lundi 18 février 2013

El pingüino que mira ponerse el sol

Los pingüinos de Xavier Gorce nacieron en la newsletter del Monde, de donde saltaron a las páginas del diario. Ahora han dado otro salto, a la imagen animada esta vez. Se trata de unos pingüinos muy franceses, muy universales. En este episodio que cuelgo se les ve muy dados a la pintura. Mi favorito es aquél que mira ponerse el sol. Cómo no compararlo con el viejo babuino que contempla el crepúsculo en el desierto de Karoo, según el libro de Marais, que cita Coetzee en Summertime, y en cuyos ojos se lee la melancolía. «Nunca más», se dice.

El pingüino de Gorce, en cambio, es muy francés, como digo, y muy moderno. De manera que en cuanto el sol se pone, él reclama: ¡Otra vez!

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samedi 16 février 2013

El mono Mimín

De la galería de fotos premiadas por el World Press Photo 2013, la habitual corte de los milagros retratada con oportunidad y buen pulso, la imagen que me he quedado mirando más detenidamente ha sido la del mono Mimín.

La foto, de Ali Lufti, está tomada en la ciudad de Solo, en Java, Indonesia. El pie de foto informa escuetamente sobre la costumbre local de amaestrar monos, comprados a bajo precio en los mercados, para subirlos sobre zancos a tocar la guitarra y entretener a los conductores en los semáforos. El viejo monito del organillero, en suma, en medio de la jungla urbana.

A ese mono y a ese muñeco los miramos muchas veces detenidamente en los días de la infancia, por separado eso sí, intuyendo tal vez lo mucho que tenían en común. Mimín los junta ahora en una misma imagen que es, a un tiempo, triste como la pobreza y delicada como la niñez.

Los dedos de los pies del amo del mono, deformados por la dureza del suelo. Esa máscara de muñeco roto que se levanta en el gesto del mono que pide, encadenado a su amo, y esa cola que se escapa del disfraz en que la han embutido.

M

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vendredi 15 février 2013

El mechón gris

Sus días y sus horas vuelan por encima de nuestras cabezas como nubes ligeras de un día ventoso, para nunca más volver. Todo se precipita: mientras tú te rizas ese mechón, ¡mira!, se hace gris. Y cada vez que te beso la mano para decirte adiós, y cada ausencia que sigue, son preludios de esa separación eterna que pronto habremos de padecer.

La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, traducción de Javier Marías.

E

Óleo de C. W. Eckersberg

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mardi 12 février 2013

Entre el carnaval y la cuaresma

CC

Como en la Bruselas de antaño, la de Bruegel padre e hijo, a esta hora se disputan la calle el martes de carnaval y el miércoles de ceniza. El carnaval avanza por la izquierda, alegre y envalentonado, con la panza llena y la maneras sueltas. La cuaresma lo hace desde la derecha, con recogimiento crispado y su tono cerúleo. Entre la taberna, a siniestra, y la iglesia, a diestra, se acaba el carnaval y comienza la cuaresma. Aunque, si se fijan bien, los dos cortejos sólo se disputan el primer plano. Atrás, la vida sigue como siempre, como puede, a medio camino entre la alegría y la tristeza.

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dimanche 10 février 2013

La niña saudí

¿De qué puede tratar una película sobre una niña saudí? ¿De una niña que quiere ser feliz y no la dejan?

Fui a ver Wadjda casi que arrastrando los pies, de tan previsible que me la imaginaba.

Y no. O sí, pero no. Es el primer filme saudí, la primera película filmada en aquel reino inverosímil que, como dice Sotinel, produce diez millones de barriles de petróleo cada día y un filme cada cien años. Una película que no será vista en su propio país, entre otros detalles porque allí no hay salas de cine. Esa circunstancia radical abre, paradójicamente, un espacio de libertad que Wadjda aprovecha. El problema que evoca —la neurosis patógena que afecta a esa sociedad y condena a sus mujeres a la inexistencia social— es más grave incluso de lo que uno cree saber. Y, sin embargo, la existencia misma de Wadjda, esta película de Haifaa Al-Mansour, esboza una apertura concebible.

Porque, por más drástica que sea la opresión, la libertad siempre está al alcance de la mano, al menos hasta que no te la arrebaten.

Sobre Haifaa Al Mansor, la primera mujer que.

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mercredi 6 février 2013

El abono

Lo de ser gregario y propenso a las adicciones le viene al ser humano de muy atrás. Lo veo a diario cuando remuevo la compostera del jardín. Si entre los desechos va borra de café, las lombrices se precipitan y montan una fiesta (un malón, un brillo, una bum). Si tuviesen patas bailarían pogo. Como no tienen, se contentan con embriagarse y enredarse unas con otras como rabos de rata.

Por lo demás, me parece bien que se den ese gusto. Son leales y laboriosas y convierten los desperdicios malolientes en perfumado abono.

______

Hoy es el primer miércoles del mes y la entrada al museo es libre. Nunca me gusta tanto el museo como cuando puedo entrar sin pagar. Voy por la calle, entro a dar una vuelta, me quedo un rato mirando esto o lo otro y luego me voy. No me cuesta nada ir ni tampoco irme. Es otra forma de abono. Hoy me di cuenta de que le han cambiado tres letras al nombre de este estudio de Rubens. Antes se llamaba Quatre études d'une tête de nègre y ahora se llama Quatre études d'une tête de maure. Mientras no le tiñan el pelo, no pasa nada, se entiende lo mismo.

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lundi 4 février 2013

La tarjeta

Esta mañana hice un nuevo amigo. Bajaba yo las escaleras del Metro cuando un señor me muestra una tarjeta de crédito que acaba de recoger. Su idea es ponerla en un buzón de correos porque, según me explica, la empresa se encarga luego de devolverla a su dueño. No encontramos ningún buzón y, viendo como nuestro tren entraba en la estación, decidimos entregársela al conductor.

Voy en su misma dirección, así que vamos pegando la hebra. El hombre es cabil, me cuenta, cabil de la Gran Cabilia. Como Zizou, le digo, como Idir (que para eso tiene uno una cultura devortiva y musical). Lleva 16 años en Europa -ocho en Metz, ocho en Bruselas- y aún no tiene papeles. Pero no desespera. Como soy muy de hablar de lo que leo en los diarios, le cuento la historia de la mujer que se encontró una billetera y con la tarjeta compró comida y pañales y luego llenó el estanque del coche, hasta que fue descubierta, arrestada y condenada, y finalmente indultada. Yo no devuelvo la tarjeta por miedo, me dice, lo hago porque pienso en quien la perdió.

Nos despedimos con un franco apretón de manos. Ha sido un placer.

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vendredi 25 janvier 2013

Savater en Chile

Esta entrevista con Fernando Savater durante la Feria del libro de Santiago de Chile, en noviembre de 2012, a cargo de Cecilia Rovaretti, que me señala Montano. Tiene, por lo menos, un interés doble: la entrevista misma, las respuestas del entrevistado, la contundencia y la ligereza de sus apreciaciones y la gracia con la que salva las trampas de lo consabido, de lo pedestre. Y también, el público que circula por fuera de la pecera, se acerca, mira y trae hasta nosotros, con esos gestos mínimos, la ciudad que se mueve allí cerca.

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mardi 22 janvier 2013

Cada vez que pronuncia una frase su vida se acorta

Mi amigo Marcelo Maturana ganó el Concurso de cuentos Paula 2012 con el relato Las Estaciones de la noche. Como a Maturana no le gusta hablar en público y sabiendo que en la ceremonia de premiación le pedirían que hablase, escribió este cuento cursi y le pidió que hablase por él. 

 

Buenas tardes. Yo no estaba nervioso, pero durante el día tantas veces me han preguntado si estaba nervioso, que he terminado poniéndome nervioso. Es que soy muy sensible al efecto placebo. Y estoy aún más nervioso porque vi que uno de los finalistas anda con un libro en la mano, un libro cuyo título es El funeral del señor Maturana.

Supongo que ahora tendría que hablar, decir algo, más allá de mis agradecimientos a la revista Paula por organizar el concurso, a la UDP por colaborar y publicar el libro, al jurado por su arriesgada decisión, a los amigos y parientes por venir esta tarde a acompañarnos, y también a los finalistas, por no haber ganado.

Tendría que hablar, pero a mí no me gusta hablar. Los que me conocen de cerca lo saben: no me gusta hablar. Tengo muy buenas razones para ello, razones que no es del caso explicar aquí. Traumas infantiles que ahora no puedo detallar. Piensen lo que quieran. Pero tal vez pueda arrojar un poco de luz sobre una de esas razones, contándoles un cuento bastante cursi que funciona, tal vez, como una fábula didáctica e imperiosa.

Se trata de la historia de un hombre que era un poeta natural. Este hombre no escribía nada –no sabía escribir–, pero cada vez que hablaba lo que salía de su boca eran siempre unos versos extraordinarios que dejaban a todo el mundo maravillado. Esos versos eran involuntarios, espontáneos, casi inconscientes, y se referían a cualquier cosa que el poeta natural intentara describir o explicar. Eran versos inevitables. Y eran, por lo general, versos aislados que no se organizaban en poemas, salvo especialísimas circunstancias de las que yo, al menos, no tengo una idea muy clara. Pero a veces ocurría. Eran versos de todo tipo, con métrica y sin ella, con rima y sin ella, suscitados por cualquier situación cotidiana de la aldea donde vivía este poeta natural. Éste es un cuento cursi, y por lo tanto su acción se desarrolla en una aldea, como corresponde.

Todos los habitantes de la aldea le preguntaban cosas al poeta natural, trataban en todo momento de hacerlo hablar, de conversar con él, para poder así escuchar esos versos increíbles que, por otro lado, nadie anotaba, porque ésta era una aldea donde nadie sabía leer ni escribir. Los versos, apenas dichos, desaparecían, eran olvidados. Pero los aldeanos sí podían apreciar la belleza de esas frases y esas palabras que, a pesar de sí mismo, sin proponérselo, pronunciaba el poeta natural cada vez que se veía obligado a decir algo. Y es que él no podía sino hablar de esa manera cautivante y misteriosa.

El poeta natural, sin embargo, hablaba muy poco. Lo hacía sólo cuando era absolutamente indispensable, en versos ojalá breves, como arrepentidos, y si le era posible prefería comunicarse sólo con gestos, lo que siempre causaba en los demás una profunda decepción. Él trataba de no abrir la boca. De hecho, había optado por retirarse a una cabaña en las afueras de la aldea, que es también lo que corresponde en un cuento cursi como éste. A pesar de su aislamiento, los aldeanos y las aldeanas lo perseguían y lo acosaban para que hablara, para que dijera cualquier cosa, por el puro placer de escucharlo, aunque fuese un placer olvidado enseguida. El poeta lo evitaba tanto como le era posible. Y él sí que tenía buenas razones para ello.

No me pregunten por qué, porque lo ignoro, pero el hecho es que, con cada verso, largo o corto, que salía de los labios del poeta natural, él perdía inexorablemente un día de su vida. No conozco la razón ni la mecánica de esta triste magia, pero era así. Seguramente, era debido a alguna de esas razones embrujadas que abundan en las fábulas. Ustedes pueden entretenerse imaginando los antecedentes enigmáticos de esa suerte de mala suerte, esa especie de maldición paradójica que amenazaba en todo momento al infortunado poeta natural. La verdad es que, cualquiera fuese la causa de este castigo anónimo, su vida se acortaba en un día cada vez que él pronunciaba una frase, frase que siempre, siempre, consistía en un verso originalísimo, fuera verso libre, o endecasílabo, u octosílabo, o lo que sea: de eso yo no sé ni entiendo mucho. Pero cada frase-verso significaba para él un día menos. Y él, parece que por instinto, lo sabía.

El poeta se había ido aislando cada vez más, se refugiaba en su cabaña y en su mutismo, porque adivinaba oscuramente, si no con la lógica del intelecto, al menos con la sabiduría conjunta del cuerpo y del alma, cuáles eran las peligrosas consecuencias que tenía en él un acto en apariencia tan banal e inofensivo como hablar, aunque lo hiciese en versos inimitables y efímeros... O quizás precisamente por eso.

A veces, en la más rotunda soledad, odiaba con todas sus fuerzas ese curioso don que le había sido otorgado no sabemos por qué ni por quién, y que era a la vez una espantosa condena, avivada cada vez que lo asediaban sus porfiados oyentes. Rumiaba en sus pensamientos alguna manera de descubrir un antídoto que anulara esta supuesta maldición, ideada por alguna deidad o demonio, o bien esta simple condición natural de ser eso: un poeta natural combustible al fuego de sus propias y hermosas palabras. El poeta, para sobrevivir, se parapetaba en el silencio.

Llegó el día en debía celebrarse en la aldea el advenimiento de la primavera. Las pocas calles de tierra se llenaron de cantos y de bailes y de extraños ritos desvergonzados, simbólicos, arrebatadores, que no es posible precisar aquí; por pudor, naturalmente, y también por falta de tiempo. El poeta natural oía el barullo desde su cabaña y suspiraba sin decir palabra. De pronto apareció por allí una pequeña turba, hombres y mujeres jóvenes que venían a buscarlo, y aunque se resistió como pudo lo arrastraron al centro de la aldea. «¡Háblanos, di algo, lo que sea! », le gritaban, pero él mantenía la boca cerrada.

De pronto, como suele ocurrir en los cuentos cursis, apareció la más hermosa muchacha de la aldea: siempre hay una muchacha que es la más bella de todas, y su presencia suele traer consecuencias inesperadas o terribles. Esta mujer invitó al poeta natural a bailar, y él no pudo o no quiso negarse. Y así, bailando y girando, mareados los dos por la cerveza artesanal, fueron a dar, en una carambola, envueltos en una nube de polvo, a la pequeña casa de colores de esta muchacha que, oh sorpresa, vivía completamente sola. Es que era una joven con mucho carácter, y las tradiciones patriarcales de aquella aldea paradigmática la tenían sin cuidado, le importaban un soberano pepino.

Pasaban las horas. Era ya medianoche y estaban los dos frente a frente, sin tocarse, en la habitación de la mujer más bella y seductora de la aldea. Se miraban a los ojos, por supuesto, ya que éste es un cuento cursi; se observaban el uno al otro bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Y con su mirada ardiente ella le comunicaba sentimientos que le salían del corazón mismo del deseo, y que sin duda eran percibidos por el poeta natural como ideas o proposiciones encantadoras, irresistibles, puesto que de pronto, sin poder contenerse, le respondió con un largo verso emocionado. La muchacha creyó ver allí su propia imagen, como en un espejo de palabras que la embellecían aún más. Ahora era ella la que estaba fascinada. Sus ojos irresponsables, olvidadizos o ignorantes, le pedían al poeta natural que continuase hablando, que no se detuviera nunca.

No sé si fue la famosa flecha de Cupido lo que desencadenó los acontecimientos, pero el caso es que el poeta se puso a hablar y hablar, como un enajenado que largaba versos uno tras otro, mientras su amiga lo escuchaba extasiada. Y él, viendo el efecto que tenían en ella sus palabras, no podía ya contenerse. Le decía toda clase de cosas inimaginables por nosotros, y todo en forma de versos de increíble belleza, ya fuesen oscuros o luminosos, herméticos o coloquiales, arcaicos o futuristas. No está claro si era una antigua y reprimida vanidad latente, o bien la ponzoña del peligroso amor, aquello que impulsaba en él esta verborrea exquisita, íntima, sorprendente, emotiva, filosófica incluso. Pero la verdad es que el poeta natural estuvo hablando así toda la noche.

La muchacha, inmune a la fatiga, lo oía embelesada. Llevaba, de hecho, varias horas escuchándolo, sin pausa, cuando la claridad del sol empezó a adelgazar las fibras de la oscuridad de la noche. Ese cambio de luz fue para la mujer como el encendimiento de una ampolleta dentro de su cabeza, como la mordedura iluminada del insecto de Edison cuando aún permanece vivo en su capullo no orgánico. Una ampolleta que aún no se había inventado pero que la hizo recordar esa curiosa maldición que, según rumoreaban en la aldea, pesaba sobre el poeta natural como un mortífero reloj de arena. La recorrió entonces un escalofrío, y con un grito de angustia onomatopéyica se abalanzó sobre él para acallarlo, para sellarle la boca locuaz con un beso inexpugnable. Apretó sus labios contra los del poeta como si restañase una herida letal.

Pero ahora él había cobrado una conciencia lúcida de su propio arte. Se maravillaba de ese vertiginoso talento natural que poseía. Estaba aprendiendo a escucharse a sí mismo. Y, consciente de los poderes de su voz en el preciso momento del beso, se dio cuenta de que se encontraba nada menos que en la mitad del verso más extraordinario y definitivo que jamás hubiese pronunciado. Quizás fuera eso que se llama un hemistiquio, no lo sé, pero el caso es que, pese a toda la energía centrípeta de aquel beso profiláctico y desesperado, el poeta natural logró balbucear, entre los dientes que lo mordían como quien quisiera tapar el sol con un dedo, logró, digo, balbucear las palabras finales que completaban el verso. Le pareció que con ellas podía detener el tiempo y pisar la dulce arena de la eternidad. Eso es lo que sintió el poeta natural mientras la muchacha lo besaba. Y, acto seguido, murió en sus brazos.

© Marcelo Maturana

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Milena Vodanovic, directora de Paula, y Marcelo Maturana

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dimanche 20 janvier 2013

La carcajada

En la mesa vecina, un grupo habla en una lengua que no entiendo, que ni siquiera distingo. Puede ser eslovaco o esloveno. De pronto, en medio del flujo regular de las palabras estalla una alegre carcajada compartida. Uno de esos sonidos incomprensibles la provocó.

Por más habituado que estés, siempre sorprende.

C

Óleo de Robert Henri

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