en conserva. Tentado está uno de creer que la gente está muy floja. Pero no, serán dos placeres diferentes y complementarios, leer y escuchar leer. Atávico este último, porque recuerda a la tribu reunida junto al fuego escuchando al cuentacuentos de turno. E infantil, al niño que escucha los cuentos de boca de sus mayores. Y al viejo que seremos, si llegamos a serlo, cegato ya de tanto leer pantallas.

Rochefort dice en la entrevista estar obsesionado por Coetzee, quien, a veces, parece disponer de una clave para entender al ser humano. Y cita a Cioran, según el cual desde hace dos mil años Jesús se venga de nosotros por no haber muerto en su cama. Como ya es un señor añoso, afirma temer menos a la muerte que cuando tenía cuarenta años. Gracias a la artrosis, dice. Cuando murió el actor Bruno Cremer, junto a un par de amigos le enviaron una corona de flores con una tarjeta que decía 'A bientôt'. Hasta pronto.

Con esos materiales, la entrevista está hecha por el propio entrevistado. A la periodista no le queda más que titular. Bien, es de esperar. Pues habrá que seguir esperando, porque el título que ha puesto ella o su jefe es éste: 'Sin bigote, parezco un ser asexuado'.

Que lo parió, como se despide Mendieta.

Ma

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dimanche 10 octobre 2010

Escenas de una vida de provincias

9782021000290 Ayer compré L'été de la vie, la traducción al francés de Summertime, de JM Coetzee. Para regalársela a C y pedírsela luego prestada y darle un vistazo a la traducción de Catherine Lauga du Plessis, quien traduce desde Sudáfrica a Coetzee (quien, por su parte, vive en Australia).

La edición francesa no conserva (como sí lo hace la española) la imagen de las ediciones inglesa y norteamericana, la camioneta al borde del camino de tierra en medio del paisaje sudafricano, y prefiere ilustrar con la foto de la cara de una mujer con gafas negras.

El subtítulo original, Scenes from Provincial Life, que Summertime comparte con las dos entregas anteriores de la serie, Boyhood (Infancia) y Youth (Juventud) desaparece de la edición francesa y de la portada de la versión española (de la que sólo he visto hasta ahora la portada).

Y luego está el título. Verano en un caso y L'été de la vie en el otro. En circunstancias que la traducción literal es tanto mejor: Tiempo de Verano. Escenas de una vida de provincias.

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