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Camino de Santiago
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8 novembre 2015

Unas putas parisinas

Orsay tal vez sea la primera estación de trenes reconvertida en museo. Es un lugar magnífico y parece aun mejor cuando te enteras de que a punto estuvieron de echarlo abajo en los demoledores años del desarrollismo. Los trenes, además, continúan resonando allí dentro. Los de la línea Paris-Versailles, que siguen el borde derecho del río, rozan los muros exteriores del museo y su retumbancia hace las veces de mar de fondo dentro de esa concha urbana. 

Tras dar la vuelta ritual por entre los Carpeaux y los Courbet de la planta baja y beberme un té entre señoras japonesas con la cara cubierta de polvo de arroz, entré en la exposición sobre la prostitución durante el periodo que cubre el museo, la segunda mitad del XIX y los inicios del XX. 

La exhibición desconcertará a quien busque de entrada meretrices en posición favorable. Las primeras salas llevan por título «Ambigüedad» y, en efecto, las imágenes muestran señoras que no siempre tienen pinta de prostitutas y señores que no siempre parecen ser clientes. En Bruselas circulo a veces por la rue d'Aerschoot y me fijo en las caras de los transeúntes: algunos se comen a las eslavas con la mirada mientras que otros parecen ignorarlas. O tal vez practiquen el arte dragonesco del orgasmo para dentro. 

En Orsay la primera coyunda, una tinta china de Degas, Sur le lit, asoma casi a la mitad del recorrido. A partir de ese momento, no tarda en surgir materia para mironcillos bajo la forma de fotos de vulvas acogedoras y falos enhiestos en la intimidad de los burdeles, de las maisons closes, cerradas en principio a la mirada exterior.

De las varias centenas de imágenes, me sobraron algunos Toulouse-Lautrec pero me detuve largamente frente a cada Manet, La Prune, Irma Brunet... El mayor, en todos los terrenos, esta Olympia:

Source: Externe

Este cuadro, formidable por donde se mire, escandalera del Salón de 1865, es probablemente una reinterpretación prostibular de la Venus de Urbino de Tintoretto, de la Maja desnuda de Goya, de la Venus de Cabanel y quizá de cuáles más. A ese juego se sumó explícitamente Cezanne pintando, veinte años más tarde, su Olympia moderna:

Source: Externe

El pintor provenzal, como puede verse, cambia el ángulo de aproximación a la modelo, desnuda a la sirvienta, despliega el ramo en un florero, transmuta al gato atroz en un perrillo curioso, dispone un memento mori sobre la mesa y, sobre todo, mete al espectador —al propio pintor— dentro de la escena. Dónde mejor podría estar.

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21 février 2014

La ilusión

Feria del libro en Bruselas. Millones de libros y miles de autores que venden, algunos, millones. Ken Follet, Jonathan Coe, Pierre Assouline...

También tienen sentido los libros que no encontrarán ni un solo lector, sostiene el libro que sostengo en las manos. Y también tiene sentido escribirlos.

Se trata de Lo que cuenta es la ilusión, de Ignacio Vidal-Folch, que ha escrito 19 libros, según cuento. El título de éste está tomado de la frase con la que remata una historia sobre Esenin y Stalin. Esenin (16 libros) quería ir a Irán a escribir unos poemas de amor y Stalin (18) no quería que fuese, así que ordenó que le creasen una atmósfera persa en una república soviética. Y allá fue el poeta y escribió Shagané, un poema parece que estupendo.

Por eso dice Vidal-Folch que en el arte como en la vida lo que cuenta es la ilusión.

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Isidora Duncan y Serguéi Esenin

1 novembre 2015

La mano muerta

Trasiego de niños disfrazados de inocentes monstruos. Recuerdan otros halloweenes, las jugarretas y ritos de iniciación macabros, esos sí, de los estudiantes de medicina. Rolando Toro —aprendiz de galeno en Concepción— se robaba un brazo del muerto en las autopsias, se lo ponía en la manga de la camisa y saludaba con esa mano muerta a quienes le presentaban.

Como en el juego de la mano muerta, en el que te arriesgabas que te dieran un cachuchazo.

Toro, a cuya escuela de biodanza concurría Lira mucho años después, era amigo del joven Jodorowsky, otro que bien bailaba. Subido al tejado de una casona de la calle Lira en Santiago de Chile, Jodo observaba a los locos de una casa de orates vecina vestido con una capa roja para impresionar a los orates tanto como estos impresionaban al titiritero, al psicomago en ciernes. En los conventillos de Matucana, allá por donde su padre tenía su negocio de calcetines, contaba Jodo, a las viejas taciturnas les salían escamas en los ojos de tanto sustraerlos a la luz. 

El joven Jodo se inventaba estas historias entre dos lecturas de sus escritores favoritos, Borges y Kafka, a quienes por entonces aún no leía casi nadie. De Borges decía Jodo que era un edipo aferrado a las faldas de su madre, un masturbador compulsivo.

Lo cuenta Jorge Edwards en sus memorias, Circulos morados. Edwards se piñerizó durante la campaña presidencial de 2010 y el electo Piñera lo recompensó con la embajada en París durante su ridículo mandato. Para quien se contente con el costumbrismo y el anecdotario, como mi tío, sus memorias son un festival.

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Jodorowsky

13 mars 2014

Nelson en su barrica

Leo Los últimos días de los grandes hombres, subtítulo de un libro de crónicas de Patrick Pelloux, crónicas que publicó en su día Charlie Hebdo.

Uno sabe más o menos cómo vivió cierta gente, no necesariamente cómo palmó, salvo en casos señalados donde la circunstancia de la muerte es determinante, Cristo, Molière o Jean Moulin. Y algo se aprende leyendo. Cristo murió por asfixia, afirma el libro, que es como mueren los crucificados. Y Molière no murió sobre el escenario, como todo el mundo cree, sino sentado en un sillón de su casa.

Además de cronista, Pelloux es médico, así es que se ríe de sus antecesores con propiedad. En tiempos en que las epidemias mataban a media humanidad en cuatro días, los médicos se encargaban de acabar con los debilitados sobrevivientes a punta de lavativas y sangramientos. La medicina, antes del advenimiento de la socialdemocracia, se practicaba a domicilio y los hospitales eran albergues para miserables. Sólo los ricos podían ser tratados por un médico, los pobres al menos de eso se salvaban.

Así las cosas la gente moría joven. De todos los prohombres citados, el único que alcanzó edades propias de la modernidad fue Voltaire. Y si lo consiguió fue no sólo por su rechazo a la brujería en su dimensión religiosa, sino también médica. Nunca dejó que lo confesaran ni menos que lo sangrasen. Así, cuando, a los 83 años, sintió llegar su hora, hubiese querido morir en su casa de Fernet. Pero la familia —su hija adoptiva, su prima, su gobernanta— se empeñó en llevarlo hasta París. El viaje acabó con sus últimas fuerzas y, ya en la Ciudad luz, por entonces lúgubre y fétida, la familia intentó extremaungirlo y se dio al negocio afrentoso de vender entradas para que los curiosos presenciasen en vivo y en directo la muerte del maestro.

Lo reseñable en ciertos casos no es lo que ocurrió en las horas previas al último suspiro, sino en las posteriores. Horacio Nelson, sin ir más lejos, murió como era esperable, tratándose de un gran almirante de su majestad imperial, dando órdenes desde el puente de su navío, tocado por el plomo enemigo, francés en este caso (según Pelloux, no me acuerdo de cómo lo cuenta Galdós). Lo notable es lo que ocurrió luego, y es que, para poder prodigarle las merecidas exequias en tanto que señor de los mares, sus oficiales metieron su cadáver en una barrica de gin. Como su navío, el Victory, pasablemente abollado, tardó cinco semanas en ir de Trafalgar a Portsmouth, el almirante Nelson fue por fin enterrado completamente pickle.

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Horacio Nelson, óleo de John Francis Rigaud

29 août 2014

La lechuza

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Tres días recorriendo el bosque ardenés y uno puede autorizarse una que otra observación naturalista, a lo Goëthe. La naturaleza está muy bien, y mejora domesticada. Lo mejor del bosque es el castillo, y del castillo el show del cetrero, y de éste, la fuga de la lechuza Stella, que a la carne de pollo que le tiende el domesticador prefire los cielos cubiertos de la Lorena belga y se despide del público espectador moviendo el plumaje.

Otro artista muy aplaudido por niños y abueletes es un buitre africano. Darwin consideraba al buitre un pájaro asqueroso. Tal vez lo sea, pero es un excelente basurero que, de paso, ayuda a detectar la faena de los furtivos: el tiempo que les toma a estos quitar el marfil de un elefante o de un rinoceronte, y los buitres ya están girando en el cielo, alertando a las fuerzas de orden. Para quitarse los buitres de encima, los furtivos envenenan con pesticida la carcasa de las presas. 

Imagen desoladora la de una carcasa de paquidermo rodeada de una docena de buitres muertos. Al otro extremo de la estampa, otro domesticador que llama la atención es éste, que consigue injertar cuarenta variedades de frutales en un mismo pie. Tampoco se necesita que los fresnos y los abetos del bosque ardenés se conviertan de golpe en un mostrador de fruta; al contrario, la fruta se acumula en Europa a causa del oso ruso.

Llevaba unos libritos para leer en la Gauma y, como suele ser en estos casos, acabé leyendo los libritos que encontré allí donde iba. Un Simenon, de 1967, La Mudanza. Un buen Simenon es como una serie; buena o mala, siempre está cosida con hilo negro.

También me enteré de esta polémica: Antoine Compagnon afirma que un obrero trabaja mejor si lee a Proust. Julien Suaudeau le responde que los obreros están cansados al cabo de un día de dura la labor y sólo les apetece beber cerveza fría viendo la tele. En esas circunstancias, leer a Proust no es un consuelo razonable. Y si las élites arrogantes no se enteran, acabarán con la Le Pen en el Elíseo en 2017.

Bueno, bueno. A ver si la culpa va a ser de Proust, por levantarse temprano.

Para volver a la lechuza, el pàjaro presenta sìmbolos contrastados, de lector sabido, de mal agüero. Como el buitre africano ahora, es vìctima de la acumulaciòn de pesticidas en la cadena alimentaria, como explica la canciòn esa de la Fiera de l'est. En francés, chouette (lechuza) es sinònimo de simpàtico. En español, en cambio, un lechuzo es un mal bicho, uno «que anda en comisiones, y se envía a los lugares a ejecutar los despachos de apremios y otros semejantes».

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19 octobre 2013

El pinchazo

Confieso que pocas series de televisión he visto en mi vida. Cuando vivía en Sudamérica, a veces me ponían con el almuerzo las imágenes de una mexicana despechada que llamaba papá a su novio o novio a su papá. Y poco más. Hace algunos años, la circulación de comentarios en la Red me alertó sobre un fenómeno novedoso: la gente hacía uso de sus ordenadores ¡para ver series de televisión! Así que para estar yo también en el mundo me puse un episodio de los Tudor, pero la insoportancia de esos caracteres enfáticos me descabalgó en seguida de esa montura.

Paralelamente, mi amigo S se engachó al Pinchazo y, generoso como es, quiso compartir su entusiasmo conmigo. No es el único, por cierto. A la serie ya la enseñan en Harvard y en Nanterra y ha recibido entusiastas comentarios de Albert, de Vargas Llosa y de tantos otros. De manera que me senté anoche a ver el primer episodio.

Salgo de la experiencia con dos observaciones:

1. Parece que no estoy entrenado para captar la manera como se cuentan estas historias, y espero superar pronto esa tara. Ese pimpón constante del que está hecha la narración de la serie (o, al menos, el primer episodio) me descaminaba a medio camino, antes de que la conclusión me trajese la paz del entendimiento.

2. En Baltimore hay más morenos que en Uagadugú.

Hablando de todo esto, la Ce me recuerda a Antolín Cabrales Pellejero, alias Poca Chicha, el personaje de ese relato de Mendoza, El Malentendido, que cuando entró a una prisión a los 21 años sabía leer y escribir pero ignoraba todo lo demás y, tras leerse la biblioteca de la cárcel, descubrió la estrategia con que se disponen los elementos de los relatos -la artimaña, la llamó-, la aplicó y se convirtió en campeón.

O sea que tal vez la falta de series me estaba privando de algo que ya descubriré.

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Personajes de The Wire, según Andy Rash

13 avril 2013

Como si fuera la primavera

Se dice que los humanos somos iguales ante la muerte. La fatalidad, su resultado, nos iguala una única vez y para siempre. «Así que no hay cosa fuerte que a papas y emperadores y prelados, así los trata la muerte, como a los pobres pastores de ganado», dice Manrique.

Es verdad. Pero luego está la manera. No es lo mismo acabar crucificado sobre una colina, expuesto a los cuatro vientos, al escarnio de unos y a la secreta -y culposa- veneración de otros, que expirar al fondo de una mazmorra ignorado y huérfano de todo. Hay muertes escénicas y muertes hors-champ. Así Jean-Baptiste Poquelin, que puso a todo el teatro por testigo, o Federico, de cuya muerte sólo podemos hacernos una idea.

No es lo mismo guardar fila y pedir hora para una socialdemócrata eutanasia que haber adquirido por anticipado el derecho a la eternidad entre los vivos, como Ariel Sharon o el príncipe Juan Friso de Holanda. Por otra parte, sospecho que algunos suicidas, estoy pensando en uno, no pudiendo más con el presente dieron un paso al frente a ver cuánto da de sí la posteridad.

Escribo esto porque por fin es primavera, la que siempre recuerda dos versos manidos, el de abril, el mes más cruel, y el del caribeño aquél que decía que esto era como si fuese la primavera y yo muriendo.

Y también porque me entero de que el presidente Roosevelt, FDR, murió posando para el cuadro que iba a inmortalizarlo. La muerte exacta del prohombre que ha ganado la guerra. Y, a la vez, una muerte como otra cualquiera. Corría abril, la primavera.

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FDR en 1893, a los once años

25 janvier 2007

La generación de los años sin cuenta

Camina con dificultad, con las rodillas flojas y la espalda arqueada. Intenta fijar la vista pero no consigue leer la letra pequeña. Tampoco distingue con precisión los sonidos que le interesan. Es lo que le ocurre a diario a una persona “entrada en años”, a un adulto mayor, como se dice ahora.

Para permitir a la gente joven ponerse en el lugar de una persona mayor, una empresa francesa ha concebido un buzo que produce todos estos achaques a la vez, para lo que basta con enfundárselo. La iniciativa no tiene un objetivo filantrópico sino económico. Un cuarto creciente de la población de los países desarrollados y emergentes está formada por personas mayores de 50 años. El mercado que representan es enorme pero la oferta que les está dirigida es inadaptada. Se trata, con el famoso buzo que avejenta, de que los industriales y los publicistas se metan en el pellejo de esta numerosa clientela potencial y consigan así dar respuesta a sus demandas.

La generación de quienes tenían 18 años, más o menos, el 11 de septiembre de 1973, de aquéllos que oyeron el estrépito de los rockets cayendo sobre La Moneda, ha ido lenta pero seguramente cumpliendo cincuenta años. Hablo en masculino, la edad de las señoras es paño para otro sastre. En materia de género, como dice mi tío Pepe, seda y terciopelo. Caetano Veloso lo expone a la perfección: “No envidio la maternidad, ni la lactancia, ni la adiposidad, ni la menstruación. Sólo envidio la longevidad y los orgasmos múltiples”.

Lo cierto es que el cuerpo acusa el paso de los años. Se pelan las canillas (esto es lo más duro) y se puebla de vello la zona lobular. Adelgazan las piernas, se hunde el culo y, correlativamente, se ensancha el talle. “Háseme vuelto la cabeza nalga”, dice Quevedo, quien no necesitó llegar a viejo para cojear y trabar la vista, y a quien Góngora llamaba “Quebebo” por ser supuesta afición al frasco.

Otro que también acusa el paso del tiempo es el razonamiento. Un solo ejemplo: a los veinte años escuchamos el famoso nombre de un cuadro de Goya según el cual “el sueño de la razón produce monstruos” y entendimos que apostar exclusivamente a la razón, un error que nos parecía típico de la gente mayor, lleva de cabeza a la sinrazón. Treinta años más tarde, leyendo al maestro Espada, comprendemos que basta mirar esa pintura para entender que el aragonés dice lo contrario: si el mundo se llena de monstruos es porque dejamos que la razón se duerma.

El paso de los años nos va cambiando, por no decir que nos va encallando. Ya lo dijo De Gaulle, la vejez es un naufragio. Hermann Hesse, quien en su momento fue una suerte de guía espiritual para esta generación de los años sin cuenta, lo pinta con mejores colores: “Con cincuenta años el hombre deja poco a poco de cometer ciertas niñerías, de querer ganar fama y respetabilidad y, sin apasionamiento, empieza a echar una mirada retrospectiva a la propia vida. Aprende a esperar, aprende a callar, aprende a escuchar, y si esas buenas prendas han de adquirirse mediante ciertos achaques y debilidades considera tal adquisición como una ganancia”.

Además, parece ser que para esos achaques y debilidades hay algunos remedios. El más reciente se llama ácido fólico. El último número de The Lancet explica que las personas que tienen entre 50 y 70 años pueden mantener el rendimiento intelectual intacto ingiriendo a diario 800 microgramos de ácido fólico (vitamina B9), que se encuentra en habas, arvejas, espinacas, espárragos, brécoles, endivias y peras. En dos palabras, comiendo minestrón de verduras.

Apenas publicaron los resultados de ese estudio en la revista británica, sus autores fueron contratados por dos gigantes de la industria alimentaria, Danone y Unilever. Ya se ve venir la campaña publicitaria. La generación de los años sin cuenta se estrenó en la vida adulta alimentando a nuestras guaguas con colados. Llegados a viejos, lo más probable es que nos despidamos de ésta comiendo picados “enriquecidos con ácido fólico”. Y cantando, con Bob Dylan, Forever Young.

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25 de enero de 2007

PDF



PS: Género, retazos:
Quevedo es tal vez quien mejor se ríe de nuestras viejas cuitas: Lindo gusto tiene el tiempo / Parece que no se mueve / Y ni un momento se para / Saltando de barba en barba / Enharinando bigotes / Y ventiscando de canas. / Pues ¿a quién no hará reír / Verle mondar una calva / Para que puedan las moscas / Con más descanso picarlas?

Mi abuela murió con 101 años. Se apagó como una vela, me contó más tarde su hija. Mi tío murió, el año pasado, con 104. Se lo dijo a su hija, me pondré así y cuando vuelvas ya estaré muerto.

Las hijas. Nicanor Parra, que ahora mismo
'anda' en 92: Entonces fue cuando le preguntaron / Si se acordaba de Nuestro Señor Jesucristo / Las preguntas de ustedes respondió el Padre eterno / Por más viejo que esté / ¿Cómo podría no acordarme? / No se olvida tan fácilmente a un hijo único / ¿No le hubiera gustado tener una niñita? / Y al Padre Eterno se le llenaron los ojos de lágrimas.

Lévi-Stauss (98):
Dans ce grand âge que je ne pensais pas atteindre, et qui constitue une des plus curieuses surprises de mon existence, j'ai le sentiment d'être comme un hologramme brisé. Cet hologramme ne possède plus son unité entière et cependant, comme dans tout hologramme, chaque partie restante conserve une image et une représentation du tout. Ainsi y a-t-il aujourd'hui pour moi un moi réel, qui n'est plus que le quart ou la moitié d'un homme, et un moi virtuel, qui conserve encore vive une idée du tout. Le moi virtuel dresse un projet de livre, commence à en organiser les chapitres, et dit au moi réel : c'est à toi de continuer. Et le moi réel, qui ne peut plus, dit au moi virtuel : c'est ton affaire. C'est toi seul qui vois la totalité. Ma vie se déroule à présent dans ce dialogue très étrange.

Disculpas por no traducir. Más Veloso:
És um senhor tão bonito / Quanto a cara do meu filho / Vou te fazer um pedido / Compositor de destinos / Tambor de todos os ritmos / Entro num acordo contigo / Por seres tão inventivo / E pareceres contínuo / És um dos deuses mais lindos / Que sejas ainda mais vivo / No som do meu estribilho / Ouve bem o que te digo / Peço-te o prazer legítimo / E o movimento preciso / Quando o tempo for propício / De modo que o meu espírito / Ganhe um brilho definido / E eu espalhe benefícios / O que usaremos pra isso / Fica guardado em sigilo / Apenas contigo e migo / E quando eu tiver saído / Para fora do teu círculo / Não serei nem terás sido / Ainda assim acredito / Ser possível reunirmo-nos / Num outro nível de vínculo / Portanto peço-te aquilo / E te ofereço elogios / Nas rimas do meu estilo.

Y Josepepe, intentado no quedarse atrás : Si abren el diario verán / Hay una coma de más / Y esto no es lo de menos. /Como quiera que la lean / Esa vírgula no es mía / Pero sí me afea el día.

15 décembre 2021

Uno de turrón y otro de Málaga

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El sol y la luna salen por el mar y por el mar se ponen. En invierno al menos. El color del mar al sol y al reflejo de la luna, el placer de la luz y del calor templado en la costa mediterránea del sur de España. Buscando cómo describirlos sin abusar de los adjetivos doy con esto: «Una luz cercana a la belleza o la belleza misma».

Buscando otra cosa llegamos a una playa de hippies. Son hippies septentrionales: alemanes, suizos o franceses, rubios, bien parecidos y aún con todos los dientes. Al mediodía tocan la guitarra, cantan y se mueven melodiosamente mientras los niños pequeños bailan a su alrededor. Una imagen tomada directamente de Woodstock medio siglo después. Al atardecer volvemos a verlos y siguen en lo mismo. The dream is over dijo Lennon en su día, pero no para los hippies de la playa.

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Se hace tarde para cenar, vemos un restorán hindú abierto y entramos. Los camareros son muy parecidos entre ellos. Les pregunto de qué región de la India vienen y resulta que no son indios sino bangladesíes. El restorán se llama Taj Mahal pero ellos afirman con orgullo la diferencia entre Bangladesh y la India. Son todos de la misma ciudad, su lengua es el oraon-sadri, y el que lleva más tiempo en España llegó hace cinco años. No me atrevo a preguntarles por qué no prueban suerte proponiendo comida bangladesí. O no lo hago porque creo saberme la respuesta: la cocina hindú es un nicho de mercado y la bangladesí pas du tout y ellos necesitan que entre gente al restorante.

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Encuentro con Montano en Torremolinos.

En Los Manueles, él prefiere el pulpo frito y yo a las brasas. Hablamos de pulpos, naturalmente. Del apuro que da comérselos siendo, como son, tan listos. Monod decía que si hay una especie con buenos números para sobrevivir al apocalipsis nuclear ése es el pulpo. Vive en cuevas protegidas en los mares abisales y tiene un cerebro muy bien puesto sobre sus ocho ágiles brazos. Un solo problema se le presenta para prosperar y es que los padres mueren tras el parto. Todos los pulpos son huérfanos, lo que hace imposible cualquier acopio de experiencia.

(Luego me entero por este libro de que hace años en el acuario de Málaga hubo un pulpo llamado Epaminondas. El príncipe Miguel de Grecia vivió su infancia y juventud en la ciudad y cada vez que visitaba el acuario el pulpo Epaminondas lo reconocía. Epaminondas es un nombre griego, claro).

Una chica en bikini sale del agua en la playa e inicia lo que Montano llama El baile del frío. La veo salir del agua y dentro de unas semanas la veo salir en el Dietario que el escritor malagueño publica el último sábado del mes en diario Sur.

Nos damos una vuelta por Torremolinos y el anfitrión me va contando la historia de esos lugares. El acelerón que se dio en la segunda mitad del sXX, como toda la costa malagueña, rebautizada Costa del Sol, cuando los pueblos de pescadores sin dejar de serlo fueron convirtiéndose uno a uno en balnearios. El tardofranquismo apostó por la apertura y cuando quiso frenar ya era tarde. 

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A esta araucaria le cayó un rayo en 1930 y la copa ardió durante un mes. Durante años sólo fue un muñón quemado recortado contra el cielo. Con mucha paciencia una rama verde ha venido a acompañar al tronco negro. Mi corazón espera otro milagro de la primavera, decía Machado.

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Almuñécar, c1911, Almuñécar, 2021

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Qué pueblo tan bonito, Frigiliana. Es día festivo y hay bastante gente, de modo que tardamos en encontrar mesa para comer algo. Pasamos delante de una panadería y el olor de las tortas de aceite recién salidas del horno nos mueve a comprar unas cuantas. Por fin encontramos sitio en un chiringuito atendido por una señora holandesa muy dinámica, dejamos el paquete de tortas sobre la mesa y mientras esperamos el pedido les damos algún picotazo. Cuando llega, la señora batava pregunta si cuando vamos a un bar a beber vino también llevamos el vino. Daniel le canta contundentemente las cuarenta pero cada cual tiene su fuerte y yo prefiero tomarle alegremente el pelo. Ella parece ser inmune a la ironía y tal vez lo sea. 

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Auguro que en el futuro toda playa será nudista, decíamos anteayer. También es el caso de la costa andaluza. Siempre hay una caleta donde desnudarse tranquilamente sin hacer sentir incómodo a nadie. Los desnudistas son mayormente mayores. El cuerpo joven se protege porque es deseable. El cuerpo ajado, en cambio, se siente liberado de las servidumbres del mercado.

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Al otro extremo extremo de la península también hay un Rincón Asturiano. Los camareros son él magrebí y ella eslava. Les pregunto quién es el asturiano del equipo y me dicen que la cocinera. Los chorizos a la sidra están deliciosos y les encargo que la feliciten.

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El billete de la Lotería de Navidad lo compramos en un estanco del pueblo y el turrón en el Mercadona. Hablando de supermercado queda confirmado que pagas en un pueblo andaluz por la cesta de la compra la mitad de lo que pagas en mi pueblo belga.

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Merino quiere saber por qué llamaban «de malagueña» a un helado que había en Santiago de Chile antiguamente y sabía a pasas con ron. Se lo pregunto a Montano y me dice que las pasas son malagueñas y se asocian al vino dulce, también típico de Málaga. En las heladerías malagueñas sigue existienedo ese helado, que los malagueños llaman «Málaga», sin más: «Póngame un helado de turrón y otro de Málaga». Tal vez Merino, habitué de una heladería, consiga que ésta reponga el helado de malagueña. De ser así, ya nadie podrá atreverse a decir que la literatura no sirve para nada.

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No se me escapan los problemas ni olvido mis privilegios pero a mí esta costa me sabe a pasas con vino dulce.

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Para Samuel

28 février 2018

Eses y zetas

Cóndores y paisanos, 2

Dos días después haber leído un libro ya cabe preguntarse si se acuerda uno de algo.

Me acuerdo de unas cuantas cosas que aparecen en los Apuntes de Romero y apunto tres que ignoraba.

En los Cien sonetos de amor, de Neruda, sólo hay un soneto. No sé qué tardan los editores en ponerlo en el mercado con una faja que diga en letras rojas: «Encuentre el único soneto».

En sus primeros años, el himno nacional de Chile tenía letra pero no música. Para cantarlo, había que echar mano de la música del himno argentino. También podrían haberlo casado con el himno de España que, como se sabe, tiene música pero no letra.

Pedro de Oña, el poeta más antiguo de los citados en estos Apuntes —el más bisoño es Merino— rimó en su día Parnaso con gallinazo. Lo que hace decir a Romero que a comienzos del XVII ya se había igualado en Chile la pronunciación de la ese y la zeta. Y no. En el XVII todo quisque metía eses y zetas al tuntún.

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1 mai 2015

Música de cámara y chistes de Coluche

Concierto de música de cámara anoche en el pueblo. Excelentes instrumentistas y un programa estupendo. Ruso, para variar.

Un trío de Fauré, al incio. Supongo que porque sus acordes llevan a pensar en el alma eslava. Mi tío, venga preguntar por el nombre que se le da al que pasa las páginas de la partición del pianista. 

Un quinteto de Prokofiev, luego, pura alegría.

Un trío de Glinka, después del intermedio, un ruso españolado, que compuso incluso una jota aragonesa.

Y un quinteto de Catoire, finalmente. Catoire que, como su nombre lo indica, nació en Moscú. Desconocido y bonito, puros méritos. 

El segundo movimiento, lento, fue el momento que mi tío eligió para contarme un viejo chiste de Coluche.

¿Sabes tú qué era un cuarteto de cuerdas en la Unión Soviética? Una orquesta sinfónica de regreso de Norteamérica.

Source: Externe

23 septembre 2012

Las dos caras de un rostro

El filósofo bohemio Ernst Fisher murió en julio de 1972. John Berger lo acompañó en su último día de vida, y un par de años más tarde escribió A Philospher and Death, una breve semblanza de Fisher el día de su muerte. El párrafo que copio abajo (disculpas por no traducir) transcribe el diálogo entre los dos escritores a la hora del paseo matinal. El día contiene ya su desenlace pero aún no lo anuncia.

«We went for a walk together, the walk into the forest he would take each morning. I asked him why in the first volume of his memoirs he wrote in several distinctly different styles.

—Each style belongs to a different person.

—To a different aspect of yourself?

—No, rather it belongs to a different self.

—Do these different selves coexist, or, when one is predominant, are the others absent?

—They are present together at the same time. None can disappear. The two strongest are my violent, hot, extremist, romantic self and the other my distant, sceptical self.

—Do they discourse together in your head?

—No. (He had a special way of saying No. As if he had long ago considered the question at length and after much patient investigation had arrived at the answer.)

—They watch each other, —he continued. The sculptor Hrdlicka has done a head of me in marble. It makes me look much younger than I am. But you can see these two predominant selves in me -each corresponding to a side of my face. One is perhaps a little like Danton, the other a little like Voltaire.

As we walked along the forest path, I changed sides so as to examine his face, first from the right and then from the left. Each eye was different and was confirmed in its difference by the corner of the mouth on each side of his face. The right side was tender and wild . . . I thought rather of an animal: perhaps a kind of goat, light on its feet, a chamois maybe. The left side was sceptical but harsher: it made judgments but kept them to itself, it appealed to reason with an unswerving certainty. The left side would have been inflexible had it not been compelled to live with the right. I changed sides again to check my observations.

—And have their relative strengths always been the same?, I asked.

—The sceptical self has become stronger, —he said. But there are other selves too. He smiled at me and took my arm and added, as though to reassure me: 'Its hegemony is not complete!».

Somos un embutido de Danton y de Voltaire, de ángel y bestia (Parra), bajo la estela de Stevenson. Uma parte de mim pesa, pondera: outra parte delira, escribió Ferreira Gullar. Todo rostro acusa esa dualidad que desvela Berger en el de Fisher. Pero pocos lo hacen con la intensidad del de Eduardo Mendoza, tal como aparece en el retrato que está en la solapa de la mayoría de sus libros.

M Como todo lector, imagino, de vez en cuando al salir de un párrafo siento la necesidad de echar una mirada de reconocimento a la cara de aquel que lo escribió. Supongo que por esa razón los editores ponen en la solapa de los libros las fotos de sus autores: para facilitar la lectura, que no es otra cosa que la relación entre lector y autor.

Por eso será que entre todos le hemos puesto cara a todos los autores, aún a los que carecían de una, de Homero acá, pasando por Shakespeare y Cervantes. Javier Marías (no hay riesgo de que una penuria de imágenes se interponga entre él y sus futuros lectores) ha escrito páginas estupendas sobre el autor y su cara, como en su libro de semblanzas de escritores, Miramientos, escrito sobre la base de retratos de éstos. Y en Tu rostro mañana, el servicio de inteligencia para el cual trabaja el protagonista establece retratos de gente siguiendo una lectura de sus rostros.

Volviendo a Mendoza, pongo una hoja del libro medio a medio de su retrato. A la izquierda me queda un inquietante tipo oscuro, que mira como el peor de sus personajes. Y, a la derecha, un hombre aparente y suavemente irónico, que será aquel que los describe. Humor a la inglesa y picaresca española. Las novelas de Mendoza, como su cara son.

29 novembre 2009

Tú también, Luiz Inácio

Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos, cantaban Los Prisioneros. Y claro que lo es. Pero ahí están los hombres que hacen historia para cambiar la geografía. Véase la escala brasilera de la gira sudamericana de Mahmud Ahmadineyad. Que visite Venezuela y Bolivia no sorprenderá a nadie, su alianza con Chávez y los chavitos no es nueva. Pero, ¡tú también, Luiz Inácio! En fin, el mundo se reorganiza, ya era hora, y Brasil emerge y quiere estar allí donde se toman las decisiones y pesar sobre éstas, para todo lo cual no tiene otra escuela que la realpolitik, la de la vista gorda.

Una consecuencia express de la ingente presencia iraní en Sudamérica: sólo el pasado martes inauguraron Evo Morales y Mahmud Ahmadineyad un hospital en El Alto de La Paz, construido con dinero iraní, y ya el personal femenino del mismo debe cubrir su cabeza con el velo islámico. Lo cuenta La Prensa de La Paz. Lo que lleva a preguntarse a uno de sus lectores que si la ayuda viniese desde la India, ¿deberían los bolivianos ir a trabajar en elefante? Y a proyectarse en el futuro, cuando el orden mundial haya terminado de reorganizarse y sea Boliva la que done hospitales y obligue al personal a presentarse vestidos de diablos de Oruro y de chinas supay.

Diablada

18 mai 2009

El mestizaxe mexicano

Castas

E
stuve dando un vistazo a un catálogo de pinturas sobre las castas en el México colonial. Sobre el mestizaje mexicano y su representación. Qué pobres parecen los dos o tres términos que usamos hoy para referirnos a nuesta condición mestiza frente a la precisión del vocabulario colonial destinado a poner a la gente en su lugar. En esta materia, la democracia es simplificadora: todos somos ciudadanos, independientemente de nuestros orígenes, todos somos iguales. La sociedad de castas, en cambio, era compleja, amén de acomplejadora: en nombre de la biología, esa dimensión corporal del grupo, nadie escapaba a su origen: español, indio, mestizo, castizo, negro, mulato, morisco, albino, albarazado, chino, cambujo, coyote, lobo, jenízaro, zambo, tentenelaire, tornatrás, tornaespañol.

Sin embargo, es interesante ver cómo, después de tres o cuatro generaciones, en ciertos casos el contador podía volver a cero:

De español e india nace mestizo. De español y mestiza nace castizo. De español y castiza nace español.

De español y negra nace mulato. De español y mulata nace morisco. De español y morisca nace albino. De español y albina nace español.

Es decir que, en toda su cerrazón, la sociedad de castas se dejaba una apertura. No podía ser de otra manera.

29 mai 2008

El ojo del fotógrafo

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Foto de Iván Alvarado

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o que una imagen hace es transmitir emoción de buenas a primeras, contagiar. Y presentar la cara (y el sello) de los sucesos y de sus protagonistas. Y convertir a algunos de ellos en íconos de una época, en marca-páginas de los libros de historia. La niña vietnamita quemada por el napalm. El estudiante frente al tanque en Tiananmén. El padre que intenta cubrir a su hijo de las balas en Palestina. Los calcetines con papas de Paul Wolfowitz. La Moneda en llamas. Los anteojos oscuros de Pinochet.

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logocl 29 de mayo de 2008 PDF

13 mars 2008

La medalla de Liu Xiang

El deporte puede llegar a ser un espectáculo muy divertido si todos ponemos un poco de nuestra parte.

Liu

Mi tío Pepe hubiese querido escribir en la sección Deportes. Para describir la cara del atleta chino Liu Xiang, ganador de una medalla de oro en el reciente Mundial de atletismo en pista cubierta de Valencia, cuando, a la hora de subir al podio y de escuchar el himno chino, comenzó a sonar el himno chileno. A continuación y, para componerla, en lugar de la bandera china fue izada la bandera de Estonia. O de Letonia. O de Lituania. El deporte puede llegar a ser un espectáculo muy divertido si todos ponemos un poco de nuestra parte.

Escribir en la sección Deportes le permitiría escapar de las penosas descripciones de las masacres en Irak, en Israel, en Pakistán, en Palestina. Los palestinos, por ejemplo, atrapados en la franja de Gaza, son machacados por el ejército israelí. Aun así, las muestras de alegría con que algunos palestinos recibieron la noticia de la muerte de ocho niños israelíes a manos de un terrorista en Jerusalén resultan abominables. Se trata un horror incomparable al de los crímenes, por cierto. Y es la guerra, el atentado palestino respondía a la masacre de al menos una veintena de niños palestinos a manos del ejército israelí. Es la guerra interminable, pero un día acabaremos con ella. Según los astrónomos, la Tierra será tragada por el Sol dentro de 7 mil 590 millones de años.

Mientras tanto, en esta parte del mundo un festival de apretones de mano ha venido a apaciguar provisoriamente las fronteras continentales. La cumbre de mandatarios de República Dominicana zanjó el incidente abierto por el ataque del Ejército colombiano a las Farc en tierra ecuatoriana. Qué fuerte que aprietan la mano algunos dignatarios. Y qué blandito lo hacen otros.

Es de alegrarse. La diplomacia sirve entonces para algo. Y la imperfecta imagen de la justicia internacional (Milosevic frente al Tribunal de La Haya, por ejemplo) habrá chispeado en las cabezas de algunos excitados mandamases. Que han de tener en cuenta un par de datos de la realidad, como el hecho deque el apoyo a la democracia parece consolidarse en Sudamérica. Según el Latinobarómetro 2007, 72% de la población continental opina que la democracia es el mejor sistema de Gobierno y apenas 17% afirma que bajos ciertas condiciones el autoritarismo puede encontrar justificación. En un continente gobernado durante tanto tiempo por militares golpistas obtusos y rapaces este resultado es elocuente.

El mismo barómetro del estado de la opinión pública latinoamericana informa que los presidentes brasileño y chilena, Lula da Silva y Michelle Bachelet, encabezan la evaluación de los dirigentes continentales, mientras que Bush, Castro y Chávez se ubican en las últimas posiciones. En el centro de la tabla se codean, con cierta incomodidad recíproca, los conservadores Uribe (Colombia) y Calderón (México) con los progresistas Correa (Ecuador) y Morales (Bolivia). 'Ser líder en América Latina, y tener la simpatía de los pueblos de la región, es un asunto difícil', apunta el Latinobarómetro 2006. 'Hugo Chávez ha logrado captar la atención de la prensa mundial, y sin duda la de América Latina, porque es un gran comunicador y ha usado medios extraordinarios para ser conocido. Todo lo anterior aún no lo posiciona como un líder en la región. Un tercio de la población no lo conoce y 39% tiene una mala evaluación de él'. En Chile, apenas 8% de la población tiene una opinión positiva del mandatario venezolano.

En cuanto a la medalla chilena de Liu Xiang, mi tío Pepe asegura que la cosa no quedará ahí. Durante los Juegos Olímpicos de agosto, bajo el cielo contaminado de Beijing, cada vez que un atleta chileno suba al podio a recoger su medalla de oro los dueños de casa vengarán el bochorno de Liu Xiang tocando el himno chino. E izando la bandera de Manchuria. ¿O la de Mongolia?

logocl13 de marzo de 2008 PDF

6 mars 2022

El sexo de Humboldt y la campana de Gauss

He leído con gran placer La Medición del mundo, de Daniel Kehlmann. Cuenta la historia de dos lumbreras del sXIX alemán, Humboldt y Gauss.

El libro se abre con el viaje a Berlín que hace Gauss ya viejo y a regañadientes, él que había sido el niño prodigio de las matemáticas, obedeciendo a una invitación de Humboldt. Y a partir de ese encuentro cuenta las hazañas de Humboldt, que recorre Sudamérica y Rusia midiendo la altura y la profundidad de los volcanes, el curso de los ríos y las corrientes marinas, todo lo que se mueve o se está quieto. Y las de Gauss, que no se mueve de Alemania pero contribuye de manera decisiva a la medición del mundo a través de las ciencias exactas.

El viaje de Humboldt y su compadre Bonpland por América lo conocía más o menos bien. Igual es gracioso ver cómo lo cuenta Kehlmann, con erudición y cazurronería y buena mano para combinarlas. La vida sexual del expedicionario la despacha con tres o cuatro pinceladas muy bien dadas.

De Gauss, en cambio, sabía poco y nada. Sabía que era el padre  de la famosa campana de distribución normal que lleva su nombre y poco más. Y vaya personaje. A la hora de dirigir unas palabras a los escasos invitados el día de su boda dice que la felicidad le parece un error de cálculo, una falla que espera que nadie descubra. ¿Dije algo que no debía?, le pregunta luego a la novia en vistas de la cara de estupor de los comensales. No, no, responde ésta, es el discurso que siempre soñé para mi boda. A la hora de cumplir con sus deberes conyugales lo asalta una idea y como ha aprendido que una idea no se puede dejar pasar se retira un minuto para ir al escritorio y apuntar esto: suma d. cuadrados de la dif. entre las observ. y los cálculos —> 

Durante la fiesta que Humboldt organizó para él en Berlín, Gauss soportaba el contacto con los invitados haciendo estos cálculos: de haberse quedado en su casa tardaría un año y siete meses en ver a tanta gente como estaba viendo en ese momento. La mitad de los hombres iban de uniforme y un tercio tenía bigote. Sólo un séptimo de los presentes eran mujeres, un cuarto de entre ellas tenía menos de treinta años y sólo había una a la que hubiese querido tocar. Se da la casualidad de que se trataba de la mujer del que se convertiría luego en su colaborador más cercano y su heredero intelectual. Envejecer no es trágico, es ridículo, pensaba Gauss, que al final de su vida se perdía en cálculos sobre los años que le quedaban por vivir a quien tenía delante. Sin embargo, la estadística no puede nada contra esta simple verdad: nadie sabe cuándo morirá. 

No tenía una imagen de Gauss, más allá de la famosa campana. Kehlmann no dice nada sobre su apariencia pero cuando uno lee inevitablemente se forja un retrato de cada personaje. Y cuando cerré el libro y fui a buscar la cara de Gauss vi que era tal como me lo había estado imaginando. Pasa que su cara estaba en los billetes de diez marcos y es más que probable que la haya visto aunque no la recordara.

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 Retrato de Carl Friedrich Gauss por Christian Albrecht Jensen, 1840

El libro se cierra con Eugene, el menor de los hijos de Gauss, el que lo había acompañado en su visita a Berlín, emigrando a Norteamérica, como hicieron millones de alemanes a lo largo del sXIX. Gauss despreciaba a su hijo porque lo consideraba tonto. El libro se cierra, digo, pero deja abierto un fuera de campo que contiene lo que sería la vida de Eugene Gauss allí. Fui a dar un vistazo rápido a la enciclopedia y comprobé con inútil alivio que le fue muy bien.

27 septembre 2020

Los negritos

Un hombre joven cae acribillado por las flechas de los habitantes de una de las islas Andamán, al este de la India, cuando intenta desembarcar en una de sus playas. La escena es de 2018 pero tiene, cómo no, algo de intemporal.

«La isla ésa tiene buena cocina pero los muslos de excursionistas los sirven un poco crudos», comentó a ese respecto un gracioso en Twitter. Y también: «Otro problema es que a menudo se corta la conexión por causa de los flechazos». El tribunal popular de las redes sociales no tardó en condenar al aventurero ya por supremacista, ya por bobo.

Un texto reciente vuelve sobre la historia de John Allen Chau, que así se llamaba el muchacho. En paralelo a su historia, llaman la atención un par de detalles. El primero es que Oriente ha cultivado el secretismo por siglos y ha visto en los viajes y la apertura al mundo una fuente de problemas. Existe un tabú hindú sobre los viajes océanicos llamado «kala pani», lo que se traduce como «aguas negras». En contra de lo que se cree en Occidente, para los orientales los largos viajes no abren ni ensanchan la mente sino que estropean el carácter al exponerlo a la impureza (amén de estropear mucho la ropa, como decía con guasa Mendoza). Esta reacción negativa ante los viajes y el sacrosanto comercio internacional pudo verse reforzada por el comportamiento despreciable a ojos de los orientales de algunos de los primeros europeos que asomaron por Oriente. Esto explicaría en parte la rapidez con que las flechas cayeron sobre Chau.

Lo segundo es que Maurice Vidal Portman tenía apenas 19 añitos cuando se hizo cargo a finales del sXIX del gobierno de las islas Andamán, cuya capital, Port Blair, contaba con una prisión donde los ingleses encerraban a los independentistas indios. En los ratos libres Portman se dedicó a fotografiar negritos —los españoles llamaron cariñosamente negritos a los andamanenses porque son morenos y de baja estatura y ese nombre prendió en casi todas las lenguas europeas.

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La mayoría de esas fotos, como la que ilustra este texto en la que dos isleños sellan un acuerdo de caballeros, están en el Museo Británico. Portman también escribió un par de libros sobre las islas, libros que Chau leyó seguramente con avidez y cuyo contenido puede haber contribuido a su decisión de intentar entrar en relación con una población que se muestra hostil al contacto con los forasteros. El texto citado cuenta sin embargo que antropólogos indios han comunicado con los sentinelenses, que así se llaman los habitantes de la isla donde Chau fue muerto, a través del procedimiento de acercarse a sus playas y enviarles cocos con el oleaje, cocos que los negritos se apresuran a pescar. Incluso que las puntas de las flechas que mataron a Chau fueron reforzadas con el metal recuperado de una embarcación que naufragó frente a la isla.

A la hora de fotografiar a los negritos y tal vez porque las fotos estaban destinadas a un museo, Portman los hacía adoptar poses de héroes de la Antigüedad, lo que le ha valido cargar con el sambenito de ser un torcido homoerotista. ¿Puede un blanco fotografiar a un negro? se pregunta Michel Guerin. «Es verdad que miles de fotógrafos blancos —etnógrafos, historiadores, reporteros o artistas—, buenos o malos, monopolizan la imagen del Sur desde el sXIX», explica. Y ese flujo de imágenes más o menos tópicas consigue reconfortar la imagen que el público consumidor tiene de sí mismo.

El futuro traerá tal vez bajo la manga el arte de la mirada de los negritos hacia los blanquitos, que espero sea estimulante para todos. Por ahora parece que no están por la labor, que preferirían que no, como diría el otro.

6 janvier 2021

El cocido de caracoles

«Si muestras a un grupo amplio de gente un tarro lleno de aceitunas y les preguntas cuántas aceitunas contiene, la media de sus respuestas se acerca siempre más a la verdad que cualquiera de las respuestas individuales», explica Iñaki Uriarte.

Pienso en esto escuchando opiniones extravagantes y a veces cuando lo cuento añado que la naturaleza es más precisa que la democracia. Todos los frutos de un mismo granado tienen el mismo número de granos. Este dato lo da Al Biruni, un sabio del sXI, y añade que si alguna vez el Creador parece equivocarse y hay un grano más o menos lo hace para mostrarnos que El es superior a la idea que nos hacemos de El. O sea que El nunca se equivoca. 

También tanto en la piña-piña como en la piña del pino piñonero se cuentan invariablemente ocho espirales en un sentido y trece en el otro. Y si no se cuentan, la explicación que da Al Biruni sirve incluso para el caso. Puede que estas tiranteces entre ciencia y religión sean sólo aparentes. Uriarte cita por su parte a Francis Galton, un primo de Darwin que consagró un sesudo estudio a negar estadísticamente la eficacia de la oración.

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Y puede que se note que además de releer a Uriarte hojeo un libro de Jamal Bellakhdar sobre la flora del Magreb que compré en Casablanca en el lejano 2005. Cuenta una cosa muy cierta, o al menos a mí me lo parece. Entre los moros que debieron abandonar precipitadamente Granada a fines del sXV y exiliarse en Marruecos, algunos se llevaron las llaves de sus casas como afirmación de la esperanza de que un día volverían. Otros, más previsores tal vez, llevaron consigo semillas y esquejes de mirto bético que sembraron y plantaron en los jardines a la andaluza que fueron creando en tierras magrebíes.

Otra cosa que refiere Bellakhdar vale para este tiempo invernal. Es la receta del cocido de caracoles que los marroquíes toman a la salida del hammam para protegerse de los enfriamientos. Cójanse unos cuantos caracoles de los grandes, póngaselos en ayuno un par de días y cuézanse luego acompañados de romero, artemisia, tomillo, orégano, salvia, menta, laurel, comino, regaliz, anís, hinojo, alcaravea, cáscara de naranja amarga, canela, pimienta y cebolla. A la salida del baño, digo, aun de pie, sorben ruidosamente el caldo y pinchan los caracoles con un alfiler de gancho para llevárselos a la boca, todo lo cual formará parte de la terapia.

18 juillet 2020

La isla de Cocos

De vez en cuando un amigo me pregunta qué leo. Como hace tiempo que no lo hace aprovecho para contestarle.

Otro amigo publicó una novela policíaca que transcurre en mi pueblo. El primer sospechoso del crimen dice que vive en mi calle. Aparte de eso, el sospechoso se me parece poco porque es feo y roñoso.

Me he leído también El Péndulo. Lleno de erudición, como todo lo que publicaba Eco, y a menudo divertido. El protagonista va a vivir un tiempo a Brasil con su novia brasilera, y juntos participan en sendas ceremonias de candomblé y umbanda, cultos sincréticos cristiano-africanos. La novia brasilera es café con leche, ha vivido parte de su vida en Europa y es profundamente racionalista, por lo que se asoma a esos rituales con distante esceptismo. Como se sabe, el punto culminante de esos ritos afrobrasileros es la encarnación de los dioses de la naturaleza en la persona de alguno de los participantes a la ceremonia, que súbitamente entra en trance, habla en lenguas, pone los ojos en blanco y se sacude convulsivamente. La novia brasilera resiste a la llamada de uno de esos poderes atávicos pero lo propio de los dioses es doblarnos la mano. Tanto así que al día siguiente la novia brasilera se siente tan incómoda que desaparece de la vida del protagonista para siempre. Las líneas que ponen fin a ese capítulo son saudade pura y reconcentrada:

«Permanecí todavía un año en Brasil, pero ya con la sensación de la partida. (...). Pasaba horas larguísimas en la playa tomando el sol. Me dedicaba a remontar cometas, que allá son bellísimas».

Luego me puse con Hamsun, Mujeres en la fuente. Un marinero noruego vuelve del Mediterráneo a su pueblo natal con una pierna menos. Hamsun escribe muy bien, con mucho nervio. Su relato deja flecos sueltos que por suerte él no se siente obligado a redondear. Hasta que de pronto se saca una carta gorda de debajo de la manga: «Después el invierno pasa. Y después otros inviernos pasan». Hombre, hombre...

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También me leí una biografía de Stevenson. ¿Por qué decide RLS vivir sus últimos años en Samoa, un lugar cuyo clima no le conviene para nada a su precario estado de salud? El biógrafo, Alex Capus, deja ver una posibilidad bien novelesca.

Se supone que el tesoro de La Isla del tesoro es el de la catedral de Lima, que salió de El Callao a toda máquina a comienzos del XIX para ser puesto a buen recaudo y un corsario de apellido Thompson habría escondido en la isla de Cocos. Siempre se ha creído que se trata de la Isla de Cocos que está entre las Galápagos y América Central bajo juridicción costarricense. Pero resulta que RLS descubrió que el nombre anterior de la isla tonguesa de Tafahi —a unas cuantas horas de navegación desde su isla samoana— es también Isla de Cocos... RLS era rico porque accedió al final de su vida a la fortuna familiar —su abuelo había inventado un faro marítimo— y no necesitaba del tesoro de Lima para beber buen borgoña en plena Polinesia, pero ahí está el hallazgo del nombre de la isla para salpimentar la biografía.

Leyendo a Capus caigo en la cuenta de que Stevenson escribió la parte de la isla en La Isla del tesoro durante un invierno en el que se curaba la tuberculosis en Davos. El contraste entre el paisaje de los Alpes suizos en invierno —blanco sobre blanco— con la vegetación lujuriante de la isla tropical que describía es total.

Yo suelo regalar La Isla del tesoro, el libro, en alguna edición ilustrada. Y digo que la última vez que me se aceleró el corazón fue leyéndolo. También es cierto que cualquier circunstancia es buena para poner este Requiem escrito por RLS y que sirve como epitafio sobre su tumba:

«Bajo el inmenso y estrellado cielo / Caven mi fosa y déjenme yacer / Alegre he vivido y alegre muero / Pero al caer quiero hacerles un ruego / Que pongan sobre mi tumba este verso / Aquí yace donde quiso yacer / De vuelta del mar está el marinero / De vuelta del monte está el cazador».

 

PS / 

Todos sus biógrafos cuentan el momento de la muerte de Stevenson de la misma manera: que justo antes de caer fulminado por un ictus había bajado a la bodega a buscar una botella de buen borgoña para la cena. Sin embargo que en la casa no hay ninguna bodega a la que bajar...

 

PS 2/ La Isla de Cocos surge en medio del océano por una erupción volcánica. Durante mucho tiempo no es más que un enorme peñasco cubierto de lava. Hasta que un día una semilla arrastrada por el viento desde el continente encuentra refugio en la isla y prospera. Ahora la isla es pura selva impenetrable.

 

PS 3/ Tantos rebuscadores han pasado por la Isla de Cocos dejando abandonados toda suerte de cacharros que ahora es inútil buscar el tesoro con un detector de metales. Mientras más eficaz es éste menos funciona porque el suelo está tan lleno de desechos metálicos que el detector colapsa. Estas cosas y otras cuenta Capus.

 

PS 4/ Otra versión del Requiem de Stevenson que he puesto arriba, traducido por Javier Marías —con algún mínimo retoque:
«Ahora que la cuenta de mis años se ha cumplido / Y yo la vida sedentaria dejo para morir / Caven hondo y déjenme yacer bajo el inmenso y estrellado cielo /Alegre en vida, fui alegre al morir / Caven hondo y déjenme yacer.

Clara fue mi alma, libres mis actos, honor era mi nombre / Nunca huí ante el miedo ni perseguí la fama / Caven hondo y déjenme yacer bajo el inmenso y estrellado cielo / Alegre en vida, fui alegre al morir / Caven hondo y déjenme yacer.

Caven hondo en algún valle verde donde la brisa suave sople fresca en el río y en los árboles cante… / Caven hondo y déjenme yacer bajo el inmenso y estrellado cielo / Alegre en vida, fui alegre al morir / Caven hondo y déjenme yacer».

2 mars 2019

Pirómano pero bombero

En el Satiricón, Petronio cuenta la historia de un cuestor romano que obtiene de una familia de patricios en una ciudad de Asia central el cuidado del primogénito. Para protegerlo de los seductores y guiarlo por el camino del bien.

Si no conocen la historia ya imaginarán cómo acaba.

Me acuerdo del cuestor de Petronio a cuento de los curas pedófilos. En los patios de los colegios de curas las debilidades de los santos varones eran destripadas sin miramientos por alumnos y sacristanes. Y sin embargo esos mismos alumnos no dudaban en poner a sus hijos al cuidado de esos curas llegado el momento. Por lo visto el impulso hacia la reproducción social es más fuerte que el discernimiento y, como la familia romana del pícaro Petronio, poner el gallinero al cuidado del zorro o el fuego en manos del bombero pirómano, es la norma porque es lo que siempre se ha hecho y la normalidad tiene ese precio.

Inevitablemente me había ido enterando por los diarios del llamado caso Karadima, un cura manipulador que durante la Pinochetura tocaba a los acólitos y ¡milagro! los convertía en obispos. Karadima me provocaba una suerte de repugnancia abstracta, por lo que no me interesaba conocer más detalles del asunto.

Pero ahora vi una película con el caso y la caracterización del personaje por el actor Luis Gnecco es tan conseguida —esas maneras untuosas, aquella campechanía babosa— que de la repugnancia abstracta he pasado a la repugnancia física. La imagen es lo que tiene.

karadima

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Pinochetura © Vicente Montanés

20 septembre 2018

El cerro

Hoy es 20 de septiembre. En mi pueblo se celebraba el «18 chico», una manera de prolongar informalmente la celebración de las fiestas patrias chilenas de los días 18 y 19. La celebración consistía en ir a merendar a un cerro, en cuya ladera las familias desplegaban chales escoceses encima de los cuales se sentaban a charlar.

«Tal vez hoje ainda o façam», como dice Caetano de la fiesta de los negros el día 13 de mayo en Santo Amaro. Viví pocos años en ese pueblo, mis recuerdos de ese déjeuneur sur l'herbe son escasos y están más asentados en relatos posteriores que en información sensorial de primera mano.

Así es que a veces me gustaría pintar unos chales escoceses en la ladera de un cerro.

¿Con gente, sin gente? Sin gente.

Antúnez

Óleo de Nemesio Antúnez

26 juillet 2018

La primera gota

Sequía en Bélgica.

Un país sobrepoblado como éste sólo es viable con lluvias continuas, escribí hace unos días. A veces escribo cosas de las que no tengo ni idea. Para informarme y opinar con sensatez debería cruzar la línea férrea e ir a entrevistar a un profesor de bioingeniería, uno de aquellos que construyen modelos conceptuales de exportación. Pero hace muchísimo calor y yo estoy de vacaciones.

Así es que desgrano las horas escrutando el cielo a ver si llueve. El mundo es un lugar muy curioso. Pasamos años reputeando a la lluvia que nos aguaba la fiesta cuando habíamos puesto la mesa con el mantel de la abuela en la terraza y sin decir agua va el cielo se cerraba a llover. Y ahora deja de llover tres semanas y el cielo se nos cubre de presentimientos funestos. ¿Y si no llueve en agosto? ¿Y si no llueve en otoño? 

Para despejarlos me pongo a imaginar la marca que dejará la primera gota en la mano tendida del personaje de la fuente que está frente a la iglesia de San Nicolás en el centro de Bruselas. La estatuilla es obra de Jos de Decker y la escena está tomada del cuadro de Bruegel, «Los Ciegos», que ilustra la parábola evangélica que dice que si un ciego se deja llevar por otro ciego los dos caerán en el mismo hoyo. Pero la lectura que hace De Decker es menos pesimista y a ella me aferro mientra estiro yo también la mano esperando la primera gota que no viene.

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1 juillet 2017

Sueño del mono

Diario del Camino de Santiago, 2

Hay gente que camina rumbo a Santiago para aclararse el espíritu. Sin ir más lejos es el caso de mi tío que todo lo hace por aclararse el espíritu que lleva siempre confuso, particularmente cuando despierta de la siesta.

En el camino, sea que el peregrino vaya solo, enfrascado en su monólogo, o acompañado y dialogando con la parienta, las palabras sueltas pueden deparar alguna epifanía. Así se encontró mi tío contándole a mi primo entre Lugo y San Román de Retorta el sueño del mono.

Sueño del mono

En la habitación hay un mono que se mueve constantemente desordenándolo todo. Abre la ventana y mira a la calle desde donde el mono le hace un gesto burlesco de saludo o despedida.

Tenía 19 años. Poco después va y se lo cuenta a una joven, quien le dice que él tiene un problema y, como no le hace frente, el problema se burla de él. Se ríen mi tío y mi primo de la interpretación forzada y a continuación mientras caminan mi tío le cuenta un episodio ocurrido diez años más tarde, episodio que hasta entonces nunca había relacionado con el sueño del mono.

Una noche al volver a su casa encuentra la puerta trasera forzada y a un tipo dentro. Consigue hacerlo huir sin que pueda llevarse nada y luego sale a la calle y ve a lo lejos como asoma por una esquina el ladrón y le hace un gesto burlesco de saludo o despedida.

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 Aníbal Carracce, 1590

9 septembre 2017

El nombre de pluma

Tsevanrabtan publica un libro y lo firma con su nombre de pluma, como es natural.

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¿Me explica lo del nombre de pluma con un par de ejemplos, que es como yo entiendo las cosas?

Voltaire se llamaba François-Marie Arouet. Lo conocemos como Voltaire porque es el nombre que se dio a los 23 años para firmar sus escritos, tras pasar un año preso en La Bastilla. Hay varias explicaciones sobre por qué escogió ese nombre. Yo prefiero aquella que dice que Voltaire es apócope de VOuLoir faire TAIRE —mandar callar.

Fernando Fernández Martín firma como Fernando Savater porque —lo explica él mismo—es menos anodino.

Y así podríamos echar la tarde porque los ejemplos son legión.

Algunos, como Pessoa, no se contentaron con un único pseudónimo y cultivaron la heteronimia. Sonado también es el caso del ruso Roman Kacew que se reconvirtió en el escritor francés Romain Gary y bajo ese nombre ganó el Goncourt. Como el Goncourt sólo se puede ganar una vez, se inventó un sobrino, lo llamó Émile Ajar —en ruso gary es quemado y ajar ceniza— y lo volvió a ganar.

Pablo Neruda se llamaba Neftalí Reyes. Aún no había recibido el Nobel pero ya era un celebrado poeta y senador de la república cuando una mañana en que charlaba con un amigo en el centro de Santiago de Chile un señor le dio una palmada en la espalda y exclamó: «Reyes, cómo te ha ido. Te acuerdas de mí, soy Raúl Moya, fuimos compañeros en el liceo de Temuco». Y antes de que Neruda pudiese decir nada: «A mí me ha ido excelente, tengo una flota de camiones». Y tendiéndole una tarjeta de visita, a manera de despedida: «Cuando vayas por Temuco, pasa a verme y te invito a almorzar».

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