dimanche 8 novembre 2015

Unas putas parisinas

Orsay tal vez sea la primera estación de trenes reconvertida en museo. Es un lugar magnífico y parece aun mejor cuando te enteras de que a punto estuvieron de echarlo abajo en los demoledores años del desarrollismo. Los trenes, además, continúan resonando allí dentro. Los de la línea Paris-Versailles, que siguen el borde derecho del río, rozan los muros exteriores del museo y su retumbancia hace las veces de mar de fondo dentro de esa concha urbana. 

Tras dar la vuelta ritual por entre los Carpeaux y los Courbet de la planta baja y beberme un té entre señoras japonesas con la cara cubierta de polvo de arroz, entré en la exposición sobre la prostitución durante el periodo que cubre el museo, la segunda mitad del XIX y los inicios del XX. 

La exhibición desconcertará a quien busque de entrada meretrices en posición favorable. Las primeras salas llevan por título «Ambigüedad» y, en efecto, las imágenes muestran señoras que no siempre tienen pinta de prostitutas y señores que no siempre parecen ser clientes. En Bruselas circulo a veces por la rue d'Aerschoot y me fijo en las caras de los transeúntes: algunos se comen a las eslavas con la mirada mientras que otros parecen ignorarlas. O tal vez practiquen el arte dragonesco del orgasmo para dentro. 

En Orsay la primera coyunda, una tinta china de Degas, Sur le lit, asoma casi a la mitad del recorrido. A partir de ese momento, no tarda en surgir materia para mironcillos bajo la forma de fotos de vulvas acogedoras y falos enhiestos en la intimidad de los burdeles, de las maisons closes, cerradas en principio a la mirada exterior.

De las varias centenas de imágenes, me sobraron algunos Toulouse-Lautrec pero me detuve largamente frente a cada Manet, La Prune, Irma Brunet... El mayor, en todos los terrenos, esta Olympia:

Source: Externe

Este cuadro, formidable por donde se mire, escandalera del Salón de 1865, es probablemente una reinterpretación prostibular de la Venus de Urbino de Tintoretto, de la Maja desnuda de Goya, de la Venus de Cabanel y quizá de cuáles más. A ese juego se sumó explícitamente Cezanne pintando, veinte años más tarde, su Olympia moderna:

Source: Externe

El pintor provenzal, como puede verse, cambia el ángulo de aproximación a la modelo, desnuda a la sirvienta, despliega el ramo en un florero, transmuta al gato atroz en un perrillo curioso, dispone un memento mori sobre la mesa y, sobre todo, mete al espectador —al propio pintor— dentro de la escena. Dónde mejor podría estar.

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dimanche 1 novembre 2015

La mano muerta

Trasiego de niños disfrazados de inocentes monstruos. Recuerdan otros halloweenes, las jugarretas y ritos de iniciación macabros, esos sí, de los estudiantes de medicina. Rolando Toro —aprendiz de galeno en Concepción— se robaba un brazo del muerto en las autopsias, se lo ponía en la manga de la camisa y saludaba con esa mano muerta a quienes le presentaban.

Como en el juego de la mano muerta, en el que te arriesgabas que te dieran un cachuchazo.

Toro, a cuya escuela de biodanza concurría Lira mucho años después, era amigo del joven Jodorowsky, otro que bien bailaba. Subido al tejado de una casona de la calle Lira en Santiago de Chile, Jodo observaba a los locos de una casa de orates vecina vestido con una capa roja para impresionar a los orates tanto como estos impresionaban al titiritero, al psicomago en ciernes. En los conventillos de Matucana, allá por donde su padre tenía su negocio de calcetines, contaba Jodo, a las viejas taciturnas les salían escamas en los ojos de tanto sustraerlos a la luz. 

El joven Jodo se inventaba estas historias entre dos lecturas de sus escritores favoritos, Borges y Kafka, a quienes por entonces aún no leía casi nadie. De Borges decía Jodo que era un edipo aferrado a las faldas de su madre, un masturbador compulsivo.

Lo cuenta Jorge Edwards en sus memorias, Circulos morados. Edwards se piñerizó durante la campaña presidencial de 2010 y el electo Piñera lo recompensó con la embajada en París durante su ridículo mandato. Para quien se contente con el costumbrismo y el anecdotario, como mi tío, sus memorias son un festival.

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Jodorowsky

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samedi 31 octobre 2015

Un cuñao en Canarias

Ganas tengo de ir por Canarias. Y el librito de Houellebecq —pronúnciese Juelbec—, Lanzarote, vale tres euros. Y yo tengo un bono de compra en librería, del que me gasto doce y me sobran tres.

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Juelbec cuenta un viaje a la isla canaria en los primeros días del año dos mil. Juelbec es un cuñao más de islas mediterráneas con molinos de viento y sangría, así que los paisajes volcánicos no son propiamente lo suyo. Aun así, como Juelbec es un cuñao con lecturas, arriesga algunas consideraciones generales sobre el turismo y la vida volcánica. Entre una y otra, alterna con un policía belga deprimido y una pareja de alemanas. Juelbec es muy de ir a clubes de alterne y de comportarse con el prójimo como en los clubes de alterne, o así es como se presenta en sus libros, que se venden como pan caliente, sobre todo a ese precio.

Poco más que añadir, si no es que como todos sus libros —y éste es el segundo que leo, éste también acaba hablando de los raelianos.  

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dimanche 25 octobre 2015

Maneras de hablar de la guerra

Eliot, en un discurso pronunciado en octubre del 44, mientras la aviación nazi machacaba Londres: Lamento que los «contratiempos presentes» me impidiesen la búsqueda de mejor bibliografía sobre el asunto que trato.

Kafka, en su diario, el 2 de agosto del 14: «Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde me fui a nadar». 

Y así.

Jode ver, así sea de lejos, lo vomitivo de la guerra, en particular si se ven envueltos en ella gente y lugares que uno conoció en tiempos de relativa paz. Me pasa ahora con Yemen, una tierra en la que apenas estuve unos días. Me cuesta recordar esos días y sin embargo no los consigo olvidar.

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mercredi 14 octobre 2015

El ombligo pintado

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«Je peindrais avec mon cul», habría dicho una vez Fragonard. Esto se puede entender de varias maneras. Pintaría a como diese lugar. Pintaría si no tuviese pinceles, incluso si no supiese pintar. Y también, literalmente, pintaría con todo mi ser, con mis partes pudendas, o sea. Pintaría de la cintura para abajo. O en el límite mismo de la cintura, como en este grabado de Fragonard, que ilustra un libro de La Fontaine, en el que el pintor pinta el ombligo de la modelo.

Durante siglos, pintores y espectadores se valieron de las aventuras de los dioses y semidioses grecorromanos y de las vidas de los santos cristianos para pintar y contemplar rabos y rabadillas. Hasta que llegó el día, bendito día, más o menos por los días de Fragonard, en que la anatomía humana pudo pintarse y observarse per se

No duró mucho esa edad dorada. Por la vía de la reproducción mecánica, pronto rabos y rabadillas saltaron a la páginas de los libros ilustrados, a los tabloides, a los calendarios. Entonces los pintores en lugar de pintar con el culo, como quería Fragonard, pasaron a pintar como el culo, cuando no dejaron derechamente de pintar.

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lundi 5 octobre 2015

Los perrillos

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Fragonard era bajo de estatura. Se casó con una mujer alta y fuerte, en todo diferente a las modelos del pintor. A su mujer la usó también como modelo, pero poco. En sus cuadros no abundan las personas feas. A pesar de ser meridional como su marido, la mujer de Fragonard tenía un tipo flamenco y un espíritu práctico. Era también hábil miniaturista. El pintor la llamaba «mi cajera» y dejó el negocio en sus manos. Y gracias a ella, pudo pudo permitirse algunos lujos. El principal, pintar lo que le daba la gana y desechar encargos latosos. A Fragonard le gustaba pintar muchachas y perrillos. No entendía yo tanto apego que algunas personas tienen con sus perrillos. Fragonard lo explica estupendamente.

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samedi 3 octobre 2015

El pestillo

Domingo de otoño en el Jardin de Luxemburgo, en París. La multitud se despliega como si estuviera en el salón de su casa. Se leen novelas, el diario, el tablero del scrabble, se hacen selfies junto a la fuente de los Medici. Los niños juegan a acumular castañas. 

A dos pasos de allí, la exposición Fragonard. Dudo si entrar o no, así es que entro. «En París, en medio de esos marquesillos, me siento pesado», decía Claus. Por mi parte, quiero ver cómo me siento en medio de esas marquesillas que pintaba Fragó justo antes de las pasaran por la guillotina.

Allí están sobre los muros. Naricillas, pezoncillos, sexos imberbes, cachetes sonrosados en caras y culos. Todo en tonos pastel de crema —bocado-rosa-celeste—. Decoración de tocador, entre muebles lacados y divanes. Cialis para amadores pudientes y potencialmente impotentes. 

Y allí en medio de esas naderías, quién lo diría, un chef d'oeuvre.

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Dos gestos cuentan la historia de la escena.

El del hombre es unívoco, como la fuerza que lo levanta sobre sus pies para echar el pestillo.

El de la mujer es ambiguo, porque su cuerpo se despliega y se repliega a la vez, su apertura se combina antagónicamente con el apartamiento de su cabeza. Lleva una mano a la cara del hombre como si quisiese apartarlo y alza la otra tras el brazo masculino no se sabe si para empujarlo a echar el pestillo o para retenerlo. Para que la escena tenga o no tenga lugar.

Porque el famoso pestillo es una doble llave que cierra la puerta a los testigos por detrás del cuadro, mientras que lo abre por delante para los espectadores.

Bueno, y tanto más: la continuidad de las telas, la manzana sobre la mesa, las flores por el suelo...

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samedi 26 septembre 2015

La playa

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pesar del estrépito, salen lentamente y se despliegan delante de la casa. Cuando acaba por fin el movimiento —qué largo, qué violento—, las mujeres vuelven a entrar y los hombres se quedan fuera fumando, escrutando con inquietud la apariencia del mar. Están acabando el pitillo cuando escuchan la voz que sale del altoparlante del furgón policial y los intima a evacuar la caleta hacia las zonas altas. Alerta tsunami.

El furgón se detiene frente a la casa y los policías apoyan la orden con gestos. Hay que evacuar cuánto antes. Sí, pero cómo, se preguntan. No lo vamos a dejar aquí. Intercambian un par de miradas y deciden, sin palabras, abrir la puerta trasera del único vehículo disponible, la furgoneta de la pescadería.

Los deudos más cercanos cargan el féretro con solemnidad, como si lo llevasen a una carroza funeraria, y lo depositan en la furgoneta. Y se echan a andar tras de ella en procesión hasta las casas altas del pueblo. Frente a una de ellas se detienen, descienden al difunto y prosiguen el velorio mientras, abajo, la ola barre la playa y se abre paso río arriba.

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samedi 19 septembre 2015

Mahler y el cachorro

Muerte en Venecia vista hace tantos años desde el tercer mundo... Impresionaba ver con qué gran clase Europa exhibía su decadencia. Y la música de Mahler, a qué distancia insalvable quedaba de  la música que salía de la radio de la cocina o de los parlantes del estadio en el medio tiempo. Me refiero a la película de Visconti, en la novela de Mann Mahler no asoma.

En Le Dernier coup de marteau hay también un muchacho que escucha a Mahler por primera vez. Y un hombre mayor que se acerca porque no puede evitarlo. Y el mismo mar y la misma muerte, que nunca anda lejos. Pero ahí se acaban los paralelos y comienzan los meridianos. En este Ultimo golpe de martillo no hay muerte en Venecia sino abundante vida en Montpellier.

Antes o después de escribir algún un comentario, suelo leer lo que dicen los críticos. A veces comparto, otras no. Esta vez me ha sorprendido el argumento del crítico del Monde: la película no es mala pero desmerece porque se parece mucho a la anterior de la misma directora... Pero si los cineastas hacen una y otra vez la misma película, que van mejorando o empeorando, según. O bien saltan de una cosa a la otra justamente para que no se diga que hacen siempre la misma película.

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jeudi 17 septembre 2015

8.4

Guerra en Siria, en Yemen, golpe de Estado en Burkina Faso, terremoto en Chile... De un pájaro, ¿qué firmeza? De un tirano, ¿qué piedad?

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