Canalblog Tous les blogs
Suivre ce blog Administration + Créer mon blog
MENU
Camino de Santiago
Publicité
6 août 2009

Diccionario incompleto

Proxémica: Distancia sexual, sida. Distancia social, gripe.
_______________

Aznar: Abdominar.

Aznar

_______________

Lo vi ayer temprano por la mañana trepando el muro de un edificio. No es Jyothi Raj pero no anda lejos. Cuando pasé por la tarde vi que había pintado unos garabatos en la parte alta del muro. Es un grafitero, es el grafitero solitario. Esta mañana los empleados los estaban borrando.
_______________

Harry_Patch

Parecidos razonables, Harry Patch y Thom Yorke.

Thom_Yorke
_______________

'It was a new story, I finished it the day before, and that inevitable sense of shortcoming had not had time to develop.'

TC
_______________

Cámara lenta >

Publicité
11 janvier 2009

Blanca nieve

No porque haya mucha nieve es fácil hablar de la nieve. Tal vez un esquimal tenga tanto que decir sobre la nieve que no sepa por dónde comenzar y acabe por quedarse en blanco. Lo cierto es que desde hace una semana la ciudad donde vivo está cubierta de nieve. Una noche nos fuimos a dormir cuando la ciudad era como todos los días, húmeda y oscura, y al día siguiente, al mirar por la ventana, la ciudad había amanecido completamente blanca y seca. Y así sigue. En el blanco impecable del primer momento han ido apareciendo trazas, matices. Huellas de autos, huellas de personas, de perros, de gatos, de pájaros, de insectos. La nieve es a las huellas lo que el papel es a la tinta y el vidrio a las cacas de mosca. En las afueras de la ciudad, en el bosque, en el campo, también hay huellas, de zorros, de conejos, de faisanes, de tantos animales que uno no sabe cómo se llaman y que salen a buscar comida o compañía y dejan marcados sus pasos.

También resulta que acaba por ser cierto aquello de que mientras más se mira la nieve menos blanca parece.

DSC01382

DSC01386

5 septembre 2008

De compras

La caída del poder de compra ya está aquí. La crisis, con su aliento de hiena. Hace unos días fui a Ikea a comprar unos cachivaches para amueblar la habitación que pintamos durante el verano. Armarlos nos llevó toda la tarde del domingo. En ese detalle radica la fortuna del sueco más rico del mundo: todo el proletariado europeo trabaja para él y más encima le paga por hacerlo. Podríamos haber comprado los cachivaches en una brocante (kuriosa las llaman los germánicos) pero hay que hacerse cargo del traslado y salvar las escaleras.

Junto conmigo entró al Ikea una familia. La fui viendo con intermitencia por el largo laberinto de objetos arrellanarse en los sillones y jugar a esconderse en los armarios. Coincidimos luego en la caja, yo con mis pesados paquetes y ellos esgrimiendo una única compra en la mano: una escobilla para limpiar el retrete.

Escobilla

20 juin 2008

La pelota

• Según un estudio, mientras más tele ve la gente más fea se encuentra. Al final de la Eurocopa me miraré al espejo y veré a Ribéry.

• Los portugueses, eliminados pero no desperfilados: Scolari se va al Chelsea y Cristiano Ronaldo al Madrid. Puesto que se lo ha pedido su madre…

• En otro mundo, la eliminatoria al Mundial del 2010 ya ha comenzado. Chile batió anoche 3-2 a Venezuela en Caracas con gol en los descuentos del ‘Chupete’ Suazo.

• A sus 69, Aragonés es el decano de los entrenadores de la Eurocopa. Treinta años menos tiene el más joven, el croata Bilic, guitarrista de rock y máster en derecho en sus horas libres.

• El augur tontaina da para hoy ganador a Croacia.

• En el barrio, las opiniones están divididas. El de la izquierda apoya a España, el de la derecha a Italia. Y el otro, ¡al Tíbet!

DSC00644

10 avril 2009

Bossnapping


U
na especie en vías de reaparición: el patrón secuestrado. En Francia ya son más de una docena los gerentes y altos cargos de empresas que han sido 'retenidos' por los trabajadores como manera de oponerse a los despidos colectivos. La prensa ha acuñado un término para nombrar la práctica, en inglés, desde luego: el 'bossnapping'.

Lib_ration

Publicité
2 avril 2009

Álbum

Asoma un lector de la Polinesia francesa. Me fijo en él por la bandera que enarbola: PF . Viene buscando una tisana de bailahuén. Y la encuentra.
__________

Me escribe Alena. Me pregunto por qué no pone el punto y aparte en las dos primeras y en las dos últimas frases.

Hola
Me llamo Alena
A mi de 28 anos.
Vivo en Rusia en la ciudad Kazan.
La muchacha solitaria, tener nunca el marido y no tener los ninos.
Dirigirse en la firma Russian Field que hacer el servicio del conocimiento de las muchachas con los hombres de Espana.
Les daba e-mail la direccion y la fotografia y ellos dirian a yo que he esperado un poco.
Yo quiero hacer conocimiento con inteligente y cuidadoso por el hombre, para las relaciones serias.
Esperar que mi foto te gustas enviar tambien tus fotos. Escribe si es interesante tenerte la comunicacion y conocerme.
Espero tus novedades.
Es mucho kisssss
Tu Alena

Alena

______________

La crisis.

¿Qué crisis?
______________

La industria farmacéutica nunca había vendido tanto.
______________

¿En qué rubro clasifica LUN el sitio de presentación de la prensa internacional Kiosco? Hay tres posibilidades: General, Economía y Amarilla.
______________

Bolivia 6 - Argentina 1. La era Maradona sólo está comenzando.

______________

Ver a Sarkozy.

18 décembre 2008

Ay, candela

Candelas

Penitente, devoto de San Lázaro, en El Rincón de la isla de Cuba.

Los penitentes, según me entero, veneran a San Lázaro, el que se levantó y andó, llamado Babalú-Ayé por los santeros. Y le piden algún que otro milagrito, en medio de humo de puros y leche de coco. Y muchas candelas. Como dice la canción, ay, candela, me quemo ahí.

1 mars 2007

Esta foto cojea

 

La verdad de una foto es la verdad del pie que la acompaña

wpp2006

La foto ganadora del World Press Photo 2006, prestigioso trofeo que premia cada año a las mejores fotografías de prensa, la tomó el norteamericano Spencer Platt entre las ruinas de Beirut bombardeado por los israelíes el pasado agosto. Fue publicada por Paris-Match y alabada por presentar el supuesto contraste entre la dura realidad de la guerra y una juventud dorada que hace turismo de lujo entre los destrozos. Descaro, indecencia.

En Nocturno hindú, el novelista italiano Antonio Tabucchi describe la fotografía de un hombre corriendo. Se trata de un close up, de un acercamiento. Bien mirado, parece ser un atleta negro que levanta los brazos porque ha ganado la carrera, tal vez incluso porque ha batido el récord de su especialidad. Pero si se quita el close up y se observa la foto completa, se verá que se trata de un manifestante antiapartheid, en el África del Sur de los años ochenta, que ha sido baleado por la policía y acusa el impacto antes de desplomarse. La moraleja que Tabucchi nos pone delante cae por su propio peso: desconfíen de los fragmentos escogidos.

Susan Sontag incita también por su parte al espectador a ver una fotografía de prensa como el resultado de un conflicto entre el imperativo de la verdad y el imperativo de la belleza, heredado este último de las bellas artes, y que hace que muchas veces la realidad de la calle aparezca afeitada en la prensa.

Se supone que una imagen dice más que mil palabras. Habría, así, que dejar a las imágenes hablar por sí mismas. Estas verdades de pacotilla se asientan seguramente en el trasfondo de paganismo que llevamos dentro, en nuestra religiosidad de adoradores de imágenes y en nuestra desconfianza radical hacia las palabras. Ver para creer, nos dijeron, y nos lo creímos.

Estos principios fundaron los días felices de las revistas ilustradas que vinieron a suplantar o a convertir a muchos diarios en revistas, donde el peso lo llevan las imágenes y el texto funciona sólo como comentario de éstas. Pero el espectador enfrentado a una imagen sin pie está obligado a componer por sí mismo una interpretación, a entender la imagen a partir de lo que ya sabe, que puede ser algo, pero suele no ser mucho. Las más de las veces, esa imagen sin contexto vendrá a confortar un saber superficial, estereotipado.

Para volver a la foto ganadora, el autor confiesa no haber interactuado con sus protagonistas, haberse limitado a apretar el obturador y a enviar la foto a la agencia y al concurso. La pregunta es, entonces, ¿es eso el periodismo? De manera general, el World Press Photo premia imágenes sin pie, imágenes que “se sostienen por sí mismas”, como quiere el tópico. Este premio demuestra una vez más que ninguna foto se sostiene por sí misma, que la verdad de una imagen es sobre todo la verdad del pie que la acompaña, como dice Godard y ratifica Sontag, que toda foto necesita un pie, como ha recordado pertinentemente Arcadi Espada.

Esta foto cojea periodísticamente hablando porque le hace falta un pie. Para ponérselo, un periodista, Gert van Langendonck, ha ido al encuentro de sus protagonistas. Su historia, publicada en el diario belga De Morgen hace unos días, es ésta: Aprovechando el primer día de cese del fuego tras los bombardeos israelíes a los suburbios del sur de Beirut, estos jóvenes regresaron a su barrio a comprobar la magnitud del desastre. Una de ellas trabaja para una ONG de ayuda a los refugiados. Contra las apariencias, no van en un descapotable de lujo, sino en un Austin Mini abierto, porque son cinco y hace mucho calor. ¿Que van vestidas con camisetas ajustadas y llevan anteojos de buena calidad? Estamos en nuestro barrio, responden, vamos vestidas como todos los días.

La guerra del Líbano, el bombardeo de Beirut por la aviación israelí, afectó a gente que se nos parece, que podría vivir en nuestras casas y formar parte de nuestra familia. Esta verdad, la foto ganadora no la muestra, la esconde.

logocl 1° de marzo de 2007 PDF

PS: En uno de los innumerables sitios y blogs que comentan esta foto se lee que "los pijos libaneses se pasean con un descapotable en short por una calle destrozada por las bombas israelíes". Tan pijos parecen que se les ven incluso los shorts. Recuerda el viejo juego de la noticia del accidente callejero que va pasando de uno a otro y termina convertido en genocidio.

6 février 2007

El dinosaurio

dinossaurio2

Con grandes gestos nos indica la pared del acantilado. Miramos la roca y no vemos más que roca. ¿Qué pasa?

Las huellas de dinosaurio, miren bien, son muchas.

Estamos en Almoçageme, en la costa central de Portugal. Bajamos a la playa por el acantilado. En ese momento una de nosotros, geóloga, nos hace notar las huellas sobre la roca.

Están perfectamente dibujadas, miren las garras.

¿Cómo pudieron preservarse a través del tiempo? De pronto perdemos el miedo de hacer preguntas tontas. ¿La piedra era blanda? ¿Por qué el dinosaurio trepó por ahí?

Era fango y se petrificó, manteniendo las huellas intactas, nos explica. Un cataclismo vino a modificar la posición de la formación rocosa, levantando esta pared y formando el acantilado.

Hay que decir que este prodigio está al alcance de quien quiera verlo, cerca de Lisboa y junto a una playa muy frecuentada durante el verano. Pero habríamos pasado por su lado sin verlo si no hubiese estado con nosotros alguien que sabía.

Es seguramente una obviedad, pero a la hora en que se escucha a menudo el elogio de la mirada edénica, desprovista de las adherencias de nuestra cultura desnaturalizada, el dinosaurio vino a recordarnos que para ver y comprender hay que educarse.

La foto es de Mário Furtado.

7 février 2007

Malos durmientes

Quién dijo “aquí viene la aurora de rosados dedos”, si acá, en este pedazo de Santiago, la luz que se cuela por el ventanal es verdosa, anterior al sol.

treile

Marcelo Maturana

El verano me parece ancho y ajeno, y el mundo, ya está claro, es largo y ardiente como Valparaíso, cuyos viejos edificios ahora quemados deberían reconstruirse a la pata del ladrillo, y por dentro con fuentes y flores. De la internet, fuego frío, tan sólo aprecio poder mantener una emocionada electrocharla (la otra palabra, la usual, me suena a hospital y desechos), espontánea en su génesis, con una hija que anda en Bolivia, hermano país de cuyas tierras más altas provenía, hace ciento y más años, uno de mis bisabuelos, médico que estudió en Chile y que, de vuelta en La Paz, fue envenenado con resultado de muerte en un banquete de las también altas esferas. Al menos eso dicen.

Aprecio también intercambiar disparos de bengala mediante e-pístolas con un dilecto amigo que vive en tierras bajas, en Bélgica, y al que le decía muy temprano (hora de Santiago), el domingo pasado, que sin duda estarás desayunando, o lo habrás hecho ya, mientras yo, desvelado por una noche larga y fantasmíplena, madrugo a pesar de mí mismo y tan desorientado que evito el reflejo de la imagen propia en toda superficie pulida, más que sea un plato sin migas todavía. Ya sabes, noches hay meditativas en que el esquivo sueño cede su lugar o su transcurso a autoinducidas revelaciones de mal pronóstico sobre la circunstancia presente, certezas horrendas cuyas raíces beben del pasado, y eso se hace tremendamente claro en la tiniebla de la noche, máxime si oyes a alguien que por los pasillos arrastra sus pies hacia las catacumbas de la casa, esos infiernillos que casi nunca en una película aparecen, y que más tarde quedan sonando como un eco fisiológico de la casa misma, madera, cemento, vidrio y metal. El cuerpo de uno, mientras tanto, lucha contra sí mismo en la inmóvil pataleta insomne.

En fin, quién dijo “aquí viene la aurora de rosados dedos”, si acá, en este pedazo de Santiago, la luz que se cuela por el ventanal es verdosa, anterior al sol. Oigo a unos queltehues que son tataranietos, o más, de aquellos que oí en la adolescencia segunda, cuando esta casa era nueva y un señor Allende recibía a otro que decía que alguna cosa debía hacerse “por la moral, por la moral, por la moral, por la razón, por la razón, por la razón”, mientras el que esto iba a escribir se dormía en unos pastos creo que de la Universidad Técnica de entonces, a media tarde de esa primavera del 71, sin sacarse el uniforme secundario, incapaz de comprender nada, ni grande ni pequeño, aturdido de antemano por un sopor apolítico, insensible también a los aspavientos del amor, sentimiento revelado como “esa mentira / de la que juré ser cómplice un día”, según está escrito.

Y ahora vienen estas pesadillas en que el individuo se hace el leso ante el englobamiento calórico, ensoñaciones en que percibe con los oídos el veloz envejecimiento propio y de sus seres queridos, y en que se pregunta si sus nietos, si acaso los ha de tener un día, vivo o ya muerto, verán un mundo sin animales tridimensionales u orgánicos. En esta misma página, hace poco, alguien que andaba Camino de Santiago explicaba al revés y al derecho la expresión pictórica “el sueño de la razón produce monstruos”. Ése es mi amigo de Bélgica, que en estos días alcanza la noche cuatro horas antes que nosotros. Un ciego famoso habló de la alta noche en que cosas hay que son inevitables, cosas como sinuosidades de un intelecto -el suyo- que se permitía narrar una realidad atroz o banal, en la unánime noche, en una ruina circular, pero si tú, amigo, puedes todavía ver, ya sabrás que la noche de los malos durmientes no es alta sino tan baja como los techos de un subterráneo, un cielorraso erizado de pelados cables de alto riesgo, eso sí, y baja resistencia a los impulsos del horror. Un horror como decir, por ejemplo, que la noche no está estrellada, que los esfuerzos de la persona humana por echar a andar ferrocarriles como barcos a escala humana, y cada paso un madero, parecen inútiles, y que tengo en la barba inmerecidas canas.

El dibujo es de Vanessa Brown  ©

3 octobre 2011

El confesor

Mi tía me cuenta una historia de cuando el propietario de la hacienda donde ella vivía, Don Salvador, era poderoso y pío. En ese orden. A los oídos de Don Salvador había llegado el rumor de que uno de sus trabajadores le robaba.  Don Salvador ya no durmió tranquilo hasta dar con la manera de descubrirlo y echarlo. Por ese entonces pasaba por la hacienda la misión que recorría los campos bautizando, confesando y casando. A don Salvador se le iluminó la vela, se vistió de cura y se metió en el confesionario, donde confesó a los trabajadores y al propio ladrón contrito. La penitencia fue severa y consistió en la expulsión fulgurante del trabajador manilargo.

Andando los años Don Salvador enfermó, se sintió muy desvalido y vio en este pecado la causa de sus males, un castigo de Dios. Embarcó a Europa y en Roma pidió audiencia con el Papa, quien lo escuchó en confesión y le impuso como penitencia la exigencia de que tomara los votos de pobreza. Don Salvador repartió la hacienda entre sus hijos y cedió unos terrenos a dos congregaciones, una de curas para que construyeran una escuela para niños, y otra de monjas para que construyeran una escuela para niñas. Mi tía lo recuerda entrando y saliendo de la iglesia, apoyado en su bastón, con ropa de buena calidad pero raída.

Atención a los pecados y atención al confesor. Uno de los confesores que oficiaba tiempo atrás en el propio San Pedro, en el Vaticano, era un impostor y fue desenmascarado por la Guardia suiza. La historia de Don Salvador no parece ser tan rara. Luis Buñuel cuenta en sus memorias cuánta gracia le hacía salir a dar una vuelta en sotana por Madrid.

Bu_uel

Por lo visto, no sólo en sotana.

9 décembre 2006

Emma

Hace un año mandé este relato, Emma, al Concurso de cuentos 2005 de la revista Paula. El concurso tiene su tradición y, sobre todo, tiene su premio. Se trataba de unos mil trescientos euros, más o menos. Al precio de los pasajes aéreos, que anda bastante subido, es lo que se necesita para ir camino de Santiago en temporada baja. Que es lo que hubiese querido hacer. Si de paso me daban un premio, qué remedio.

A pesar de haber leído Sensini, de Bolaño, detesto los concursos, en general, y los literarios en particular. No participaba en uno de ellos desde los tiempos en que con Rodrigo Lira y Roberto Merino escribimos San Diego ante nosotros. Pero esa historia la cuenta Roberto y a su versión me remito. We're only in it for the money, como decía Frank Zappa.

Para volver a Emma, no tuvo más premio que aparecer como finalista en el volumen publicado por Alfaguara bajo el nombre del cuento ganador del concurso, Mi nombre en el Google. En fin, aquí está Emma (en PDF,  Emma, las pruebas de edición). A ver si les da compañía, como Alfaro se la dio a Emma durante un largo viaje.

 

Emma

«On voit une femme, on pense qu’elle sera vieille, seulement on ne la voit pas vieillir. Mais, pour moments, il semble qu’on la voie viellir et qu’on se sente vieillir avec elle: c’est le sentiment d’aventure».

J-P S

para Miguel Angel Larrea

1

Es un Land Rover. Parece salido de un espejismo, de un milagro, de un filme. La Panamericana y los arenales en torno arden bajo un sol de castigo. El espejismo persiste, el Land Rover se detiene.

Al volante, al lado derecho (?), tocada con un pañuelo, las gafas perfectamente ajustadas, la old lady espera a que Alfaro formule su demanda. Conturbado, éste junta cinco palabras en inglés e intenta componer una frase:

-Voy al Norte... ¿puede llevarme?

La inglesa ajusta sus gafas un milímetro antes de responder:

-Más adelante... ya nos volveremos a encontrar.

Mientras Alfaro calibra la respuesta, el Land Rover se aleja sin remedio. ¿Por qué se detuvo, entonces? ¿Quería verle la cara, apreciar su inglés macarrónico? ¿Qué puede hacer una anciana inglesa en esos arenales? El sol convierte cualquier duda en humo, cualquier imagen en espejismo. Nadie se detuvo, el Land Rover no es más que otro avatar de la tarde sofocante, un vulgar fatamorgana.

Un destartalado camión peruano se detiene de verdad y el conductor acepta acercarlo hasta Chancay, a un centenar de kilómetros al norte de Lima. El chofer es un ex boxeador. Alfaro le comenta que ha visto unos combates al aire libre en la plaza de Pisco.

-Yo los gané esos combates. Toditos -afirma.

El camión deja a Alfaro a la sombra de unos algarrobos. Asoma un hombre joven. Alfaro le habla del valle, del camino, de la ciudad de Córdoba, de la ciudad de Santiago, tan triste, tan grande.

El hombre desaparece para volver con un cazo lleno de mangos maduros, que va mondando con un cortaplumas. Los comensales se rechupan los dedos y los codos chorreados por el líquido deleitoso, y luego se lavan las manos, los brazos y las caras en un arroyo cercano.

-Antes de llegar a Huacho hay una barraca verde donde sirven caldo de gallina. Párese y pruébelo -dice el hombre de los mangos, a manera de despedida-. Le va a volver el alma al cuerpo. Se le va a poner la carne de gallina. Se va a poner arrecho. Le van a dar ganas de pisar.

Otro camión se detiene. Va justamente hasta Huacho, a descargar toneles.

-Vengo de Argentina -cuenta Alfaro-, vengo de Bolivia -se corrige-. Se me entreveraron los acentos. Vengo de La Paz y voy a Bucaramanga. Vengo de Córdoba, vengo de Santiago. Lima es más grande. Lima se las tira a todas. La selección peruana juega mejor. A ver si llego hasta Cúcuta. A probar suerte en la lotería de Barranquilla. A conocer a los viejos del valle de Quillabamba, en Loja. Son todos centenarios. Porque comen picante al desayuno. Porque fuman picado grueso. Porque remuelen hasta bien entrada el alba. Siempre quise cruzar el canal de Panamá. Voy a sacarme una foto en la mitad del mundo, al pie del volcán Chimborazo, para mandársela a mi novia. Voy a participar en el festival internacional del bolero, en Machala. Compuse uno, se llama « De lo recóndito de mi ventrículo ». Con mucho gusto se lo interpreto:

El terciopelo de tu mejilla
Será mortaja del beso altivo
Que en vano busca tu boca húmeda

De lo recóndito de mi ventrículo
Mana un fragor de sangre indómita
Irguiendo músculos y cartílagos

Flor de la carne Mujer morena
Cuánto me causa risa con pena
Tu silueta bien me marea
Tu remembranza me zamarrea.

-A ver si se me acuerda de usted, su novia... Lo que usted tiene que ver es Chiclayo, la capital de la anchoveta. Ese puerto sí que se las trae. Y Piura, donde están las mejores casas de putas del Perú. Las hay limeñas y trujillanas, pero las guayaquileñas son las más calientes. Si me acompaña a descargar, lo empujo hasta Santa. Mándeme una postal desde Tumbes, una vez estuve allí pero no crucé la frontera. Los monos (los ecuatorianos, pues) me miraban rete feo. Seguro que usted viene escapando de Pinochet. La puta que lo parió. Ese roba y jode más de lo que aquí robó y jodió Odría.

clip_image002

2

Emma, la ornitóloga. Se trepa al capó del Land Rover para observar con sus prismáticos británicos aves altiplánicas y pájaros amazónicos. Emma, le previene Alfaro, me voy a bañar en ese río que corre allá abajo, seguro de que ella no lo apuntará con sus gemelos, con la anatomía de los pájaros le basta y le sobra. Y con el té con leche, que ella misma prepara, y sus biscuits, su único alimento.

¿Está buena el agua, Mister Music Man? Así lo llama a causa de los dedos largos y delgados de Alfaro, que ella estima buenos para el piano.

Zarape a la vista. Los niños zarapeños salen a su encuentro, entre burros y cañizares. Necesitan gasolina. Desde un negro tambor hollado la transvasan, con una lata, al depósito del jeep.

Emma se ajusta el pañuelo que cubre sus canas, y dispone las gafas a la perfección. No habla una sola palabra de español pero, antes de que Alfaro hiciera de intérprete, ya había recorrido cuatro mil kilómetros y llenado el estanque del Land Rover decenas de veces. Quizá no habla español porque Alfaro está ahí para hacerlo por ella. Así no arriesga un ápice de su dignidad, ese sagrado tesoro que recibió como herencia y que se obstina en preservar e incrementar. De una cantidad importante de dignidad Emma se hizo conduciendo una ambulancia durante la guerra.

Un mapa que compró en una tienda de Chelsea, y del que nunca se separa, designa una huella incierta como la carretera Panamericana, el espinazo que recorre América de cabo a rabo, entre el Pacífico y los Andes. Tal vez un día fuera la carretera Panamericana, en los tiempos de Odría. En realidad, la carretera corre por la franja costera y atraviesa la frontera peruano-ecuatoriana por Tumbes y Machala. Pero Emma atiende más a su mapa que a la realidad, y se ha internado en la sierra, por Sullana y Macará, siguiendo esta huella de mulas. Mientras más hoyos tiene el camino, mientras más se estrecha, más se empeña ella en seguirlo. Where is my Southamerican highway?, espeta, sardónica, cuando pierde la pista.

No sólo el mapa lo compró en Chelsea, también todo cuanto trae consigo, los prismáticos, el té, las galletas... Emma vive en el Land Rover en perfecta autarquía, sacante la compra de la gasolina. Apenas sale el sol, se pone al volante. Al pasar por cualquier bosquecillo se detiene, se sube al capó y ajusta sus gemelos para hartar el ojo de colibríes, de tangaras azules, de gallitos de roca. Después ensaya unos hoyos de golf junto al camino, valiéndose de una piedra o de un terrón. Luego se bebe un par de tazas de té con leche, mordisquea dos galletas, y se pone nuevamente al volante. No busca ni esquiva los hoyos del camino, demasiado ocupada como está en no perder la traza de su ruta panamericana. Así, hasta la última luz del día. Entonces detiene el jeep y se instala a dormir en la parte trasera, donde ha acondicionado un dormitorio. Como no es demasiado grande, hasta puede estirarse en sus petates sin dificultad.

Alfaro, por su parte, tiene que buscarse la vida en las inmediaciones. Una pensión a la entrada de un pueblo, un galpón a la salida de otro, un prado en medio de una arboleda.

Apenas si hablan durante los trayectos. Un ornitólogo cree que el mucho hablar ahuyenta a los pájaros. Con todo, Emma lo pone al tanto del único incidente que le parece digno de señalar en su prolongado viaje. Viajaba por la sierra central de Perú, bajando desde la región de Cuzco hacia la banda costera, a la altura de Abancay. Después de una jornada sin historia, detuvo el jeep al anochecer y descubrió que las portecillas posteriores estaban abiertas. Entonces comprendió la razón de aquellos ruidos que la habían inquietado apenas un par de horas antes. Sus dos maletas habían ido a parar al fondo del caudaloso río Apurimac, llevándose ropas, libros y otros enseres. No había llorado al volante de la ambulancia durante los bombardeos nocturnos de Londres a comienzos de la guerra, no había perdido el norte en medio del gran desierto de arena en Australia, cuando decidió cruzarlo y dar así una sorpresa a su hijo que vivía en Brisbane. No iba a llorar ahora esas maletas perdidas. Conservaba los prismáticos, tenía té y galletas para varios miles de kilómetros. Emma se desató el pañuelo, se quitó las gafas y se echó a dormir.

clip_image002

 

3

El aire es transparente, el camino se empina hacia las primeras alturas. Al fondo del valle del que se alejan, entre unos cañaverales, se despide una pareja de garzas. Emma viaja para observar aves zancudas, pero acepta a su lado a Alfaro, mamífero implume. Embarcó el jeep en Londres y voló a su encuentro en Buenos Aires. Se puso al volante, cruzó la pampa, la sierra cordobesa, la selva tucumana, rodeó el chaco austral y trepó por la quebrada de Humahuaca hasta el altiplano rumbo a la frontera boliviana.

Atravesó el altiplano central de Bolivia, se detuvo en Tiwanaku para ver la Puerta del sol, y por la ruta de Desaguadero flanqueó el lago Titicaca y entró a Perú. Mirando pájaros, bebiendo té. En la sierra peruana hizo un alto en Cuzco, subió a Sacsaywamán y pasó la mano por esas piedras lisas y tan bien entreveradas. Y se adentró por el valle del Urubamba para ver el tambo de Ollantay y más allá, por el valle caliente, el Machu Picchu y el Huayna Picchu.

Bajó desde Abancay hasta la costa, Alfaro lo sabe por el episodio de las maletas, y en Nazca miró de soslayo esos geoglifos enormes extendidos por la tierra caliente haciéndose guiños con las estrellas, como esqueletos de pájaros de piedra. Siguió esa ruta donde Alfaro la vio por primera vez, a la salida norte de Lima, y la creyó un espejismo que le decía en inglés que lo llevaría consigo si volvían a cruzarse más al norte, y eso hizo, después de Lambayeque, antes de cruzar el desierto de Sechura. Tal vez temió por sus pasos, como antes temió por los suyos en el gran desierto de arena de Australia.

Alfaro no intentó convencerla de que el camino de la costa era mejor. Emma ha querido pasar de Perú a Ecuador por una sierra despoblada, tanto mejor si el jeep se lo permite, Alfaro nunca hubiese puesto sus pies en estos sitios, y saberlo le embriaga la perdiz. Tal vez eso busque Emma, bandadas de perdices embriagadas. Cae tanta luz sobre esos cañaverales que el trazado de las garzas sobre el agua enceguece. « Aquí ha caído demasiada luz », le dijo una vez un místico, en las calles de Mendoza. ¿Qué puede durar una certidumbre, una menuda idea en medio de tanta claridad?

Emma dice que su viaje se detendrá en Quito, dentro de un par de semanas, que cuenta vender el jeep y volar hasta Londres. Ya está bien por esta vez, agrega, ajustándose las gafas, y en el siguiente bosquecillo se detiene, se encarama con sigilo al capó y se instala a observar con sus prismáticos el vuelo de un tentenelaire.

-Waxwing (Bombicilla garrulus) -dice, entusiasta-, what a holy thing!

clip_image002

4

La Tina se llama este pueblo y hace las veces de frontera peruano-ecuatoriana. Del otro lado del puente, el villorrio ecuatoriano se llama Macará. El río, por su parte, se llama Chira.

Emma y Alfaro buscan la oficina de emigración. Está frente al puesto de la policía, pero la caseta está cerrada y bien cerrada, a pesar de ser media mañana. El funcionario se fue a Piura a arreglar unos asuntos, les pone al tanto el policía de turno. No tardará en volver. Unos cuantos días, apenas.

-¿Cuántos días pueden ser unos cuantos días ? -pregunta Alfaro, para ir amenizando la espera.

-Pueden ser algunos días, pues -precisa el policía ajustándose la gorrita.

-Depende de cómo se vayan dando los variados asuntos que el señor funcionario está tratando en Piura -deduce Alfaro.

-Da gusto ver como usted comprende las claritas cosas.

-¿Y no nos puede ir poniendo el timbre de salida usted, pues, en ausencia del señor funcionario? Usted es tan representante del Estado peruano en este pueblo de La Tina como él y mucho más aun en su ausencia.

-Eso tendría que ir preguntándoselo al teniente. Tampoco está, pero ya llega.

Cuando aparece el teniente, trae cara de venir despertando. Yo no puedo timbrar los pasaportes, simplemente porque no tengo el timbre, el timbre está dentro de la caseta y la caseta está cerrada con llave porque el funcionario anda en Piura arreglando unos asuntos, ratifica. Pero no tardará en volver, nunca tarda, un par de días o tres, estima.

El teniente tiene trazas de ser limeño, o arequipeño, o trujillano, urbano de cualquier manera, y de aburrirse soberanamente del poblado de La Tina y de sus asuntos rurales y fronterizos. El teniente tiene cara de aburrirse de cuanto lo rodea. Debe de ser un grandísimo tarambana para haber merecido esta destinación.

-Nosotros no podemos echar marcha atrás y buscar la otra frontera, a más de trescientos kilómetros de aquí por un camino imposible, sólo para obtener un timbre que el Estado peruano tiene la obligación de aplicarnos -Alfaro lo pone al tanto-. Ni siquiera queremos entrar en el Perú, lo que estamos queriendo es irnos.

-¿Y cómo es que a este hombre se le ocurrió irse justo ahoritica...? -se pregunta el teniente, rascándose una oreja. Sus cosas tendrá que hacer, pues -se responde.

-Oiga, vamos a ir al otro lado a explicarles la situación a los ecuatorianos. ¿Los ecuatorianos comprenden más rápido que los peruanos, entonces, teniente...?

Algo hay en las maneras del teniente que hace sentir a Alfaro que puede permitirse estas licencias. Poco se parece al tenientico insolente que le hizo bajar de un camión en un puesto militar entre Yunguyo y Puno y le ordenó vaciar la mochila sobre la mesa y deshermanar calcetines y desplegar pañuelos. Leía entonces Alfaro una revista que titulaba « Corvalán por Bukowski », en referencia al intercambio de disidentes entre las dictaduras chilena y soviética.

-Corvalán es comunista -había dicho el tenientuco.

-Sí -respondió Alfaro-. ¿...Y Bukowski?...

-Claro, pues, hablen no más con los ecuatorianos, ellos entenderán, como usted dice.

Mientras cruzan el puente, Alfaro va traduciendo someramente los diálogos habidos a Emma, quien parece percibir perfectamente el alcance de la situación. Del otro lado, los funcionarios ecuatorianos dicen estar muy halagados con la presencia de los forasteros y escuchan atentamente sus razones. Argumentan no tener problemas para aplicarles el timbre, pero los problemas, agregan, arriesgan encontrarlos luego los viajeros en Quito, sostienen, cuando alguien vea que en sus pasaportes hay un timbre de entrada en Ecuador y ningún timbre de salida de Perú. ¿Dónde se ha visto una irregularidad semejante?

-Es que nadie, ni en Quito, que está en la mitad del mundo, de acuerdo, ni en ningún otro lugar, por periférico que sea, va a investigar nuestros pasaportes al punto de descubrir esa anomalía insignificante, liliputinesca, argumenta Alfaro. Si resultásemos controlados, bastaría con mostrar que el timbre de entrada está en regla.

-Por eso mismo es que Ecuador no puede poner el timbre de entrada si Perú no ha puesto antes el timbre de salida, justamente. Ecuador no tendría problemas en ponerlo, pero los problemas los van tener ustedes después en la capital del Ecuador, Quito. Que Perú ponga pues el timbre de salida y Ecuador pone enseguidita no más el timbre de entrada...

clip_image002

 

5

Más clara que la dialéctica de los fronterizos está el agua del río Chira. La justa oratoria contra los fronterizos deja a Alfaro con ganas de hundir la cabeza en el líquido elemento. Así se aleja, buscando un vado. No tiene consigo el traje de baño pero no se ve un alma en los alrededores. Se quita la ropa y se zambulle. En ese mismo momento aparecen detrás de los matorrales una decena de niños, tentados de la risa.

Los niños deciden también bañarse, pero se dejan el calzoncillo. Aun agujereado como un cedazo, el calzoncillo los pone al abrigo de sus propias puyas y chanzas. El agua no está fría ni tibia, ni quieta ni correntosa, está simplemente deliciosa. El Chira, a esta altura, es un río sin más mácula que la que deja el hocico de las bestias abrevando en su orilla.

Los granos de polen amarillo que flotan sobre la superficie del agua son como mundos o galaxias, como las burbujas que forman las manos del bañista o las amplias ondas lentas que abre el movimiento de sus brazos. Dos libélulas de alas negras revolotean sobre una semilla de cardo. Una hoja de álamo navega como un casco de galeón. Un pez diminuto viene a meterse entre la hoja y la superficie del agua y luego lo imita otro y otro, hasta que escapan todos despavoridos para luego volver y recomenzar el juego una y otra vez. Juegan a tener miedo los peces diminutos. Desde la orilla, cuatro o cinco vacas atónitas miran nadar al forastero. En torno a ellas giran inumerables moscas. Como dioses del atardecer o niños del río Chira.

Alfaro sale del agua y se seca al sol como un lagarto. Los niños se acercan. Alfaro se enfunda el pantalón y les pregunta si saben cantar. Los niños dicen que sí saben. Siempre que sea él quien comience. Alfaro va inventando una cueca:

El largo río Chira
Mucho se estira

Por el lado peruano
O ecuatoriano

Turista que se baña
Sin pasaporte

Lo ponen en la frontera
Culo pal Norte

Turista que se baña
Sin su visado

Lo ponen en la frontera
A culo pelado

El río Chira moja
A quien se enoja...

El más pícaro de los niños se atreve entonces con una canción que habla del asombro de las yeguas frente al atributo del asno. Y otro encadena con una estrofilla que dice que de las aves que vuelan su preferida es el chancho.

Alfaro pregunta por qué no hay niñas entre los niños. Los niños responden todos a una:

-Porque son sonsas.

clip_image002

 

6

-Flys.

Emma sonríe indicando las moscas que vienen a probar la sopa. Alfaro cucharea bajo la ramada de la cantina de doña Delicia. Emma no toma sopa, of course, toma té con galletas.

Entre mosca y sopa, Alfaro se interroga por qué Emma acepta compartir con él este trayecto de su largo viaje, por qué accede a verle instalado como copiloto del Land Rover en las mañanas radiantes, en las interminables tardes, y alejarse en los anocheceres en busca de un lugar para dormir. Tal vez sea para ella un intérprete de una realidad que tanto la atrae como la repugna. Alfaro es para Emma lo que Doña Marina fue para Don Hernán Cortés. El traductor.

Ella toma té con galletas, él toma sopa con moscas. Ambos ajustan la distancia que los separa y los reúne, buscando dar con la distancia precisa. Ni tan cerca ni tan lejos. Como los pájaros, que los largavistas y la altura del capó del jeep acercan a la distancia justa, visibles pero libres. Alfaro se interpone, a medio camino entre las gafas bien ajustadas de Emma y el paisaje que se abre allí donde acaba la sombra del toldillo de Doña Delicia. Alfaro es ese paisaje.

Los niños del pueblo se agitan en las inmediaciones. Los niños se parecen a Alfaro pero Alfaro se parece a Emma. Alfaro sonríe, como si la sopa estuviera deliciosa.

-Esta sopa está buenísima, me va a dar las fuerzas necesarias para meter al teniente por el ventanuco del sucucho fronterizo, a ver si por fin nos timbran los pasaportes.

El teniente finalmente está de acuerdo, habrá tomado de la misma sopa. Dos guardias observan en silencio y aprueban con la cabeza. Mi teniente, la vieja gringa y su novio argentino ya nos aburrieron, nos salen hasta en la sopa, ya se acabó lo chusco que era verlos rebotar contra esta frontera donde no hay nadie que les timbre el pasaporte. Ya los oímos hablar en su jerigonza, lo vimos bañarse a él en el río, en pelotas, y a ella jugar a la chueca con unos palos rarísimos, ya los vimos incluso tomar sopa en la cantina de doña Delicia. Yo nos hostigaron. Que se vayan a joder a los ecuatorianos, mi teniente, échelos luego.

Alfaro hace un estribo con las manos para que el teniente apoye el bototo, y le da un empujoncito en el culo para que alcance el ventanuco. Esta ventana está bien pendeja, pero eso no lo autoriza a usted a ponerse tan confianzudo, alerta el teniente.

Cuarenta y ocho horas después de su llegada, Emma y Alfaro se disponen a cruzar la frontera con un flamante sello estampado en sus pasaportes. Sin firma, el teniente no ha querido comprometer su nombre en la suplantación del funcionario de emigración. Cuando éste regrese, tendrán que explicarse sobre este conflicto de competencias. Se va usted a arreglar sus asuntos a Piura y el trabajo tenemos que hacérselo nosotros. Esa no es una razón para metérseme por la ventana, teniente.

Alfaro los escucha, mientras el jeep gana terreno por la sierra. Emma sólo presta oídos a los pájaros.

clip_image002

 

7

El jeep va subiendo la cuesta. Las nubes lo esperan, agazapadas en la altura. Son nubes de algodón de azúcar, blancas, lúbricas, ventrudas. El jeep se apresta a penetrarlas, impelido por la luz del sol.

Dentro del jeep, entre las nubes, la luz se vuelve sombra, el calor se enfría, el paisaje desaparece. Emma enciende las faros neblineros, unas linternas vacilantes en el vientre de ese nubarrón espeso, y ajusta los anteojos, como si éstos detuvieran el secreto del camino. Excitado como un niño, Alfaro abre la ventanilla del jeep, saca el brazo e intenta atrapar con el cuenco de la mano un puñado de nubarrón que parece ser granizado de piña.

-What a frog! -dice para disimular lo infantil de su gesto. O por miedo de ver desaparecer a Emma y al jeep en esa nada omnívora. Nunca había visto una nube por dentro, agrega. Ahora tampoco, porque no se ve nada.

El jeep llega a la cima. Sin despegar la vista del camino, Emma activa freno y embrague. Cómo se le ocurra cruzarse a un burro, dice Alfaro. « A donkey », traduce, inútilmente. Una blanca palidez, agrega, sin ton ni son.

La luz enceguece cuando el jeep asoma del otro lado de la nube, al otro lado de la montaña. Aparece otro valle, otro río, otros árboles, bañados por la misma luz.

Se hace noche en un puesto llamado Empalme. No hay más que tres barracones y numerosos soldados conscriptos en las inmediaciones. A Emma, Empalme le parece un sitio apropiado para pasar la noche. Estaciona el jeep entre dos molles y acomoda sus petates como cada anochecer. Good night, Mister Music Man. Have a nice dreams.

Alfaro se acerca a saludar a un grupo de conscriptos, a preguntar si puede extender su saco de dormir en uno de los barracones. Le responden que le preguntarán al cabo que le preguntará al sargento. Mientras tanto, en vista de que hoy es carnaval, véngase a tomar unos cañazos con nosotros en la galería del barracón donde puede que terminemos durmiendo todos, precisamente.

Los conscriptos se instalan en la galería de madera, en torno a una mesa desportillada, cada uno frente a un pequeño vaso de vidrio invertido. La botella que reina en el centro de la mesa no lleva etiqueta y su contenido es transparente como el agua. Los soldados son morenos y tienen la edad de la conscripción. Llevan el pelo cortado al rape, camiseta blanca, pantalón verde y botas negras. El reloj que algunos portan es una única variación al uniforme. Todos a una enderezan los vasos, uno de entre ellos los va llenando según la dirección de los punteros del reloj, la misma dirección que siguen para vaciar los vasos de un único trago. Beben según un ritual pautado como cuaderno de música.

Hablan de fútbol, de estoperoles, de mentolatum, de clubes y de selecciones, lo que los lleva naturalmente a hablar de ciudades, de Loja y de Ambato, de Quito y de Guayaquil. Los conscriptos están en Empalme desde hace ya varias semanas. El rito del vaciado « al seco » de los vasos opera sin prisas ni tardanzas, al punto que de la botella ya sólo queda el fondo. Tantas semanas en Empalme comienzan a parecerles largas. Contando con que no hay una sola mujer en las inmediaciones o, si la hay, su padre, o su hermano, o su marido ya la ha puesto a buen recaudo.

Aparece otra botella, tan transparente como la primera. El cañazo es dulzón, espeso, tibio como la carne, como la noche. Los conscriptos son costinos, o serranos, u « orientales », amazónicos. Sombrero de jipi-japa, sombrero de fieltro, tocado de plumas, Alfaro los adivina sobre cada una de esas cabezas rapadas, mientras acompaña con la mirada el turno del vaciado de los vasos. Acabada la segunda botella, asoma por la conversación un prostíbulo de Ambato, celebérrimo por las sodomías que en él se practican. El hoyo del culo es una estrella de mar, dice un conscripto costeño. Es el propio ojo de la papa, sostiene un conscripto serrano. Es un ombliguito de mona, concluye tiernamente un selvático.

-La raya opone a su apertura dos cúspides que encierran un fragor inflamado -se atreve a incrementar Alfaro.

Los conscriptos lo escuchan, perplejos. Al cabo de unos segundos largos, aflojan una estrepitosa carcajada. Echémosle más cañazo al argentino, se dicen golpeándose las extremidades inferiores.

Al cabo de la cuarta botella, o de la quinta, Alfaro se decide a dar las buenas noches. Al entrar en el barracón, se oponen a su andar unos bultos imprecisos. A tientas da con un espacio llano y con dificultad acierta a meterse en el saco de dormir. Afuera, oye decir al conscripto que lleva la voz cantante:

-Qué noche de carnaval de los carajos sin poder bailar ni divertirse. Ya parecemos peruanos. A ver, mis primos, si vamos a sacar a bailar a la gringa, entonces.

Alfaro trata de incorporarse, pero el saco le opone resistencia. En el jeep, alertada por las voces de los conscriptos, Emma esgrime el palo del que no se separa cuando duerme y le asesta con él a dos de ellos, que se alejan con la cola entre las piernas.

Les asesta ahí precisamente, en la cola, entre las piernas.

clip_image002

 

8

Los indios saraguros se acercan al poblado, de negro vestidos -sombrero de fieltro, poncho, pantalón a media pantorrilla, ojotas-, el pelo negrísimo tomado en una trenza, a pie, solos o en grupos pequeños, serios, graves, dramáticos. Es domingo, día de mercado.

A la entrada del poblado, los burros, descargados de sus costales, esperan en el apeadero, allí mismo donde Emma ha dejado el jeep. Los burros rebuznan, algunos estrepitosamente.

-Atan a los burros junto a las burras -Emma se queja, se enfada, desata y ata su pañuelo. La presencia de las hembras excita a los machos inútilmente. Deberían poner a los machos a la entrada de la aldea y a las hembras a la salida.

-O al revés -temporiza Alfaro.

-Es una salvajada -insiste Emma, decepcionada.

Alfaro mira a los saraguros, taciturnos, ocupados en su mercado. Poco puede hacer por Emma y por la causa de los burros y de las burras. ¿Cuál será la causa de los asnos, por lo demás, la paz de los establos o el frenesí del aroma del sexo de las burras? ¿Y cuál será la causa de las burras?

Los saraguros parecen demasiado retraídos como para tomar cartas en el asunto. Emma está intratable. La aparente incapacidad de Alfaro a comprender su punto de vista y traducirlo en actos aumenta su crispación. Alfaro se siente súbitamente abandonado, perdido en un mercado de indios trágicos, acompañado de una añosa gringa excéntrica que se inquieta por la miseria sexual de los cuadrúpedos ungulados.

-Usted está necesitanto una taza de té y yo de una iglesia barroca donde rezarle un padre nuestro a mis antepasados que no dudaban en ahorcar a un perro por atacar a las ovejas, o a cazar con palos y a tender trampas a los pajarillos, o a lanzar incluso a una cabra desde el campanario de la iglesia el día de la fiesta del pueblo -murmura Alfaro.

Los indios saraguros lo miran desde detrás de varias capas de distancia. O no lo miran en absoluto. Los burros súbitamente callan.

clip_image002

 

9

Dejan atrás Loja y Quillabamba, aquél valle donde los viejos mueren centenarios y las guaguas mueren guaguas. Dejan atrás Cuenca -qué bonita- y Azogues -qué frío el viento seco en las alturas, qué húmedo el calor en las hondonadas. En una posada, el fuego derrite la grasa en el caldero por donde asoman unas colas de cerdo.

Avanzan hacia Riobamba. Emma apenas si habla, está pensando en volver. « Home », dice, y Alfaro siente pasar un río de implícitos, un río diferente de aquellos barrosos cursos de agua de esos valles calientes, o de aquellos torrentes prístinos y fríos que corren sobre lechos pedregosos en esas cordilleras.

Si toda palabra evoca una imagen, « home » le parece que convoca un paisaje surcado por un río canalizado, con bordes de contención hechos de ladrillos coventry, balaustrada y puentes de piedra gris, un río cívico, constitucional. Emma tiene, por lo menos, esta realidad palpable para confrontar con sus prejuicios, para confortarlos, o reducirlos, o modificarlos. Pero, también, qué puede ser lo palpable para quien no come otra cosa que biscuits. Emma dice que ya es hora de volver a casa, que desde que perdió las maletas en el río Apurimac no piensa en otra cosa, que Quito es la última etapa de un viaje que ya ha durado demasiado, que vende el jeep y se sube a un avión y luego... « home ».

A Alfaro le da por pensar que Emma quiere desembarazarse de él, que lo siente un estorbo, que está resentida por no haber sabido él contener a los conscriptos, o por no haber sido capaz de hacer nada a favor de los burros, o por el retraso con los pasaportes, o por dejarla sola para irse por ahí a tomar sopa con moscas, o a hablar con niños y con campesinos, tal vez cree que le cobran demasiado por el combustible porque Alfaro es un cándido capullo que se identifica con los aldeanos, se crerá que ella es rica porque es súbdita británica y se desplaza en Land Rover. Tal vez a causa de su presencia se contiene de subirse al capó del jeep cuando le viene la gana de mirar sus paseriformes, o de arremangarse la pollera y tomar el sol en sus piernas que serán tan blancas, o se aburrió de él, eso es, como los fronterizos peruanos se aburrieron de ellos y se los cedieron a los ecuatorianos.

O porque es argentino, y como tal revindicará las islas Malvinas con su merinos abrigados y su vegetación jorobada por el viento.

Alfaro piensa que no debe darse tanta importancia, ciertamente no se la otorga Emma, que de sobra tiene con lo suyo y en ello está centrada, ya habría decidido acabar con este viaje antes de acogerlo a él y precisamente por eso lo acogió. ¿O fue él quien la acogió providencialmente a ella que venía cayendo por una profunda tristeza, como sus maletas cayeron a las aguas procelosas del río Apurimac? ¿No será al revés? Eso. Al revés, se dice, la cosa es al revés.

Alfaro se concentra en la forma de las nubes. Un viejo, dos carneros, una cópula, el inevitable hongo atómico. Lo mejor de estas formas es que apenas duran el tiempo de su defiguración, del permanente fundido de una en otra.

La neblina se abate sobre el camino, una niebla densa, una neblina londinense, dice Alfaro, por decir algo. El camino es una sucesión de curvas. A la vuelta de una de ellas, increíble pero cierto, decenas de cilindros metálicos con una calavera estampada vienen rodando camino abajo. Peligro. Emma se ve obligada a detener el jeep al borde del camino.

Alfaro desciende y echa a andar en dirección de lo que se adivina un accidente entre la bruma. Dos camiones han chocado de frente. Un camión está volcado y por su parte posterior, abierta, se escapan los cilindros. El otro camión está desfigurado, atravesado en el camino. Los pasajeros de este último descienden como pueden, aturdidos, maltrechos, se sientan o recuestan, mientras otros giran entre quejas y lamentos. Uno de ellos intenta recoger su sombrero y, pálido y tembloroso, enciende un cigarrillo para recomponerse.

-Apague eso, por favor -le increpa Alfaro indicando la calavera de los cilindros.

Vuelve al jeep a explicarle a Emma lo que ocurre. Enfermera durante la guerra, ella sabrá mejor qué hacer con los heridos. Yo puedo conducir hasta Riobamba, le propone, usted puede ir curando a un par de heridos durante el viaje.

-Absolutely not. Mi viaje ya se ha terminado -corta Emma secamente-. Yo debo llegar cuanto antes a Quito, para regresar a Inglaterra de una vez.

Alfaro vuelve al lugar del accidente. El conductor del camión volcado yace a un costado del vehículo, muerto. Alfaro comienza a despejar el camino de cilindros y vuelve al jeep.

-Como quiera que sea, no podemos evaporarnos y dejar a esta gente muerta o medio muerta por el suelo. Hay que dar aviso al hospital para que manden ambulancias. De paso podemos llevar a un par de heridos. Riobamba está en su camino -le dice, subiéndose al jeep.

Por toda respuesta, y sin variar la expresión de su rostro, Emma pone el vehículo en marcha. Por un momento, Alfaro la cree capaz de pasar de largo, dejando a los heridos en la estacada. « Deténgase aquí », le ordena.

-Ayúdenme a subir a estas señoras -dice, tomando por los hombros a una mujer mayor que se ve muy a mal traer. Nos llevamos a tres personas y prevenimos al hospital rápidamente. Las ambulancias no tardarán, conforta a los heridos, abriendo la puerta posterior del jeep.

Los accidentados tienen cortes en la cara y sangran profusamente. Alfaro dispone a dos heridas en la parte trasera del jeep y cuando se dispone a instalar a una tercera en el sitio del copiloto, se percata que en el jeep ha tomado ubicación junto a Emma otra mujer. La inglesa, entretanto, no ha soltado el volante y continúa mirando hacia el camino, como si nada de eso existiera, ni las mujeres a bordo del jeep, ni los cilindros desparramados por el suelo, ni los camiones, ni Alfaro que se agita, ni siquiera la bruma.

-Bájese -dice Alfaro a la mujer que se ha sentado junto a Emma.

-Es que yo no puedo dejar sola a mi tía -se defiende aquélla, indicando a una de las heridas en la parte posterior del jeep-. A mí también me tienen que curar en el hospital -agrega, mostrando un leve rasguño junto a una ceja.

Alfaro la toma por un brazo y la hace descender. Vuelve a por la herida, la carga con dificultad y se dirige hacia el jeep. Entonces ve que la mujer del rasguño en la cara ha vuelto a subirse al jeep y se ha vuelto a instalar junto a Emma.

Desazonado, Alfaro acomoda como puede a la herida al borde del camino y sube al jeep por la parte posterior. Vamos, le pide a Emma, al hospital de Riobamba. En el trayecto, la rasguñada vuelve el espejo retrovisor hacia su cara y estima el largo y el ancho del rasguño junto a una ceja. Cada dos por tres se vuelve mecánicamente hacia Alfaro y le pregunta cuán desfigurado le ha quedado el rostro.

-Desfiguradísimo -responde-, nunca volverá a ser la misma.

Llegados al hospital, unos camilleros se hacen cargo de las heridas pero rehusan instalar en una camilla a la rasguñada, quien debe resignarse a acompañarlos por sus propios pies. Alfaro ordena someramente el espacio posterior del jeep y se acerca a la ventana del conductor.

-Gracias por traerme hasta aquí -le dice a Emma, tendiéndole la mano.

-Disfruté mucho de su compañía. Que tenga una estupenda travesía del Atlántico, que las islas británicas la acojan con sus mejores pájaros. All the best for you.

-Lo mejor para usted también, Mister Music Man -responde Emma en un aceptable castellano, apretándole los largos dedos de músico-. Buena suerte, donde quiera que vaya.

Alfaro mira alejarse el Land Rover. Fatamorgana, dice, via, via, va-t-en, farewell, embora, embora. Se siente desplomado, como si hubiese debido cargar con el muerto, con las malheridas, las rasguñadas y los cilindros metálicos a cuestas desde la neblina hasta el hospital de Riobamba, como un burro con sus costales o un Sísifo con su piedra.

La neblina se disipa de pronto y el sol resplandece. Caminando en busca de un hotel barato, Alfaro escucha una música de fanfarria. Sólo le falta darse de narices con el carnaval de Riobamba. Ojalá lo hayan prohibido las autoridades militares invocando la inminencia de una erupción volcánica o sociopolítica, provocando una crisis de melancolía entre los carnavalistas.

En la carretera, en su Southamerican highway, Emma ve caer la primera tiniebla. Ya no es la hora de los pájaros, es la hora de los murciélagos.

2 avril 2026

Noche de vino y cerezas por el Camino de Santiago

EL 10 de diciembre de 2024, la editorial Laurel presentó en el Centro cultural de España, en Santiago de Chile, el libro Camino de Santiago, de Antonio de la Fuente. La biblioteca del CCE se hizo estrecha para acoger al público que llegó a escuchar la presentación de Andrea Palet, editora de Laurel, y los comentarios de los escritores Beltrán Mena y Roberto Merino. Tras agradecer, el autor firmó numerosos ejemplares del libro y, finalmente, los asistentes subieron a la terraza a brindar con vino y cerezas por la publicación de este Camino de Santiago.  

 

Andrea Palet: En plena dictadura yo era una escolar de jumper, muy perna, y lo mejor que me podía pasar era cuando mis papás llegaban a la casa con la revista La Bicicleta. Eran mis ídolos. La Bicicleta fue muy importante para mucha gente y en esa época su editor era, yo no lo sabía, Antonio de la Fuente. Y esto no tiene ninguna importancia, pero si no lo digo ahora, cuándo más lo voy a decir: La Bicicleta me hizo mi primera entrevista a los 17 años. Mire, señor editor, lo que son las vueltas de la vida…   Por supuesto que no publicamos este libro por eso sino por lo que ha hecho Antonio desde hace años en su blog y en las redes sociales: una mezcla muy resonante entre las formas tradicionales y las nuevas formas de transmitir una curiosidad, un conocimiento y una perplejidad sobre el mundo.  

 

Beltrán Mena: Si usted busca saber sobre la crianza de ornitorrincos o la estructura social de los arcángeles no lo va a encontrar en este libro, pero todo lo demás lo va a encontrar. Porque Camino de Santiago habla de todo, podría caer en la categoría de esas enciclopedias desordenadas, como la de Plinio el Viejo o la de Isidoro de Sevilla. Pero no es eso, es mucho más amplio, personal, amable y divertido. El autor domina todas las técnicas, todas las pausas y todos los trucos. Domina a la perfección el oficio y plantea sus ideas de manera bella y precisa. Son ideas agudas, divertidas, livianas y profundas. Es un libro realmente bien escrito y es imposible de juzgar en su totalidad. Es más bien un libro por el que hay que dejarse llevar.  

 

Un par de ilustraciones:  «Dos hombres vestidos de negro y armados de lanzagranadas se precipitan sobre un auto en una calle en París y obligan al conductor a bajar. “Diga que ha sido Al Qaeda”, le espetan, a modo de explicación. El conductor responde: “Ya, pero esperen a que baje al perro”. Y los mismos canallas que acaban de masacrar a toda la redacción de Charlie Hebdo, y de rematar en el suelo a un policía apenas unos minutos antes, acceden a que el perro se quede junto a su dueño. No quiero decir que los terroristas tengan un corazón sensible a los animales, no. Lo que quiero decir es que esta es la realidad, y no hay otra.»    

 

El segundo ejemplo que leeré es sobre el color de las lilas: «Hoy es el día en que maduran las lilas. En el jardín las hay blancas y lilas. El color de las lilas blancas se pasa varios pueblos del blanco, mientras que el de las lilas lilas se acerca al añil, al azul paquete de vela, al azul del papel que envuelve a la manzana, como dice la canción de Caetano. Hago como siempre un par de fotos de las lilas en flor por mera manía de registrador, porque sé que la sensación que se desprende de las lilas ahora, esa carga de húmedo perfume, no cabe en una foto. Debería ser capaz de pintarlas. Pintar obliga a mirar mucho, antes y después. Y de eso se trata, creo, de mirar y de sentir demoradamente.  El lilero no tiene mucha gracia fuera del momento de la floración. El fruto es más bien feo, el follaje es oscuro e inexpresivo y el ramaje –el porte– algo desgarbado. Tampoco valen las lilas para los floreros, donde se marchitan enseguida. Toda la gracia de la que es capaz, el lilero la pone en el momento de la floración. Que es este, el de esta tarde, ahora mismo.»    

 

Creo que estos párrafos pueden resumir la perspectiva de Camino de Santiago, su filosofía, si tuviese alguna. Es un muy buen libro, me encantó, creo que lo disfrutarán también.  

 

Roberto Merino: Acompañé este libro durante todo su proceso y por lo tanto me vanagloriaba de conocerlo al revés y al derecho pero a pesar de estar hasta ese punto involucrado en este libro, que me ha producido una especie de fascinación, antes de venir aquí me quedé en blanco. Me acordé de que —y aquí voy a contar algo más personal— cuando viene Antonio periódicamente a Santiago nos juntamos y hablamos hasta por los codos y luego cuando él vuelve a Bélgica la Cecilia, su mujer, le pregunta: «¿Cómo está Roberto?». «…Supongo que bien…». «Pero entonces, ¿de qué hablan?»… Y no hay nada más qué decir. Pasa lo mismo al leerlo.  

 

Hay que tener una cosa en consideración y es que estos textos escritos desde la distancia tuvieron una circulación previa porque este libro es el fruto de una edición. Y es bien impresionante la translación casi alquímica que se produce al tomar estos textos, procesarlos y convertirlos en un libro: el resultado es casi mágico. Lo sé por experiencia propia, porque uno abre el libro y es como si lo leyera por primera vez: es otra cosa, una cuestión extraña, un espejismo. Esto justifica publicar como libro unos textos escritos para la prensa. El cronista más cototudo que ha habido en Chile, Joaquín Edwards Bello, consideraba que con crónicas escritas para el diario no se hacían libros, que las crónicas morían con el diario. Y no, se equivocó, porque a él lo conocemos sobre todo por las crónicas que escribió para La Nación hechas libro.  

 

Y luego está la ambigüedad del nombre, Camino de Santiago, que creo que está operando siempre: por una lado el libro habla del Camino de Santiago original, de Compostela, y por otro lado está esa imagen de fondo de Santiago, como una especie de ciudad fantasma. Entonces leyéndolo uno comienza a ver varios caminos, porque el Camino de Santiago, que es el camino de vuelta a este lugar, está diversificado y va para todas partes. Es el camino hacia el oeste, en Galicia, y es el camino de cada uno de los viajes del autor, pero también es el camino de regreso al origen que, sin embargo, tampoco es el origen porque esa ciudad permanece en calidad de fantasma.  

 

A mí me enseñaron a prestar atención a las canciones que a uno se le vienen a la cabeza cuando está pensando en su propia vida o en un objeto exterior. Mientras tomaba apuntes sobre este libro me vino a la mente una canción de Los Náufragos, Zapatos rotos: «Tengo mis zapatos rotos / Y es de tanto caminar / Lejos ya quedó mi pueblo / Voy camino a la ciudad». Cuando el libro habla de leguas y de zapatos, el que aparece es el peregrino que va de pueblo en pueblo a la ciudad, porque la ciudad es un objeto de atracción muy profunda.  

 

Antonio de la Fuente: Voy a dar una vuelta de agradecimientos, espero no ser muy latoso pero es menester agradecer. Muchas gracias al Centro cultural de España, a la Cooperación española y a la Embajada de España por acogernos esta noche. Muchas gracias al equipo de la Editorial Laurel: Paula Loyola, Natalia Iza, Pablo Palet, Thomas Mayne-Nicholls, Carlos Maldonado y Andrea Palet.  Gracias especiales a Andrea Palet, la editora de este libro, que hizo un trabajo impecable editándolo y lo sigue haciendo al promoverlo. En marzo de este año le envié desde mi pueblo andaluz un manuscrito y exactamente nueve meses más tarde, ahora mismo, estamos presentando en Santiago esta robusta criatura de 333 páginas.  

 

No quiero abusar de esta metáfora maternal que me ha salido sino sólo aprovecharla para saludar la presencia de mi madre que, a sus 97 años, ha querido estar presente hoy para acompañar ar niño. Página 33 de este libro, que tiene 333 páginas: «No hay nada más suave en el mundo que las mejillas de un niño recién nacido. Cosas que dice mi madre. Lo dice a la pasada pero yo sospecho que está hablando de mí.»  

 

Gracias a Beltrán Mena por sus generosas palabras. Beltrán publicó en esta misma editorial, Laurel, un libro que se llama El Rey de las bolitas, donde aúna magníficamente imágenes y textos. Cuando lo terminé de leer, me dije que ese libro lo hubiese querido escribir yo. Con eso les digo todo.  

 

Gracias a Roberto Merino. Roberto, lo han entendido, es mi amigo de toda la vida. Años atrás con él y Rodrigo Lira escribíamos a seis manos y componíamos un equipo de choque del que Lira era el mayor, Merino el menor y yo el del medio. Andando el tiempo, Lira, el mayor, se bajó del escenario y Roberto, el menor, fue publicando unos libros con los que se llevó todo por delante. Tanto así que yo seguí siendo el del medio. Si jugáramos ahora al manido juego de contestar a la pregunta sobre qué libro nos llevaríamos a una isla desierta, diría sin dudarlo que me llevaría un libro de Roberto Merino y, de ser posible, me los llevaría todos.  

 

Ya, hasta aquí vamos bien. Y para no emocionarme, paso a saludar a mi familia de Chile, de Bélgica y de España, mis tres países; a mis hermanas y a mi hermano, a mis primos y sobrinos; a mi mujer, a mis hijos, a mis nietos. Sólo diré que si alguna vez escribí para la galería imaginaria, como la llamó Enrique Lihn, este libro lo escribí también para ellos.  

 

Y por último, y no es lo menos importante, gracias a todos ustedes por no dejarme solo esta noche. Hablando días atrás con una escritora le conté de mi miedo de no ver llegar hoy a nadie y ella, que no tiene decenas sino miles de lectores, me dijo que le pasaba lo mismo, porque ese miedo nos viene de cuando éramos niños y temíamos que no llegara ningún amigo a nuestro cumpleaños.  

 

Dos palabras sobre el libro, esta robusta criatura de suaves mejillas y 333 páginas. El título, Camino de Santiago, es literal. Llegué a Santiago a los diez años pero, como decía Nicanor Parra, los provincianos no acabamos nunca de llegar a Santiago; y dejé Santiago a los treinta años, que es la edad de la razón, como la llamó Sartre, la edad a la que Cristo salió al mundo a predicar y Buda se sentó y no se volvió a levantar. O sea que he vivido dos tercios de mi vida lejos de Santiago, a donde he estado siempre yendo o viniendo. («No sé si voy o vuelvo de Santiago», escribió Gonzalo Millán). Y es también inevitablemente una metáfora del recorrido de la vida. Este Camino de Santiago, mi camino, es también el peregrinaje que nos lleva allí donde vamos todos, se llame como se llame el puerto de llegada: Lovaina, Almuñécar, Cirieño o la Laguna de Tagua Tagua, en mi caso. Roma, Jerusalén o Compostela. Talca, París o Londres. O incluso La Meca, Katmandú o Benarés. O bien Santiago de Chile, Santiago del Estero, Santiago de Querétaro, Saint-Jacques-de-la-Lande o la isla de Santiago en Cabo Verde.

 

Y sobre la imagen de la portada, el Conte Verde surcando el Atlántico. Es el barco que trajo a mi padre desde Barcelona a Buenos Aires hace ya tantos años. La historia de ese barco la cuento brevemente en el libro, cuento que contiene la para mí entrañable imagen de Antonio a los 18 años cantando en la cubierta del barco Mucho me gusta la sidra. La imagen incluye también la presencia de Tomás Corrada, el tío Tomás para nosotros, con quien vino mi padre en el Conte Verde y vivió su vida a pocas cuadras de aquí. Manuel Corrada, su hijo, murió hace poco en Guipúzcoa y legó su biblioteca a una universidad chilena y sus haberes al Museo del pueblo asturiano. De la casa de los Corrada en Asturias se ve la casa de mi padre y recíprocamente y sin embargo para ir de una casa a la otra hay que dar una vuelta tremenda. Porque así son los montes astures, tremendos, como tremendos son estos montes de aquí.  

 

Y sobre el interior del libro, sobre las 333 páginas que lo conforman, si tiene un mérito, uno solo, es que estas páginas se pueden leer de arriba a abajo y de adelante para atrás, y se pueden saltar como en el juego de la rayuela, respetando en ese sentido el Decálogo de los derechos del lector, tal como los expuso Daniel Pennac, el octavo de los cuales es el sagrado derecho a picotear. Incluso se puede poner el libro al revés, como hacía George Bush, y así encontrarán tal vez algún palíndromo. Un palíndromo es una palabra o una frase que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda, como en Somos o no somos. Me he ganado la vida como traductor y por eso puedo confirmar que no hay manera de traducir un palíndromo y para dar con la idea hay que inventar otro. Así es como pueden encontrar en el libro uno que otro palíndromo, de esos que cultivaba con esmero mi amigo Marcelo Maturana, que murió en Santiago el año pasado. Si leen el libro al revés verán que el último texto, o sea el primero, es un emocionado obituario de Maturana.  

 

Pero el libro no se cierra del todo porque, se lo he escuchado decir a la Andrea, es una bitácora de vida y viajes. Y la vida sigue su curso con o sin nosotros y los viajes también. Este libro para mí, y espero que también para ustedes, supone el jalón más reciente de la bitácora, un nuevo viaje que comienza esta noche su andadura.  

 

Sobre el hecho de publicar sólo ahora un primer libro, creo que hay tres categorías de escritores: 1/ Los escritores que escriben y publican, el gremio, los que todos conocemos. 2/ Los escritores que escriben y no publican, imposible conocerlos a todos porque hay muchos más de los que imaginamos. 3/ Y, por último, los escritores que ni siquiera escriben. Yo fui uno de estos últimos durante mucho tiempo y si ahora asomo entre los primeros lo hago sin esperar nada pero también sin desesperar. Supongo que la edad permite tomarse estas libertades. Todo lo que venga me parece bien y lo que no venga también. María Gainza, autora de un precioso libro publicado por Laurel, El Nervio óptico, cuenta en su último libro, Un Puñado de flechas, un encuentro con Francis Ford Coppola en Buenos Aires. Coppola le dice a Gainza que el artista (en mi caso vamos a dejarlo simplemente en el autor) viene al mundo con un carcaj que contiene un número limitado de flechas. Y puede lanzarlas todas cuando joven, o cuando adulto, o incluso ya de viejo. Pues eso, estas son mis flechas, tardías pero no por eso menos dirigidas al corazón del mundo.  

 

Sobre los libros y los viajes, es evidente que no es necesario viajar para escribir ni menos aun escribir para viajar. Como sea, yo comencé a viajar cuando joven, imitando seguramente a mi padre que había llegado de lejos, y siguiendo también el aire de esos tiempos: Los vagabundos del Dharma, Los caminos de Katmandú, Los caminos de la libertad… Aquí está mi amigo Miguel Ángel Larrea, con quien recorrimos América del Sur escribiendo reportajes y enviando imágenes y reportes: El Diario de Cooperativa está llamando. Más tarde, en Europa, el trabajo me llevó a lugares remotos, adonde el ánimo peregrino me hizo ir y volver. Una vez que estaba en Bodrum, en el sur de Turquía, mi amigo Miguel Roig me preguntó si iría a Estambul y le respondí que no porque me acababa de leer un par de libros sobre la antigua Constantinopla. No dije porque pero casi. Parece una boutade pero lo es sólo a medias. Corneluis Berg, el entrañable pintor de uno de los Cuentos orientales de la Marguerite Yourcenar, decía que conocía mejor los países a los que viajó cuando preparaba esos viajes que cuando volvía de ellos. Otra vez había terminado de leer un libro que me había gustado mucho y como comenzaba a sentir esa especie de pena que entra cuando uno se separa de un buen libro encendí la tele y vi circular unas imágenes que de toda evidencia eran las del libro que acababa de cerrar. Era el Nocturno indio, de Antonio Tabucchi, llevado al cine por Alain Corneau, un recorrido por la India, de Bombay a Goa. Me encantaría que a alguien le ocurriera algo similar con algún recorrido de los que hablo en este libro.  

 

Y teniendo en cuenta que viaje y camino pueden ser sinónimos, puedo decir que el viaje más total que he hecho es un viaje al Yemen, del que también hablo un poco en el libro. Tal vez valga la pena contar esto brevemente. Cuando mi hijo comenzó a ir a la escuela la odió con todas sus fuerzas. Hablamos con él y le dijimos que no teníamos alternativa que ofrecerle porque la escuela era sí o sí. Y que no le cupieran dudas de que la escuela le iba a gustar y le iba a ir muy bien. Tanto así que cuando acabara la escuela primaria iríamos a celebrarlo al lugar del mundo que él escogiera. El niño nos miró con los ojos bien abiertos y no dijo nada. Pero lo bueno es que la fórmula funcionó. A las dos semanas se sabía de memoria los nombres de todos los países con sus capitales y comenzó a irle bien en la escuela al punto de que incluso empezó a gustarle. Tanto así que hoy es profesor. Año a año iba cambiando el país al que iríamos: un año era la Polinesia, el otro era Sri Lanka y finalmente el país escogido fue el Yemen. Y por fortuna fuimos en el momento justo, en julio de 2001, porque ese país eternamente en guerra se cerraría por completo al mundo un mes más tarde tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. El Yemen es un país alucinante y ese viaje lo fue para nosotros de principio a fin. Pasolini filmó allí buena parte de sus Mil y una noches que, además de ser un filme extraordinario, tiene el buen gusto de dejar asomar a la Arabia feliz de los cuentos por sus imágenes.  

 

Ya. Y como insisto en que no quiero emocionarme me llevo esta imagen en el corazón, la que componemos ahora, para no llorar mañana en el aeropuerto y para que sí me acompañe en el viaje de regreso que ahora emprendo. Y estoy seguro de que me ayudará a pasar de la tibieza del verano de Santiago al frío que reina por estos días en el Viejo Mundo. En el libro cuento también que a veces de regreso del verano austral, viendo el avión adentrarse en la fría oscuridad del noreste, me he preguntado si estoy bien de la cabeza.  

 

Me dijo una vez Joaquina en Cangas de Onís: No somos para despedirnos. Y sin embargo no hacemos más que despedirnos. Tanto así que estando yo en San Martín de Trevejo, ese precioso pueblo extremeño situado en la frontera hispano-portuguesa, donde se habla un bable como el de Joaquina, escribí: «Mañana marchu d’esti pueblu y nun ye que nun quiera quedame». «Mañana me voy de este pueblo y no es que no quiera quedarme».  Muchas gracias nuevamente y les recuerdo que con mucho gusto estaré firmando el libro con un lápiz de cuatro colores. Pueden elegir el que prefieran.  

 

Chukrilla, muito obrigado, merci beaucoup.

 

4 avril 2026

Dicen del Camino de Santiago

José Antonio Montano, en The ObjectiveEste libro aborda el Camino de Santiago desde una perspectiva que combina experiencia personal, reflexión cultural y atención al paisaje histórico. Lejos del tono meramente testimonial, el texto propone una lectura pausada del itinerario como espacio simbólico, atravesado por capas de memoria, tradición y transformación contemporánea. El recorrido se convierte así en una forma de indagación sobre el viaje, el tiempo y la continuidad cultural europea.

 

Andrés Gómez, en el diario La Tercera de Santiago de Chile: Cuenta Antonio de la Fuente que en una vida anterior le dio clases de español a un ingeniero belga. Este se dirigía a una ciudad boliviana a emprender un proyecto de reparación de alcantarillado, por encargo de la alcaldesa. Dice que le advirtió que tuviera cuidado con la confusión entre las palabras alcantarilla y alcaldesa. Cuando el ingeniero se presentó ante el Concejo municipal boliviano, partió diciendo: «Muchas gracias, señora alcantarilla, por confiarnos la reparación de la alcaldesa». Escritor, periodista, viajero, ex director de la revista La Bicicleta, De la Fuente recuerda otra distinción: alguna vez Nicanor Parra, hablando de Octavio Paz, le dijo que «no es lo mismo ser un surrealista diplomático que un diplomático surrealista». Radicado en Bélgica, De la Fuente escribe breves textos, reales o ficcionados, que rebosan ingenio y buen humor. En ellos suelen aparecer poetas, músicos y escritores, desde Parra a Rodrigo Lira y Roberto Merino, que fueron sus amigos. A Merino de hecho le gustaba encontrarse con De la Fuente en la calle, porque su conversación podía tomar direcciones insospechadas y divertidas. Eso es lo que de algún modo experimenta el lector de este libro: un viaje culto y entretenido que transita por territorios, personajes y detalles a menudo sorpresivos y entrañables.

 
José Antonio Montano, en The Objective: Este Santiago es a la vez el de Chile y el del camino. En 1929 su padre asturiano salió de Barcelona a bordo del Conte Verde, barco que ilustra la portada, y llegó a Buenos Aires. Por allá se quedó. El autor nació en Chile, vive en Bélgica, pasa temporadas en España y ha viajado por muchos países. Nos conocimos en uno aéreo, Internet, donde fue Josepepe y ahora es Materlín. Camino de Santiago, hecho a partir de las entradas de su finísimo blog (pínchenlo por la transcripción de la presentación del libro: aquí), es el dietario perfecto. O la bitácora perfecta: bitácora de un viaje que es siempre el viaje a la realidad. Al misterio, la sorpresa, la poesía, la curiosidad, la gracia (y esporádicamente el horror) de la realidad: la de los días excepcionales en alguna parte del mundo y la de todos los días en el rincón de siempre. Con su mirada y su escritura, con su sensibilidad y su pensamiento, con su piedad risueña, Antonio de la Fuente ha escrito un libro hospitalario. Como dije en su día de los Diarios de Iñaki Uriarte, es imposible que Camino de Santiago no le guste a un buen aficionado a la lectura. Así que léanlo.
 
José Núñez, en Palabra Pública: Camino de Santiago es un amplio catálogo de referencias culturales reunidas bajo la sensibilidad particular de Antonio de la Fuente, quien salta de un tema al otro, de una observación aguda a un chiste provocado por un equívoco lingüístico, de una historia persa o india a una anécdota de sus años de juventud en el Chile de la dictadura. Como en una conversación —fugaz y digresiva, llena de asociaciones imprevistas—, las notas, crónicas y ensayos aquí reunidos producen una sensación de descubrimiento, no solo porque obligan al lector a reparar en datos que probablemente antes ignoraba, sino también porque transmiten una curiosidad inagotable, una forma de mirar el mundo. El libro es también el de alguien que se deja fascinar por los lugares que visita, por las personas e historias que allí encuentra, componiendo, de paso, un retrato de su propia experiencia, una especie de autobiografía involuntaria.
 
Vicente Undurraga, en la revista Santiago: Es, sobre todo, un gran resumidero de lo visto y mascullado durante una vida de viajes, lecturas y encuentros. Por eso se deja perfectamente seguir a pedazos, como quien entra y sale de la casa de un amigo. De la Fuente —quien dirigiera en dictadura la emblemática revista cultural La Bicicleta— muestra gran agilidad para sintetizar anécdotas y datos curiosos, rememorar episodios de todo tipo (circuncisiones históricas, naufragios) y ahondar en sus inclinaciones y debilidades, como los palíndromos y las etimologías. Al hacerlo, se revela un conocedor fino de la música y entre idas y desvíos reflexiona sobre las cuestiones humanas esenciales, como el deseo, la pertenencia y la vergüenza ajena. También deja caer unas especies de poemas: «En la ventana el pájaro bebe el agua de la nieve derretida por el calor de la casa» (...). Es cosa de saber ir y venir por el parque soleado de De la Fuente, donde las palabras no exigen la atención quieta de una sala oscura. Donde más bien el recreo es la norma.
 
Patricia Rivadeneira, en Instagram: Abro cualquier página y encuentro algo maravilloso, sorprendente, divertido. Es un libro mágico, se puede leer de atrás para adelante o del medio para atrás... Leo: «Claro que lo mejor sobre el tiempo, en el sentido de timing, está en el romancero venezolano: A la una canta el gallo, corazón, y a las dos canta el cobarde. Y yo cantaré a las tres, corazón, por haber llegado tarde».
 
Bookish & Co: Plagios, suicidios y fama póstuma trazan un mapa íntimo de memoria cultural, de Marais a Lira, donde vida y muerte se cruzan con ironía y azar.
 
Aldo Perán, en De Santiago a Santiago: Espléndido libro (...), de lo mejor que he leído este 2025.
 
Espelunco, en Bluesky: Leer Camino de Santiago es como conversar largamente con un amigo de ingenio despierto y temperamento generoso. (...) Solemos hacer gárgaras con las «Seis propuestas para el próximo milenio» de Italo Calvino en la universidad. Para una definición de Levedad, en cambio, basta leer este Camino de Santiago. Perdónenme el entusiasmo, es que me gusta todo. 
 
Roberto Careaga, en Instagram: «En cada viaje me dejo algo atrás», anota Antonio de la Fuente y sospecho que mientras lo hacía cerraba un ojo. Que sucede lo contrario es evidente porque el libro en que lo dice, Camino de Santiago, es el eco de viajes, traslados, caminatas y vueltas a la manzana hechos en décadas, acaso durante toda su vida. De Avenida Matta a Yemen, del Magreb a Galicia, de Bodrum a San Vicente. De la librería de la esquina hasta su cama también, porque las experiencias que ha coleccionado —un sinfín de extravagancias culturales más que aventuras salvajes— se van entrelazando con otro sinfín de lecturas que comenta de reojo para conformar algo así como una manta hecha de retazos, despuntes y recortes: notas al voleo, frases azarosas, teorías, observaciones y pequeños ensayos que lentamente van configurando algo que, antes que un relato, es una mirada. Quizás hay un relato en curso: el de un hombre que interrumpe sus días en Bélgica para llevar unos apuntes en que, mientras en su patio florecen las lilas y deambulan los caracoles, una erudición sin programa muestra que las minucias de la historia (o de la pequeña historia de la cultura) son el reflejo esquivo de sí mismo: un hombre aún en la mitad del camino. Que ahí estamos todos es obvio, pero el asunto es la manera en que lo llega a decir Antonio: lejos de cualquier gravedad y dramatismo, con una voz acogedora, cercana, hasta humorística, tan perfectamente representante de la levedad de la que hablaba Calvino, que se transmuta en algo parecido a la sabiduría. Periodista, traductor, alguna vez poeta, editor de la revista La Bicicleta, Antonio de la Fuente nació en Chile en los 50, vive entre Bélgica y España, donde supongo continúa escribiendo este libro potencialmente infinito. Así lo espero; yo lo leería siempre.
 
Luis Ruiz del Árbol, en Twitter: ¡Qué joya de libro! Un autorretrato que es el resultado de las huellas que han dejado tantas lecturas, viajes, historias escuchadas y, sobre todo, los amigos. Ojalá se presente pronto en España. 
 
Cristóbal Urrutia, en Bluesky: ¡Un libro fantástico! Lo fui leyendo de a pedacitos, alternando con otras cosas, y lo disfruté de punta a punta. ¡Lo recomiendo con entusiasmo!
 
Oscar Sepúlveda, en Instagram: Uno de los libros más sabios y entretenidos que he leído.
 
Julio Reyes, en Bluesky: Empecé a leerlo, a hurtadillas, descubriendo esos pequeños detalles que el autor ha venido acumulando. El espíritu de Simon Leys vive aquí.
 
Alejandro Koppmann, en Bluesky: Ameno e inteligente libro.
 
Michael H. Miranda, en Goodreads: Magnífico volumen de apuntes, anécdotas, notas de lecturas, remembranzas y homenajes.
 
Samuel Zambrano, en Bluesky: Digamos que conozco un poco el material, así que sé que será uno de los libros del año. Háganse con él también si pueden y les dejará aspirando a ser mejores lectores, viajeros, observadores... a parecerse un poco a Antonio, en definitiva.
 
Eldegelos, en Instagram: Me habían recomendado muchísimo este libro y tenían razón. Estoy disfrutando al máximo sus recorridos en el espacio y el tiempo. Merece la pena la peregrinación.
 
Beltrán Mena, en la presentación del libro: Si usted busca saber sobre la crianza de ornitorrincos o la estructura social de los arcángeles no lo va a encontrar en este libro, pero todo lo demás lo va a encontrar. Porque Camino de Santiago habla de todo, podría caer en la categoría de esas enciclopedias desordenadas, como la de Plinio el Viejo o la de Isidoro de Sevilla. Pero no es eso, es mucho más amplio, personal, amable y divertido. El autor domina todas las técnicas, todas las pausas y todos los trucos. Domina a la perfección el oficio y plantea sus ideas de manera bella y precisa. Son ideas agudas, divertidas, livianas y profundas. Es un libro realmente bien escrito y es imposible de juzgar en su totalidad. Es más bien un libro por el que hay que dejarse llevar.
 
Roberto Merino, también en la presentación del libro: Acompañé este libro durante todo su proceso y (...) me ha producido una especie de fascinación. Hay que tener una cosa en consideración y es que estos estos textos escritos desde la distancia tuvieron una circulación previa porque este libro es el fruto de una edición. Y es bien impresionante la translación casi alquímica que se produce al tomar estos textos, procesarlos y convertirlos en un libro: el resultado es casi mágico. Lo sé por experiencia propia, porque uno abre el libro y es como si lo leyera por primera vez: es otra cosa, una cuestión extraña, un espejismo.
 

CAMINO DE SANTIAGO está disponible en Amazon, donde también pueden leerse largos extractos, y en el sitio de Laurel.

 

UN resumen de la presentación del libro: Noche de vino y cerezas por el Camino de Santiago.

2 juillet 2013

El destete

Hay que conceder a las Femen el mérito de haber puesto la teta sobre la mesa. Las sociedades occidentales han cambiado rápido en las últimas décadas en materia sexual, más bien de los años sesenta en adelante -aunque el Berlín de la preguerra fue pionero, por lo que se cuenta. Como sea, cualquier avance en cualquier materia nunca es definitivo.

La prueba por esta situación que cuenta el diario. La familia de un diplomático belga comía en el restorán de un club de golf neoyorkino. A la hora de los postres, la mujer se puso al seno al niño menor, de pocos meses. Hasta ahí todo bien. De imágenes como ésa están llenas las mejores pinacotecas. No le gustó la escena, sin embargo, al encargado del local quien les llamó la atención y, ante el poco caso que los belgas le hicieron, llamó a la policía. Las fuerzas de orden llegaron, en efecto, armas a la mano, y sólo la presentación de las credenciales diplomáticas del hombre pudo calmar los ánimos.

No habrá para qué soltar una campanudez (para usar un término en boga) frente a la anécdota. Sobre todo si no se me ocurre ninguna.

M

Óleo de Mary Cassatt

23 décembre 2009

Otro cuento de navidad

A las seis está rascando el hielo de los vidrios del auto. Siente el frío en las manos y sobre todo en la cabeza. Es calvo y se ha olvidado la gorra. Pero no tiene tiempo para volver a buscarla. Tiene para una hora de camino y con la nieve que está cayendo se le hará larga. Además, en la oficina tiene una gorra de repuesto, para la vuelta.

El camino está imposible y la nevazón arrecia. En cuanto llegue a la autopista irá mejor, piensa. Pero no es el caso, en la autopista hay camiones atravesados, el tráfico es lento y las maniobras son peligrosas. Conduce con los músculos tendidos y le duele el cuerpo.

En la escalera del aparcamiento resbala pero no cae. A las siete en punto marca la tarjeta. Abre el Excel y se pone con las cuentas. A las diez y media va a la cafetería y al olor del café se acuerda de la gorra. Se la habían traído de la capital para la Navidad. Contra los consejos de su madre, se la puso para ir a la escuela. En cuanto lo vieron se la quitaron y la arrastraron por el barro. La recogió, la limpió como pudo y la guardó en el bolsón. Nunca más se la puso. Era una gorra demasiado buena para ese pueblo.

Almuerza solo, como suele hacer, y se sorprende cuando se acerca una colega a darle compañía. Qué esperas como regalo esta noche, le pregunta. Una gorra, responde. La que tengo ya está vieja y me queda mal. Pero tú tienes dos, le dice su colega. Llevas una por la mañana y otra por la tarde. Se ve que te gustan las gorras, espero que te regalen otra y así tengas tres.

Iba a explicarle que la gorra de la mañana no le cabe por la tarde, pero prefiere dejarlo así. Llega la hora de cerrar el Excel y regresar a casa. Busca en el perchero la gorra de la tarde y se la pone. La nieve de la ciudad está sucia. En la autopista coge la rueda de un camión que va echando sal y avanza rápido. A los lados se estira la alfombra blanda y fría que no se moverá en toda la noche.

En cuanto llega a su casa, siente el olor de la cena. Debajo del arbolito iluminado hay un paquete de regalo. Tiene forma de gorra, se dice. Y con un poco de suerte puede ser una gorra extensible.

Autorretrato_con_gorra__Goya_

Goya, Autorretrato con gorra

13 août 2009

¡Tercero!

Tercero está Pinochet en la clasificación de los mandamases mal vestidos que publica el Tiempo de Norteamérica (Drácula con capa, lo llama). De los diez clasificados, el dictador chileno es el único que ya no necesita vestirse por las noches ni desvestirse por las mañanas.
_________________________________

Los flamencos levantan la pata porque el agua está fría. Antes, la levantaban porque se la habían mordido las víboras.

Flamenco

12 août 2009

Más

M_s

Nosotras tenemos más que ofrecer.

___________________________

El mejor marido del mundo >

___________________________

'Gratis, para los imbéciles. Gratis, para los estúpidos. Gratis, para los flamencos'. Así rezaba hasta ayer el reclamo de la campaña publicitaria de Mobile Vikings, un operador telefónico en Bélgica. En vista de las quejas ante el Tribunal de ética publicitaria, en lugar de 'Gratis, para los flamencos', la campaña dice ahora 'Gratis, para los holandeses'.

7 janvier 2009

La nieve

Israel ganará pronto la guerra de Gaza. Pero esta guerra puede darla por perdida. Bueno, ésta también...
_______________________

El millonario alemán Adolf Merckle se despide del mundo arrojándose al paso de un tren. Un método de pobres.

Al otro extremo de la escala social del suicidio está un miembro de la policía política de Pinochet quien, por no comparecer ante la justicia, se presentó como comprador en el más lujoso apartamento en venta en Santiago, el que le fue presentado en todos su detalles. Cuando llegó a la terraza, se arrojó al vacío ante los espantados ojos de la vendedora.

_______________________

Charles_Krupa

Esta foto, de Charles Krupa, 'Vuelve la nieve a Boston tras una semana de calor', quise tomarla esta mañana. Para qué. 

31 octobre 2008

La espera

Calmábamos la saudade mirando las imágenes de Guercino. Eramos de otra manera cuando nos despedimos bajo el quicio de la puerta, a medio camino entre el frío que venía de fuera y el calor que nos había alojado. Eramos los mismos, pero no sabíamos quiénes seríamos mañana. Si nos sería anunciada la alegría o la pena.

Buen viaje, decíamos, bon voyage.

Guercino_2

22 juillet 2008

Los ejes de mi rotación

Leo en La Nueva España esta columna, El cambio climático es anterior al hombre, de la que extracto estos párrafos:

Numerosos testimonios geológicos coinciden en señalar que la Tierra ha sufrido cambios radicales en su eje de rotación por razones digamos que no normales. Tierras que eran cálidas se volvieron gélidas, y viceversa. Tanto Alaska como la Antártida fueron regiones tropicales y, como prueba de ello, hasta se encontraron mamuts -animal vegetariano que existía en zonas muy calurosas y con mucha vegetación- en perfecto estado de conservación gracias a su hibernación. En las excavaciones arqueológicas realizadas en Londres se encontraron fósiles de elefantes, bisontes, leones, caballos, hipopótamos, mamuts y renos. En todos los casos, animales que nosotros solemos asociar a la África actual y al Polo Norte. Lo que era un mundo tropical se convirtió de repente en un infierno congelado, y al revés. Y así, por ejemplo, lo que era el Polo Sur estaba en el centro de lo que hoy es África, ubicada entonces en la Antártida que conocemos como tal.

O sea, que eso del cambio climático, que está ahora tan de moda, ya fue vivido en anteriores circunstancias, y por muy diferentes motivos, ya que la Tierra siempre ha estado en una evolución constante. Que no todo calentamiento es malo, y las leyes de la Tierra son ajenas a los tiempos del hombre.

________

Su lectura me recuerda esta circunstancia que nos aconteció de pequeñines a mi primo Pepín y a mí. Estábamos alimentando a los mamuts del abuelo con mangos y chirimoyas cuando de pronto fuimos propulsados a la cima del Kilimanjaro donde nos atacaron unos espeluznantes aztecas metamorfoseados en astures armados de ejes de rotación y rocas de gran tamaño. Tuvimos que huir por el desfiladero. Oye, qué susto. Otra vez no la contamos.

Platybelodon

7 juillet 2008

La guardia suiza

Se ha inventado un nuevo deporte, el box-ajedrez. La combinación perfecta, cerebro y castaña.

El combate comienza en el tablero dispuesto en el centro del ring. Cuatro minutos después suena la campana, los contendientes se ponen los guantes y durante tres minutos se dan duro. Y así sucesivamente, hasta el mate-nocaut.

Otra combinación posible: el polo-golf, mitad a pie, mitad a caballo.

___________________

Queja norteamericana ante el Gobierno suizo. Los guardias encargados de la protección de la embajada estadounidense en Berna fuman marihuana y orinan contra el muro.

___________________

Atención a los pecados y atención en el confesionario. Uno de los confesores que oficiaba ayer en San Pedro, en Roma, resultó ser un impostor y tuvo que ser desenmascarado por la Guardia suiza pontificia.

No es el único ni será el último. Luis Buñuel cuenta en sus memorias cuánta gracia le hacía salir a dar una vuelta en sotana por Madrid.

Bu_uel

Por lo visto, no sólo en sotana.

29 juin 2008

Campeones

Ahora que hemos ganado se puede decir. Perder hubiese sido una liberación, perder permite desprender y desprenderse de la adrenalina chovina y dedicarse a ver el juego ajeno como lo que es, un auténtico placer para los sentidos, baile y teatro, con su dosis de delicioso ridículo. No hemos tenido esa suerte y no vamos a quejarnos.

Ha sido, en cambio, un auténtico placer sentir el subidón de adrenalina, sacarse las ganas de ganar.

No se trata de ganar por ganar. Se trata de ajustar el valor propio y el reconocimiento ajeno.

Lo siento por quienes sufran el ruido y los desbordes. Por aquí somos pocos y a la escala del mundo tampoco somos muchos. Podemos permitirnoslo.

España ha comenzado el partido atenazada por el desafío. Poco a poco y, sobre todo, con el gol de Torres, ha ido retomando e imponiendo su juego. Los alemanes, como era de esperar, han resistido como han podido. Pero el español ha sido el equipo de esta Eurocopa.

Va por el viejo, como lo llama hoy Enric González. Ha sabido esperar y lo ha conseguido.

Canta y no llores. Somos campeones. Casillas levanta la copa. Un abrazo para todos.

Espa_a

5 juin 2008

¡Indio a la vista!

Acre

La salvaguarda de los pueblos aislados pasa, paradójicamente, por mantener su aislamiento, por no entrar en contacto con ellos. Hay que proteger sus espacios y, para todo lo demás, dejarlos en paz, sostiene Meirelles. Mientras nos apunten con sus flechas quiere decir que están bien. El día que las bajen, es que están perdidos, concluye. La experiencia muestra que el contacto con los blancos, o con otros indios aculturados, trae consigo la desaparición de su forma de vida, cuando no derechamente de su vida, por la vía rápida del contagio de enfermedades, o la más lenta del desarraigo y el alcoholismo.

Sigue >

logocl 5 de junio de 2008 PDF

8 juin 2008

Simetría de los resultados

Croacia por la mínima
Croacia 1, Austria 0

Con pocos méritos, un penalti convertido al inicio del partido, los croatas consiguen la victoria frente a los austriacos, en Viena. Mal se presenta la Eurocopa para los anfitriones, Austria y Suiza. Como si jugar en casa metiese ansiedad a sus jugadores en lugar de darles confianza. La reacción final de los austriacos no les ha bastado para igualar.

Alemania doblega a Polonia
Alemania 2, Polonia 0
En dos palabras, el ataque alemán ha resultado ser muy superior a la defensa polaca. Dos goles de Podolsky (dos pases de Klose).

Podolsky

En los dos primeros días de la Eurocopa se han dado los mismos resultados. Derrota por la mínima de los anfitriones y victoria por dos a cero de los favoritos de los dos primeros grupos, Portugal y Alemania. Veremos cuánto dura tanta simetría.

Publicité
Camino de Santiago
Publicité
Sobre el nombre de este blog
Publicité
Derniers commentaires
Publicité