Este miércoles 13, en pleno horario estelar, el
programa de la televisión nacional belga de habla francesa se ve
interrumpido por una noticia urgente: el Parlamento flamenco declara
unilateralmente la separación del país y el Rey se refugia en la ex
colonia del Congo. Los telespectadores contemplan boquiabiertos las
imágenes de pasajeros obligados a descender de los trenes en la hasta
entonces frontera lingüística y a mostrar sus documentos de identidad.
Bélgica desaparece como nación.
Hay que recordar que Bélgica es
un país pequeño pero densamente poblado, situado estratégicamente en el
corazón de Europa. En su forma actual, se trata de una monarquía
constitucional establecida hace ya casi 200 años sobre la base de dos
comunidades. Al norte, los flamencos, de lengua holandesa, en tanto que
al sur, los valones, quienes se precian de sostener la frontera norte
del mundo latino, y hablan francés. Valones y flamencos coexisten en un
mismo Estado merced a un complejo entramado institucional, cuya capital
es Bruselas, sede de las instituciones europeas. No son pocos
los flamencos que quisieran acabar con Bélgica y alcanzar mayor
soberanía en el marco europeo. 2007 se prevé como el año de todos los
peligros para la unidad del país.
Una ola de emoción sacude al
país. Los celulares arden, la audiencia del canal se dispara, su sitio internet colapsa, pequeños grupos se dirigen al palacio con banderas a
proclamar su adhesión a la unidad de la nación. Mucha gente se muestra
perpleja, indignada, pasada a llevar.
El lector adivinará lo que
los telespectadores, aturdidos por la emoción, tardaron en hacer. Bien
arropada por la verosimilitud concedida por el formato del noticiario
de televisión, la noticia resulta ser falsa de cabo a rabo. Fue necesario,
sin embargo, explicitarlo numerosas veces para sacar a la audiencia del
engaño, tal como ocurrió en 1938, cuando Orson Welles lanzó por la
radio su famoso programa sobre la lluvia de meteoritos seguida por la
invasión de marcianos que desató el pánico en Nueva York.
El
propósito de los periodistas del canal belga era hacer reflexionar a la
ciudadanía sobre una situación que puede ocurrir en un futuro más o
menos próximo y mostrar que la suerte del país está en manos de los
ciudadanos tanto como en las de los políticos. El efecto conseguido,
es, sin embargo, paradójico, porque la atención se ha puesto más en los
periodistas mismos y en sus métodos profesionales antes que en el
contenido de la emisión, la eventualidad de la desintegración del país.
Para
estos efectos la televisión belga dice haber acuñado un nuevo género
periodístico, llamado pomposamente “documental de ficción”. El nuevo
periodismo, si mal no recuerdo, proponía utilizar recursos de la
ficción para dar cuenta de la realidad y acercarla a las audiencias.
Este neo-nuevo periodismo, en cambio, se permite confundir alegremente
realidad con ficción, a la manera como los publicistas suben a las
dueñas de casa sobre un nuevo modelo de aspiradora y las despiden a los
espacios siderales.
Y es que un dejo de narcisismo periodístico
más o menos inconsciente asomaba por las pantallas. El llamado cuarto
poder -la prensa- parece necesitar probar cada cierto tiempo la fuerza
de sus bien torneados bíceps. Los periodistas recogen la actualidad, la
filtran, le dan una forma y la presentan. Anticiparla es una tentación
latente. La fórmula convenida dice que los periodistas están
detrás de la noticia. Últimamente a algunos se les ve con cierta
frecuencia por delante.

No en balde Tintín, el superhéroe belga
por antonomasia, es el enviado especial de su periódico a plantarle
cara a la realidad, donde quiera que ésta se tuerza, en Rusia, el Congo
o la Cuba castrista. Superman, por su parte, se llama Clark
Kent y trabaja como periodista para The Daily Planet. De la redacción
a la reacción hay un paso y no sólo en las historietas. Hay quien cree
que estos periodistas belgas abusaron de la kryptonita.
En fin,
es fin de año y los medios hacen lo que pueden por llamar la atención
de la gente que se distrae y piensa en otra cosa. El hombre del año
para Time somos nosotros, usted y yo, you en su lenguaje. Entre todos
le hemos arrebatado el trofeo a unos pesos pesadísimos como son los
presidentes de Irán, Mahmud Ahmadineyad, de China, Hu Jintao, y de
Corea del Norte, Kim Jong Il. Y esto porque usamos internet y estamos
apurando por esa vía la llegada de la nueva era global de la
información. Se ve que ya somos muchos y nos multiplicamos a la
velocidad del cable. Un sitio como Youtube, sin ir más lejos, recibe
cien millones de visitas al día.
La revista Wired, por su
parte, se muestra escéptica o, cuando menos, irónica frente a esta
nueva democracia de los píxeles. Recordando el adagio que dice que si
le entregas un millón de máquinas de escribir a un millón de monos, uno
de ellos acabará por escribir el Quijote, Wired sostiene que si le
entregas un millón de computadores y de cámaras de video a un millón de
individuos, el resultado se llamará Youtube.
La Nación de Santiago de Chile, 21 de diciembre de 2006. PDF
PS: Título alternativo: Sobredosis de kryptonita.
No vi en directo el programa aludido. Lo vi más tarde en el sitio de la televisión flamenca, VRT. Mi compañero de celda en el hospital veía en ese mismo momento una película de Jean-Claude Van Damme, en RTL. Tuve buen cuidado de atrincherarme debajo de las mantas pero aun así los cadáveres salpicaban.
Este texto está escrito para un público austral. De estar dirigido a un lector belga cabría decir otras lindezas, sobre todo tras ver a la progresía local levantarse todos a una para defender el ambiguo procedimiento. Me parece que esa reacción adolece de una forma inconsciente de añoranza por el tercer mundo, la misma que los lleva a venerar a Chávez. Se trata de un sentimiento hostigoso pero comprensible en un país donde la política se reduce a menudo a negociar los presupuestos.